Más allá de nosotros

22. Más valioso que todo lo que puede salir mal

La pantalla del celular no le mostró novedad, así que lo guardó en el bolsillo del pantalón tras un suspiro contenido. Subió al vehículo de Sugey del lado del copiloto, mientras ella hacía lo mismo en el del conductor. Ramón le dedicó una breve mirada antes de ajustarse el cinturón, luego correspondió a la sonrisa que Sugey le devolvió.

Adentro olía a frescura y renovación. No supo si era el perfume de su compañera, con un aroma cítrico imposible de ignorar, o el modelo reciente del auto. Tal vez verla con un aspecto diferente y haber dejado casi en el olvido su anterior discusión.

Luego regresó a Lily.

Hacía meses que no se le ocurría ir a ninguna reunión, y aquella la sentía como una prueba extraña entre los dos. Quería confiar en que ella estaría bien, le había insistido demasiado en que fuera, como si quisiera disculparse y considerara esa la mejor manera. Durante las últimas semanas desde aquella mañana desastrosa en la que Lily consideró dar por terminada su relación, él había sido paciente, esforzándose en hacerle recordar que estaba para ella de todas las formas posible. En el cuidado de Rebeca, en la casa y en los besos que no exigían. Lily no había vuelto a mencionar una separación, como si haberlo hecho hubiera expulsado un veneno que guardaba dentro hacía tiempo.

En ese momento, era él quien desconfiaba un poco: de sus reacciones y su capacidad para mantenerse a flote.

Y no le gustaba, porque si Lily no estaba bien, él tampoco podía.

La puerta de atrás se abrió y Valeria entró en el asiento a su espalda. Antes de que Octavio hiciera lo mismo del otro lado, la muchacha se inclinó hacia adelante. Ramón sintió el suave roce de sus dedos en el hombro derecho.

—Al final sí vamos a salir en plan de amigos —le dijo, cerca del oído izquierdo, con un tono cómplice.

Octavio entró y ella se hizo para atrás.

Ramón no le dio importancia, pero, de otro vistazo hacia Sugey, encontró a esta mirándolo. Su gesto era incómodo. Pasó de él a dónde había estado Valeria y volvió la vista al frente.

—¿Ya están listos? —preguntó al aire.

El tono le salió diferente.

—Vámonos —convino Octavio, hablando por todos.

El motor arrancó en medio de un zumbido leve, casi imperceptible.

—¿Tienen planes para después? Podemos ir a bailar —propuso Valeria. Esta vez no pareció importarle la presencia de Octavio. Se hizo de nuevo para adelante en su asiento, acercándose a Ramón—. ¿Te gusta bailar?

—A mí sí me gusta, bonita —respondió Octavio, pero ella ni lo miró.

Ramón lo supo porque no dejó de sentir su mirada y respiración en la nuca.

—No mucho —dijo, deseando que se apartara.

—A lo mejor te hace falta una buena compañera.

Su voz provocativa dejó unos instantes de silencio.

Sugey elevó la mano hacia el tablero del auto. Encendió la música y el estridente sonido de las notas de su banda favorita inundó el espacio. Rob Zombie. Ramón reconoció la música industrial del tiempo en la universidad que compartió con Sugey.

A él le agradaba a pesar de resultar chocante para algunos.

—Monchis es más de otra música —dijo la conductora, mirando al frente.

La otra muchacha resopló.

—Que le guste eso no quiere decir que no pueda ir bailar —contraatacó.

En breves segundos, el aire dentro se volvió denso.

—Para todo hay tiempo hoy. La noche es joven, señoritas —cortó Octavio, su voz afable parecía menos segura. Al igual que Valeria, despegó la espalda del respaldo y le tomó a esta la mano—. Si quieres bailar, yo voy contigo.

—Mejor vamos todos. —La muchacha volvió a tocar el hombro de Ramón—. ¿O tu esposa no te deja?

Lo siguiente fue el quejido de Valeria cuando el auto se detuvo. Fue tan intempestivo que la mejilla de la muchacha fue a dar contra el apoyacabeza en tanto sus manos se aferraron al asiento de Ramón.

—¿Qué pasó, Sugey? —observó Octavio desde atrás, rodeando con su brazo los hombros de Valeria—. ¿Estás bien?

—Sí... —dijo ella, acariciándose el pómulo.

—Lo siento. No me fijé que ya iba a cambiar —justificó Sugey. Encogió los hombros y sus ojos señalaron el semáforo, después volvieron a Ramón.

A la otra pasajera afectada ni la miró.

Tras el incidente, el trayecto se tornó un limbo. No había silencio ni verdadera compañía. Octavio y Valeria se acurrucaron en el asiento de atrás. Sus murmullos no superaban a la música, pero alcanzaban a percibirse por quienes ocupaban la parte de adelante del vehículo.

Ramón miró su celular una vez más. No encontró mensajes nuevos.

Poco después, llegaron al bar. El lugar era más pequeño de lo que había imaginado.

Entraron casi en fila, él detrás de Sugey, con su perfume llegando directo a su nariz. Por un momento creyó que no habría dónde acomodarlos. La barra ocupaba buena parte del salón; el resto estaba repartido entre mesas demasiado cercanas unas de otras, plantas, lámparas bajas y personas que ya disfrutaban el sitio como si pertenecieran ahí.




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