Más allá de nosotros

23. Sentirse cerca

Desde su llegada, Rebeca se había vuelto una parte vital en su mapa físico y mental, una presencia encarnada en sus huesos y pecho, que había modificado su percepción del mundo, obligándola a prestar atención a detalles que, en otro momento, habrían sido insignificantes. Pensaba en ella al despertar y la acompañaba en los últimos instantes antes de caer víctima del cansancio.

La rutina de los últimos meses había girado en torno al pequeño mundo conformado por su hija.

Salir esa noche sin ella resultó un corto circuito en su sistema.

Por un instante, sintió innecesario dejarla en manos de otra persona. Ramón merecía divertirse, pero podía hacerlo sin ella. Luego, su insistencia para que lo acompañara la venció. Pensó que esa noche Ramón la necesitaba, de la misma manera en que a ella le urgía sentirse ligera, aunque fuera por unas horas.

Salió de la casa de Verónica y permaneció en la puerta.

¿Si Rebeca lloraba sería capaz de irse? Lo dudaba. Por fortuna, ningún llanto emergió del interior. Solo percibió el ruido cotidiano de un hogar familiar, la voz de Verónica llamando a sus hijos y los sonidos infantiles de la pantalla proyectando Paw Patrol.

Regresó a su departamento inundada de contradicción. Con el agua de la ducha terminó de borrar las dudas, luego maquilló los muchos meses sin salir con rubor y sombra para ojos. Para acompañar el vestido eligió unas sandalias color beige. Los centímetros ganados realzaron su porte. Por último, comprobó que su cabello había vuelto a ser la melena ondulada y brillante de antes del parto, no había rastro de la pérdida de meses anteriores.

Todo parecía en orden. El lápiz labial fue su pase de salida.

«Te espero».

Leyó varias veces el último mensaje de Ramón y le compartió la ubicación en tiempo real. Él la había esperado tanto, no quería seguir quedándose atrás ni seguir alimentando fracturas en su relación. Se aferraría a él como se lo había pedido, así tuviera que usar las uñas y los dientes.

El auto por aplicación por fin se detuvo frente al Café de nadie. Había demasiada gente. Sería complicado encontrar a Ramón y a sus compañeros. Sin embargo, no lo necesitó. Él ya estaba ahí, a un lado de la puerta, abriéndola para ella. No lo vio acercarse, concentrada en la cantidad de personas que tendría que sortear para llegar a él. Pero, tenerlo ahí, representó un alivio inmediato, la certeza de que anhelaba su compañía.

Sus ojos encendidos le dijeron más que el “Hola” que acompañó la sonrisa de sus labios al verla.

Con inusitada rapidez, él le preguntó al conductor cuánto debía pagar, sacó el dinero de su cartera y se lo extendió. Tomó el cambio sin apartar la mirada de ella, que continuaba en el asiento trasero. Aquel recibimiento iba más allá del agrado: era puro y ferviente deseo. Le atravesó a Lily la piel y se le anidó en las partes que reaccionaban a él, creando chispas de electricidad que hacía tiempo no sentía con tal intensidad.

—Te ves preciosa —le susurró después de darle la mano para ayudarla a salir del auto e inclinarse en su oído.

—Me pondré más seguido este vestido.

Las manos de Ramón le acunaron el rostro, atrayéndola e inclinándose hacia ella para unir sus labios. La templanza del contacto inicial se convirtió pronto en voracidad y exigió mayor cercanía. La boca de él buscó la suya una y otra vez, dejándola sin aire. Así era bonito no poder respirar, así podía dejar de hacerlo. A pesar de los transeúntes, los autos que circulaban y las luces nocturnas sobre sus cabezas, Lily sintió como si estuvieran solos.

Subió las manos a los hombros masculinos y se agarró a él. Sonrió una vez que la liberó, todavía impregnada del sabor que le había dejado en la lengua y el paladar, de la tibieza del aliento de Ramón. Aunque él no dejó de sostenerla entre sus brazos.

—De verdad te gustó. Y yo que lo tenía abandonado en el clóset.

—No es solo el vestido. Eres tú… —Ramón deslizó las palmas hasta las caderas de ella. Las apretó con suavidad y ansia contenida—. Me encantas.

El aroma varonil de su perfume la envolvía, mezclado con un ligero toque a cerveza. También lo delataban los ojos soñadores posados en ella.

—Empezaste a divertirte sin mí.

—Poquito nada más. ¿Quieres entrar o nos vamos a otro lado?

—¿Ya vas a empezar con las propuestas pervertidas?

—Lily… —murmuró contra su boca, luego de depositar otro beso.

—¿Sí?

—Me vuelas la cabeza, con o sin vestido. Como sea. Te amo. Quiero todo de ti.

No lo dudaba. Lo estaba comprobando en cada roce y respiro sobre su piel, en el movimiento agitado de su pecho, en la manzana de Adán subiendo y bajando en su cuello al pasar aire. Como si no estuviera completamente rendida, la mano de Ramón le dio la estocada final. Subió por su espalda y, al llegar a la nuca, se perdió entre sus cabellos. Sus dedos se hundieron entre las hebras con lentitud.

—Yo te adoro. Pero vamos a entrar. Tus compañeros deben estar esperándote.

—Que se aguanten.

—No seas así.

Se sonrieron y él le tomó la mano. Juntos se adentraron en el bar. El cuerpo de Ramón protegía el suyo mientras avanzaban entre mesas y sillas, esquivando a la gente de pie. Así llegaron a donde estaban los demás.




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