Más allá de nosotros

24. Agridulce

Ramón sintió una extrañeza al volver a lo familiar tras una larga ausencia. En saber que, aun siendo las mismas calles, el mismo desgaste de edificios con décadas de existencia combinados con estructuras nuevas, ya no era su lugar. Seguían ahí los anuncios espectaculares a los cuáles veía al pasar sin captar lo que anunciaban más allá de unos colores. Los mismos puentes peatonales atravesando avenidas. Todo estaba ahí, pero ya no lo sentía cercano.

Después de un año y medio en otra ciudad, Guadalajara los recibió con su tráfico similar al de la capital. El sol radiante de mediados de diciembre atravesaba el cristal de la ventana del autobús, colándose entre las cortinas a medio cerrar. La temperatura no era la de un invierno europeo, y menos baja que en su actual hogar, pero igual los invitó a usar una prenda extra encima y mantener abrigada a Rebeca.

El autobús dorado y con letras negras donde iban entró a la Central Nueva luego de siete horas. No había sido un viaje en extremo largo, pero hubo ratos en los que la inquietud de Rebeca y su necesidad constante de estímulos les impidió relajarse.

Los pechos de Lily aún lograban calmarla rápido, pero a veces no lo suficiente, menos en un espacio desconocido y limitado.

El conductor estacionó, pero ellos esperaron unos minutos a que el resto de los pasajeros bajara. Ramón aprovechó esa pausa para admirar a Lily. Llevaba la melena castaña un poco desordenada y el rostro libre de maquillaje. Lucía tan cansada como él, pero aun así le sonrió.

—¿Estoy muy despeinada? —le preguntó, pasándose la palma por los cabellos para colocarlos detrás de sus orejas.

Él negó.

—Te ves bien.

Lily bajó el rostro, de esa manera cargada de coquetería tenue y adorable de la que a veces no era consciente, y se acomodó a Rebeca en el regazo.

—No tanto como tú —admitió y le obsequió una sonrisa pequeña—. ¿Ya sabes si vas a ir a ver a tu mamá?

—María Esther está de insistente. Pero no sé si mi jefa quiera verme.

—Tú ve. Dale un abrazo al menos. Yo creo que se pondrá feliz.

—Si ni ha querido contestarme las llamadas ni los mensajes.

Lily no respondió de inmediato, sus ojos buscaron dentro una respuesta. Ramón conocía ese gesto, era el que asomaba en la contracción de sus facciones cuando no sabía qué decir a riesgo de abrir más una herida.

—Pero así ya habrás puesto todo de tu parte.

Cierto, pensó. No habría nada más que pudiera hacer luego de ir a ver a Antonia si ella insistía en castigarlo con su silencio.

—Yo creo que sí voy —dijo para dar por terminando un asunto en el que no quería pensar.

Descendieron y Ramón se encargó de recoger el equipaje a un costado del autobús mientras Lily lo aguardaba en el andén con Rebeca en los brazos.

Apenas entraron al enorme bodegón que era la sala de espera, vieron a Agustín. Los esperaba de pie cerca de la salida asignada a Primera Plus. Un gesto de orgullo mezclado con profundo cariño asomó a su rostro. Abrió los brazos para su hija, la abrigó entre ellos varios segundos y la besó en la cabeza poniéndose al día en un solo acercamiento. Luego, volteó hacia Rebeca.

—Está re chula. Igualita a ti, mija —dijo, después de poner su mano en la cabecita de la bebé—. ¿Y tú cómo andas, güey? —le preguntó a Ramón, estrechándole la mano.

—Aprovechando las vacaciones.

—Estamos muy cansados, papá. Tardamos mucho en salir de México. ¿Tú cómo estás? —terció Lily, haciéndole saber que prefería que se fueran ya.

Durante el trayecto se pusieron al día, Agustín se veía saludable. No había vuelto a recuperar los kilos que perdió luego de su segunda boda, y conducía a la Princesa con la seguridad de un hombre que sabe el camino o confía en poder encontrarlo. A Ramón siempre le había agradado eso de él, junto a la certeza que le obsequió en esa etapa de su vida en la que lo demás era una tormenta de arena que le impedía ver donde pondría el siguiente paso.

Llegaron a la casa de Olga. Al igual que el padre, la mamá de Lily fue directo a su hija y nieta, las abrazó, las besó y no se cansó de agradecer a Dios por tenerlas ahí.

Él sintió una punzada ansiosa. ¿Antonia lo recibiría con la mitad de ese cariño?

Durante sus primeros años, antes de que llegaran sus hermanos, y aun un poco después de que nació Joel, la suya había sido una madre amorosa. Junto a su padre le enseñaron lo que era un hogar cálido. Los problemas comenzaron después, con cada año que él crecía y su madre se tornaba cruel en ocasiones, distante en otras, hasta la muerte de su padre. Fue entonces que no pudo contar con ella pues el dolor consumiéndola se lo impidió durante mucho tiempo.

Ese día se instalaron en la casa de la mamá de Lily. En su habitación que seguía casi igual a cuando la habitaba ella sola. No tardaron en guardar su ropa en los cajones vacíos de la cómoda, armar la cuna portátil que Agustín llevó para Rebeca y echarse en el colchón. El edredón y las fundas de las almohadas olían a jabón y suavizante. Cada detalle había sido dispuesto para su llegada. El clima hacía que permanecer abrazados fuera una buena idea.

Olga tocó unos minutos después y pidió llevarse a Rebeca con ella para darle de probar el arroz con leche que había preparado.




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