Más allá de nosotros

25. Las nubes a veces regresan

Regresaron a su hogar después de Año Nuevo. Lily estaba satisfecha con el viaje y la convivencia familiar. Incluso los hermanos de Ramón los visitaron para conocer a Rebeca. De la madre no volvieron a hablar. Lily se sabía la razón del desprecio de Antonia y, aunque la hería estar de manos atadas para intentar ganarse su simpatía, quien más le preocupaba era Ramón. No obstante, verlo tranquilo fue apagando la angustia por haberlo alejado de su madre.

Su pequeño departamento los recibió con el aire espeso, cargado con el olor a polvo, tela, madera y el rastro de humedad propio del encierro de un par de semanas. Apenas dejaron las maletas, Lily abrió la ventana para dejar entrar el fresco del exterior. Luego repasó las esquinas y objetos, asegurándose de que todo siguiera como lo dejaron.

—Hay que ir por Abril, ya debe estar desesperado en la veterinaria —le dijo a Ramón, pensando en el integrante peludo y silencioso de su familia que no los había acompañado en el viaje.

—Voy por él. Mientras, pide algo de comer. Tengo un montón de hambre.

—Mi celular está descargado.

—Usa el mío.

Ramón le extendió el aparato y, antes de salir por la puerta, le dejó un beso tierno en los labios. La veterinaria estaba cerca, a unos minutos a pie, pero Lily comenzó a extrañarlo en el segundo que la puerta se cerró detrás de él.

Una exhalación cargada de anhelo le brotó de la garganta.

¿Cómo había podido pensar en dejarlo cuando la hacía sentir así de dichosa?

Haberse dejado devorar por lo que en retrospectiva comenzaba a considerar una tormenta en un vaso de agua la avergonzaba profundamente, pero no se había sentido ella misma en meses. Entre el cansancio y la confusión de adaptarse a una nueva vida, se había perdido en rutinas. Se preguntó si a todas las mujeres les costaba tanto. Quizás no. Quizás ella simplemente no había sabido manejarlo mejor. Recién sentía que podía pensar y sentirse mejor, más ella y menos una sombra.

Rebeca gateaba por el suelo. Viéndola tan libre y feliz, se juró a sí misma que el suelo no estaba tan sucio, de todos modos, su pequeña exploradora no estaba dispuesta a esperar una limpieza a fondo. Luego, regresó a la pantalla del celular. Lo desbloqueó, Ramón y ella no se ocultaban las claves, pero tampoco revisaban el mundo que cada uno guardaba en esas pequeñas cajas de circuitería. En realidad, lo suyo era una cuestión práctica.

A ella nunca se le hubiera ocurrido por sí misma indagar en las conversaciones de WhatsApp o ningún otro asunto. Sin embargo, la notificación de un mensaje entrante de María Esther irremediablemente le mostró otra, de horas atrás.

Chica Zombi.

Al leer el nombre del remitente, la intuición le dijo de quién se trataba. Quiso no ceder al impulso de abrir la imagen que contenía aquel mensaje, pero no pudo.

Era una captura de pantalla de una aplicación de citas. Ramón y Sugey habían coincidido. Sus nombres juntos la hicieron desviar la mirada. No pudo detenerse. Víctima de una devoradora ansia de saber más, comenzó a deslizar la pantalla para ver mensajes anteriores. El último antes de la imagen era un saludo navideño, enviado por ella muy temprano el veinticinco de diciembre. Ramón lo había respondido con apenas un «Feliz navidad, chica zombi».

Ese sobrenombre volvió para aumentar la opresión que comenzaba a cerrarle la garganta. Enseguida, vino la contraparte.

Monchis.

Sugey lo llamaba así cada que podía. Sintió que detrás de aquel apodo había demasiado, y el estómago vacío se le revolvió. Siguió leyendo. Meses atrás, poco después de que Ramón volviera a hablarle a su antigua amiga, habían compartido una gran cantidad de mensajes. Iban de videojuegos y música, algunos de trabajo. Otros hacían referencia a anécdotas pasadas. Y los que más dolieron, los mensajes en que se desearon un buen día los fines de semana o una noche de descanso el resto de los días. Nada comprometedor y, aun así, saber que durante aquellos meses lo habían hecho a diario la hizo sentarse en el sofá.

¿Acaso no se veían lo suficiente en el trabajo? Pensarlo la destrozó, haciéndola sentir aparte, como un sobrante. Que algunos hubieran sido enviados en las horas que Ramón estaba en casa... con ella, la hizo tener la certeza de que cada silencio pasado de él había sido un mensaje cómplice para otra mujer.

Volvió a leer, unos mensajes en especial llamaron su atención. Eran preguntas de parte de Sugey.

«¿Qué te hace descartar a alguien de inmediato?».

«¿Qué te haría darle una oportunidad a una mujer, aunque no fuera tu tipo?».

«¿Qué pesa más, que tengan gustos parecidos o que se lleven bien?».

«¿Qué te llama primero la atención de una mujer?».

«¿Qué tendrías que saber de alguien para querer conocerla?».

«¿Te importa más que sea divertida, inteligente o tranquila?».

«¿Qué cosas hacen que una persona te parezca compatible contigo?».

«¿Cómo dirías que es tu mujer ideal?».

A esa Ramón respondió con una sola frase: «Como Lily».

Leyó el resto de sus respuestas con interés. En muchas se reconoció a sí misma, en esas cosas que Ramón solía decirle buscando demostrarle su afecto.




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