Lauren se miró por última vez frente al espejo. Llevaba un sencillo vestido negro que le llegaba debajo de las rodillas y unos zapatos bajos. No tenía joyas, tampoco maquillaje. Apenas se había recogido el cabello porque no había tenido fuerzas para hacer nada más.
Sus ojos hinchados revelaban las noches que llevaba sin dormir.
Jeremith, su esposo estaba muerto. Todavía le resultaba imposible aceptar esas palabras.
Hacía apenas unas semanas se había casado con él. Todo había sucedido tan rápido que algunas veces Lauren sentía que aquellos días pertenecían a la vida de otra persona.
Tomó su bolso y dijo a su familia:
—Iré a su funeral, aunque su familia intente impedirlo.
Sabía perfectamente lo que encontraría en la funeraria. Los Remington la odiaban. Para ellos, Lauren era una cazafortunas.
Así la llamaban.
Algunos incluso habían comenzado a insinuar algo peor, que ella había causado la muerte de Jeremith para quedarse con su fortuna.
Lauren respiró hondo. Podían llamarla como quisieran. Pero nadie iba a impedirle despedirse de su esposo.
La funeraria estaba llena.
Lauren lo comprendió apenas cruzó las enormes puertas de cristal. Empresarios, abogados, políticos, amigos de la familia y personas cuyos rostros había visto alguna vez en revistas financieras ocupaban el salón principal.
Entonces ella apareció.
Y las conversaciones comenzaron a apagarse, una tras otra.
Hasta que Lauren pudo sentir decenas de miradas clavándose sobre ella.
No necesitaba escuchar los murmullos para saber qué estaban diciendo.
Esa es ella
La esposa.
La mesera.
Lauren levantó la barbilla y continuó caminando.
Al fondo se encontraba el ataúd, cerrado. Su corazón se contrajo.
El cuerpo de Jeremith había quedado tan deteriorado después del accidente que no habían permitido que nadie lo viera.
Lauren sintió que las piernas comenzaban a temblarle. Dio otro paso y se detuvo frente al ataúd. Mirando con tristeza levantó su mano y tocó el cajón donde yacía su esposo.
—Jeremy...
Lloró en silencio.
De repente levantó la mirada y vio al hombre que estaba de pie junto a una de las enormes ventanas del salón.
Alto. Vestido completamente de negro. Los hombros anchos bajo el traje perfectamente cortado y una expresión tan severa que parecía estar en aquel lugar no para despedir a un muerto, sino para encontrar al responsable de su muerte.
Lauren no lo conocía.
Pero él sí sabía perfectamente quién era ella.
Alan Remington había llegado de Italia esa misma madrugada. Y la primera mujer que había querido conocer al poner un pie en Chicago era precisamente aquella que ahora estaba al lado del ataúd de su primo.
La famosa Lauren.
La mujer por la que Jeremith había perdido la cabeza.
Alan había escuchado la historia demasiadas veces. Una joven mesera que logró enredar el corazón de Jeremith.
Se había enamorado perdidamente de ella y, en cuestión de semanas, había roto su compromiso con una rica heredera, Brigitte Harrison y se había casado con aquella desconocida sin proteger su patrimonio.
Después había desaparecido. Y ahora estaba muerto. Demasiadas casualidades. Lauren era sospechosa.
Alan observó a Lauren acercarse al ataúd. Era diferente de como la había imaginado.
No llevaba un vestido costoso ni tenía joyas. Ni siquiera parecía interesada en las personas importantes que llenaban la sala.
Solo miraba el ataúd y lloraba.
Alan apretó la mandíbula. Había conocido antes a una mujer capaz de llorar de aquella manera.
Dayanna, su ex esposa, también parecía inocente. También había conseguido que él creyera que lo amaba. Hasta que descubrió cuánto podía costar una mentira cuando quien la pronunciaba era suficientemente hermosa.
Por eso no sintió compasión de Lauren, en su lugar, sintió desconfianza.
Lauren miró el ataúd.
—¿Por qué hiciste esto? Dijiste que regresarías, me prometiste que no volvería a estar sola.
Alan escuchó aquellas palabras desde algunos metros de distancia.
Su expresión se endureció todavía más. No sabía qué le molestaba más, si el hecho de que estuviera llorando, o que pareciera sincera.
Lauren permaneció allí unos instantes hasta que sintió una presencia detrás de ella.
Se volvió, era él. El hombre que un par de minutos antes estaba junto a la ventana.
De cerca resultaba todavía más intimidante. Lauren tuvo que levantar ligeramente el rostro para mirarlo.
—¿Quién es usted?