Lauren volvió a concentrarse en el ataúd. No había ido hasta allí para enfrentarse con la familia de Jeremith. Solo quería despedirse de él y marcharse.
Pero apenas dio unos pasos, una voz femenina la detuvo.
—De verdad tienes mucho descaro.
Lauren se volvió.
Una joven vestida de negro avanzaba hacia ella.
La reconoció inmediatamente.
Megan Remington.
La hermana menor de Jeremith.
Lauren solo había coincidido con ella una vez desde que se casó con Jeremith, y había sido suficiente para comprender que Megan la despreciaba.
Esta vez no era diferente.
—Megan...
—No pronuncies mi nombre como si quisiera verte.
Lauren guardó silencio. Megan se detuvo frente a ella.
—¿Qué haces aquí?
—Vine al funeral de mi esposo.
—Mi hermano —corrigió Megan—. Viniste al funeral de mi hermano.
—Es mi esposo.
—Durante unas semanas.
Lauren sintió un escalofrío. Alan había utilizado prácticamente las mismas palabras.
Parecía que todos se habían puesto de acuerdo para recordarle que su matrimonio había sido demasiado breve como para tener derecho a sufrir.
—No voy a discutir contigo —respondió Lauren—. Hoy no.
Intentó apartarse, pero Megan volvió a interponerse.
—Claro que no. Tú nunca quieres dar explicaciones.
—No tengo que darte ninguna explicación.
—¡Mi hermano está dentro de ese ataúd!
Varias personas voltearon.
Lauren bajó la voz.
—Precisamente por eso no quiero discutir contigo.
—Entonces vete… ¡Vete!
La voz resonó por el salón.
Ahora sí, prácticamente todos las observaban. Lauren sintió la humillación subirle hasta el rostro.
No quería llorar. Mucho menos delante de ellos.
Megan señaló la salida.
—Nadie te quiere aquí. ¿Todavía no lo entiendes?
—Eso no significa que no tenga derecho a estar.
—¿Derecho?
Megan soltó una risa amarga.
—¿Quieres hablar de derechos después de lo que hiciste?
Lauren frunció el ceño.
—Apareciste de la nada y destruiste la vida de mi hermano.
—Yo no destruí nada.
—Mi hermano tenía una vida antes de conocerte. Tenía una prometida. Tenía planes y una familia. Pero apareciste tú y en cuestión de semanas abandonó a Brigitte, discutió con mi abuelo, se alejó de nosotros y se casó contigo.
Megan tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Y ahora está muerto.
Lauren palideció.
Aquello sí le dolió.
Porque detrás del desprecio de Megan había algo que no podía combatir.
Dolor.
Había perdido a su hermano.
—Lamento que Jeremith haya muerto —murmuró—. Pero yo también lo perdí.
—No te compares. ¡Tú no eres una de nosotros!
—Basta.
La voz masculina surgió detrás de ellas. Megan cerró los ojos con evidente fastidio.
Lauren miró hacia el hombre que se aproximaba.
Ethan Remington.
A diferencia de Alan, no había hostilidad en su expresión. Tampoco compasión. Ethan se colocó entre las dos mujeres.
—Estás haciendo un espectáculo.
—¿Yo? —Megan lo miró indignada—. Ella no debería estar aquí.
—Es la esposa de Jeremith.
—¡Era!
—Legalmente, sigue siendo su viuda.
—No me importa lo que diga un papel.
—Pues debería importarte.
Megan abrió la boca para responder, pero Ethan continuó:
—Este es el funeral de Jeremith. No un tribunal.
—¿Ahora vas a defenderla?
Ethan miró a Lauren durante unos segundos.
—No estoy defendiendo a Lauren.
Aquellas palabras sorprendieron a ambas.
Ethan regresó la mirada hacia Megan.
—Estoy defendiendo su derecho a despedirse de su esposo.
Lauren permaneció en silencio.
—No sabemos qué ocurrió aquella noche —continuó Ethan—. La policía tampoco encontró nada que demostrara que alguien provocó el accidente.
—Eso no significa que sea inocente.