Nikolay abrió la puerta de su pequeño y humilde apartamento y la sostuvo abierta para Christina.
—Entra —le dijo, tratando de sonar acogedor.
Christina puso una cara de disgusto y miró con incredulidad el espacio que tenía frente a ella. El apartamento era modesto, con paredes de color beige deslucido y un suelo de linóleo desgastado. Había un sofá cama en un rincón, una pequeña mesa con dos sillas, y una cocina diminuta equipada con lo esencial. La única ventana del lugar daba a un patio interior, dejando entrar muy poca luz natural.
—Al menos está limpio —dijo Nikolay, tratando de encontrar algo positivo mientras Christina estudiaba el lugar con una mezcla de desdén y resignación.
Nikolay se acercó a ella y, sin previo aviso, le retiró la chaqueta que cubría sus hombros. Christina se sobresaltó y retrocedió un paso, mirándolo con desconfianza.
—No pienses que soy un psicópata —dijo Nikolay rápidamente, intentando calmarla—. Solo quería que estuvieras más cómoda.
Colocó la chaqueta en el respaldo del sofá cama y se giró para mirarla con una sonrisa tranquilizadora.
—He pasado toda la tarde contigo y no te he hecho nada —añadió, intentando aliviar la tensión.
Nikolay comenzó a recoger los trapos y ropa que estaban encima del sofá, creando un espacio más acogedor para Christina.
—Ganas de matarte no me faltan —dijo con un tono de sarcasmo y burla, intentando aligerar el ambiente.
Christina lo miró, analizando sus palabras, y luego se sentó en el sofá, dejando que el cansancio se apoderara de ella.
—Seguramente tu abuela dice que mañana será otro día —comentó Christina, recostándose en el sofá mientras Nikolay continuaba ordenando la sala.
—Sí, también dice eso —respondió Nikolay mientras recogía las cosas—. Además, siempre me recuerda que hay que ayudar a los necesitados sin esperar nada a cambio.
Christina se dejó llevar por el agotamiento y pronto cerró los ojos, quedándose profundamente dormida en el sofá. Cuando Nikolay volvió a la sala, la encontró dormida. La observó por un momento, asegurándose de que estuviera cómoda, y luego buscó una manta para cubrirla.
—Buenas noches, Christina. Hasta mañana —susurró, apagando la luz y dejándola descansar en paz.
Nikolay se dirigió a su propia cama, sintiéndose aliviado de haber podido ayudarla, aunque fuera solo un poco.
El nuevo día había llegado. Christina se estiró en el sofá cama, sintiendo la rigidez de la noche anterior. Abrió los ojos y, poco a poco, los recuerdos del día anterior regresaron: la discusión con su padre, la persecución del ladrón, y su llegada a este modesto apartamento. Con un suspiro, se levantó y caminó hacia la cocina.
Allí, vio a Nikolay terminando de cocinar huevos revueltos. Al percibir su presencia, él la saludó con una sonrisa.
—Buenos días —dijo Nikolay.
—Buenos días —respondió Christina, aún con el peso del cansancio en sus palabras.
—Pensé que todo había sido una pesadilla —admitió Christina.
Nikolay, amable, le preguntó:
—¿Quieres huevos revueltos?
Christina miró la sartén y luego a Nikolay.
—Supongo que no tienes nada más.
—No, quería hornear unos bollos, pero no tuve tiempo y el jugo fresco se terminó. No hay naranjas —explicó Nikolay con un encogimiento de hombros.
Se sentaron a la pequeña mesa cuando Nikolay le preguntó:
—¿Tienes planes para hoy?
—Sí, buscaré trabajo. Ya no quiero el dinero de mi padre y luego volveré a Oxford —respondió Christina con determinación.
Nikolay la miró, pensativo, mientras ella continuaba.
—Dejaré que mi padre continúe su vida sin mí. Ya no le importo.
—¿En qué área buscarás trabajo? —preguntó Nikolay, tratando de entender mejor su situación.
—Algo en mi campo —dijo Christina.
—¿Cuál es tu campo? —preguntó Nikolay, sirviendo los huevos revueltos.
—Las lenguas inglesas —respondió Christina.
Nikolay la invitó a sentarse y ya el desayuno estaba listo.
—¿Por qué no elegiste una carrera más sencilla? —preguntó Nikolay con curiosidad.
Christina bajó la mirada y respondió suavemente.
—Lo hice por mi madre. Ella adoraba a Shakespeare.
Nikolay la miró, como si analizara cada palabra. Cuando Christina comenzó a comer los huevos revueltos con un trozo de pan, el celular de Nikolay sonó. Miró la pantalla y luego se despidió rápidamente.
—Suerte con el trabajo y con el tal Shakespeare —dijo con una sonrisa antes de salir apresuradamente, dejando a Christina sola en la pequeña cocina.
El desayuno no era lo que estaba acostumbrada, pero era mejor que no comer en todo el día.
La noche cayó lentamente sobre la ciudad, trayendo consigo una calma que contrastaba con el bullicio del día. Las luces de las calles iluminaban tenuemente el apartamento de Nikolay, proyectando sombras suaves en las paredes desgastadas. El aire fresco se filtraba por la ventana entreabierta, añadiendo una sensación de tranquilidad al modesto hogar.
Nikolay regresó al apartamento y al abrir la puerta, vio a Christina recostada en el sofá, viendo televisión. Cerró la puerta tras de sí, se quitó los zapatos y se acercó, quitando los pies de Christina del sofá para poder sentarse.
—¿Cómo estás? ¿Conseguiste trabajo? —le preguntó, observándola con interés.
Christina, con los ojos aún fijos en la pantalla, respondió con un tono de apatía.
—Saldré a buscar mañana.
Nikolay la miró con una mezcla de incredulidad y curiosidad.
—¿Y qué has hecho durante el día?
—Estoy deprimida. Saldré mañana a buscar algo —respondió Christina, casi en un susurro.
Nikolay no podía creer lo que estaba escuchando. Antes de que pudiera responder, Christina continuó.
—Tengo hambre. ¿Me puedes hacer algo de cenar?
Nikolay, sintiendo la frustración crecer dentro de él, respondió con firmeza.
—¿Por qué no vas tú a la cocina a hacerte algo de comer?