Mi Reino Por Un Amor

Capítulo 13

Christina llegó a casa exhausta, cargando bolsas de compras con lo esencial para la despensa y para la cena. Abrió la puerta con dificultad y, al cerrarla, exclamó con una mezcla de irritación y agotamiento:

—Nikolay, ¿nadie va a recibirme?

Se adentró en la cocina, dejó las bolsas en el mostrador y caminó hacia la sala. Al ver a Nikolay recostado en el sofá, envuelto en una manta, comentó con tono irónico:

—Estás acostado, ¡qué suerte tienes! —dijo mientras se retiraba un chaleco azul de los hombros—. Vaya trabajo que me encontraste, no se lo desearía ni a un enemigo.

Nikolay estornudó, llamando la atención de Christina, pero ella no se percató y siguió hablando:

—Todo el día bajo los rayos del sol, con gente extraña y con apenas unos centavos en el bolsillo —continuó mientras se quitaba los tacones—. Estoy tan cansada —exageró, rodando los ojos.

Se acercó a Nikolay y, viendo que él no le respondía, se sintió ignorada.

—¿Ni siquiera me hablas? —dijo molesta—. ¿Me estás ignorando?

Nikolay, con voz débil, le respondió:

—Me siento muy mal.

Christina, ahora preocupada, se acercó más para examinarlo. Nikolay explicó que un cliente había estornudado cerca de él y que había contraído un virus. Christina tocó su frente y sintió que tenía fiebre, así que salió apresuradamente en busca de Magnolia, la tía de Nikolay. La mujer la acompañó de vuelta y le colocó un termómetro debajo del brazo de Nikolay. Esperaron cinco minutos y, al ver el tiempo, Christina tomó el termómetro.

—Déjamelo a mí —dijo Magnolia, sabiendo que Christina no sabría cómo leerlo. Observó la temperatura y anunció—: Tiene 38.9 grados.

Christina la miró con preocupación, pero Magnolia la tranquilizó:

—Estará bien, solo necesita descanso y leche con miel. ¿Tienes leche?

Christina abrió el refrigerador y vio que no había.

—No tengo —respondió, frustrada.

—Ve a la tienda a comprar —sugirió Magnolia.

Christina tomó su chaleco y salió corriendo a la tienda. Al regresar, Magnolia le dio instrucciones detalladas:

—Debes hervir la leche y colocar una taza con miel.

Christina entendió y siguió las instrucciones. Mientras buscaba la miel, la leche hirvió y se derramó en la estufa. Tomó el envase con cuidado y vertió la leche caliente en una taza. Luego, salió con una pequeña charola hacia donde estaba Nikolay, arrastrando una silla para colocar la taza frente a él.

Nikolay, asombrado por la atención, preguntó:

—¿Todo esto es para mí?

Christina asintió y explicó:

—Tu tía Magnolia me dejó instrucciones. Debes beber todo.

Nikolay tomó la taza, haciendo una mueca al recordar que nunca le había gustado la leche, especialmente cuando estaba espumosa. A pesar de su desagrado, tomó un sorbo y, antes de cerrar los ojos, comentó:

—Si no te hubiese dado alojamiento, no tendrías a nadie que cuidara de mí. Eso decía mi abuela.

Christina, pensativa, observó a Nikolay mientras lo terminaba de cubrir con la manta. Reflexionó sobre sus palabras, reconociendo la verdad en ellas. Nikolay tenía razón; a pesar de sus diferencias y dificultades, se cuidaban el uno al otro en momentos de necesidad.

Un nuevo día había llegado, y los rayos del sol se filtraban a través de las ventanas, llenando la habitación de una cálida luz matutina. Christina se levantó con renovada determinación, se vistió rápidamente y se dirigió al puesto de frutas en el mercado. El aire estaba fresco y lleno del bullicio típico de la mañana en la ciudad.

Al llegar al mercado, Christina vio al señor Ivaniv, el hombre que había tratado mal la última vez. Decidida a hacer las paces, lo saludó con una sonrisa genuina:

—Buenos días, los tomates y los rábanos están frescos hoy. ¿No llevará algunos?

El señor Ivaniv la miró con sorpresa y amabilidad.

—Buenos días. Mi esposa me ha pedido que lleve tomates frescos. ¿Me ayudas?

Christina, en tono gentil, respondió:

—Por supuesto. Y quiero disculparme por el otro día, lo traté muy mal. Por favor, discúlpeme.

Mientras buscaba entre los vegetales, el señor Ivaniv, con tono amable, dijo:

—No hay problema. Tal vez alguien te hizo enojar.

Christina, sintiendo una conexión con el hombre, confesó:

—Ese día había pasado por cosas difíciles.

El señor Ivaniv sonrió, apreciando su sinceridad.

—Es de apreciar escuchar tus disculpas. En estos tiempos, nadie acepta sus errores.

Christina le entregó los tomates y dijo:

—Son 250.

El señor Ivaniv pagó y se despidió con una sonrisa. Justo en ese momento, Nikolay apareció, saludándola alegremente:

—¡Hola vecina!

Christina, al ver que ya estaba bien, lo miró asombrada.

—¿Ya estás mejor?

Nikolay, con una sonrisa amplia, respondió:

—Sabes hacer magia. Esa leche con miel fue lo máximo. Ya estoy bien. Pasaba por aquí y me dije: "Nikolay, ¿por qué no llevas a tu salvadora a dar un paseo a la feria?"

Christina sonrió, sintiendo una oleada de alegría al ver su entusiasmo.

—¿Ahora?

Nikolay asintió, y ambos se encaminaron a la feria.

La feria era un estallido de colores y sonidos, con puestos llenos de productos frescos, artesanías, y delicias locales. La gente se movía de un lado a otro, charlando animadamente y disfrutando del ambiente festivo. Christina y Nikolay paseaban entre los puestos, observando las mercancías con interés. Había frutas y verduras de todos los colores, pan recién horneado, y puestos de flores que llenaban el aire con un aroma dulce.

—Mira, esas flores son hermosas —dijo Christina, señalando un ramo de girasoles.

—¿Te gustan? —preguntó Nikolay, ya hablando con el vendedor para comprarle uno.

Christina asintió, sonriendo. Nikolay pagó y le entregó el ramo.

—Para ti, por cuidarme tan bien.

Christina tomó las flores con gratitud, sintiendo una calidez en su pecho. Siguieron caminando, deteniéndose en un puesto de dulces donde compraron unas galletas caseras. Luego, se acercaron a un pequeño escenario donde un grupo local tocaba música tradicional. La gente aplaudía y algunos bailaban, contagiados por la alegría del momento.




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