No te acerques a mamá

3. NO ERES CAMILA

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~Briana~

—Lo siento tanto, hija —me dice Isabel mientras conduce de regreso a casa—. Pero creo que, de todos modos, debiste decírselo para que pueda decidir.

—¿Y arruinar su felicidad? —pregunto con voz rota—. No, Isa, yo lo amo, pero diciéndole esto solo voy a arruinar las cosas entre él y Camila.

—No entiendo cómo pudiste soportar quedarte y fingir que todo estaba bien —gruñe—. Y mucho menos entiendo cómo Luciano tiene estómago para perdonar esa infidelidad.

—No sé, pero no quise preguntarles —susurro, con la mirada perdida mientras me abrazo—. Se aman, no…

—Puede que él la ame, pero es obvio que ella a él no.

No puedo evitar sollozar con más fuerza. ¿Por qué no pudo amarme como a ella?

—¿Qué me hizo falta para que me amara? —gimoteo con el rostro entre las manos—. ¿Por qué no me quiere?

—Hija…

—Yo lo amo tanto, lo amo tanto que quiero morirme —digo entre dientes.

Isabel aparca en una esquina y me toma de la mano.

—No eres Camila, es eso lo que pasa —responde—. Sí, y eso duele, pero no puedes cambiar las cosas. Eres Briana: la mujer más especial, carismática y lista.

—Pero no soy…

—No, mi amor, pero en algún momento habrá alguien que quiera a Briana, no a Camila. ¿Me entiendes? Te duele, claro que te duele porque tu corazón lo eligió a él, pero él decidió amarla a pesar de su traición.

—Sí, debe quererla muchísimo para haberla perdonado —susurro—. Ya entendí, Isa, ya entendí que él no puede amarme, que solo fui un desahogo y que soy una estúpida.

—No, no eres estúpida. Simplemente te enamoraste de la persona equivocada y te tocó perder. A todos nos ha sucedido, pero siempre llega esa persona que es para ti.

—No creo que llegue esa persona para mí —replico—. Mi corazón siempre lo amará a él. No puede ser de otra forma.

—Bien, hija, no diré más —suspira—. Ahora hablas desde el dolor, pero te aseguro que, cuando tengas a tu bebé en brazos y quieras ser la mejor versión de ti para él, verás las cosas de otra manera.

—Gracias por estar conmigo, Isa —le digo con sinceridad—. A pesar de que las cosas salieron tan mal, no sé qué habría hecho si no me acompañabas.

—Sabes que, siempre que me lo pidas, estaré para ti. Ahora, quita esa carita y vayamos a casa.

—Sí, necesito dormir horas y…

—Me refiero a nuestra casa, no a tu departamento —me interrumpe—. Debemos hablar con tu padre.

—No, no, por favor —le ruego—. No quiero…

—Mi vida, si le dijiste a Luciano que vas a irte, entonces tienes que hacerlo —me recuerda—. Al menos por un tiempo, puedes viajar, despejarte. Para eso, tenemos que hablar con tu papá.

—Me va a matar —gimoteo—. Y me va a preguntar quién es el padre. Se va a enfurecer como lo habría hecho Carlos.

—Tu padre no es Carlos, cariño —gruñe—. Tu padre te ama por sobre todas las cosas, ¿cómo crees que va a matarte a ti? Además…

—¿Qué?

—No tienes que decirle que es de Luciano —sugiere—. Sé lo horrible que es mentir, pero…

—¿Entonces qué diablos le invento? Yo no he estado con nadie más, Isabel.

—No, pero saliste con algunos muchachos en la universidad —me recuerda—. Puedes decirle que fue alguno de ellos. Al menos de momento, mi amor. Ya que nazca el bebé, podemos…

—Sí, sí, tienes razón. Solo espero que no crea que soy una…

—Hey, nada de eso —me interrumpe—. Le diremos que te enamoraste, que eran novios y que pasó lo que pasó, ¿sí?

—No lo sé, tal vez eso sea peor.

Pero no, esa es la decisión acertada. Papá se queda en silencio cuando por fin decido contárselo y me manda fuera de su despacho para quedarse con Isabel.

—¿Ahora qué hiciste? —me pregunta Antonio, riéndose.

—Nada, mocoso —le saco la lengua, alborotándole el cabello—. No hice nada.

—¿Estás segura? Es que pareces asustada.

—Bueno, no tiene caso que te lo oculte —suspiro—. Voy a tener un bebé.

—¡¿Qué?! —exclama asombrado—. Pero no estás casada.

Suelto una risita irónica. Me encantaría volver a esa inocencia de los ocho años. A esa edad yo también pensaba que los hijos se tenían con la persona con la que te casabas y vivías feliz para siempre.

—No, no está casada, pero vamos a apoyarla —dice papá—. Entre todos vamos a cuidar del bebé.

Me vuelvo hacia él con los ojos inundados de lágrimas y sin poder creer lo que estoy escuchando.

—Papá —digo con voz rota.

—Ven aquí, hija —me pide con tono amoroso.

Al estar entre sus brazos, lloro más que una niña. Isabel y Antonio se marchan en silencio para dejarnos a solas en la sala, pero sé que más tarde tendré que hablar con todos ellos.




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