No te acerques a mamá

6. NO QUIERO IRME, PERO TENGO QUE HACERLO

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~Briana~

Aunque me muero de ganas de descargarme, no comento nada sobre la visita que me hizo Luciano. Si mi padre se entera, es capaz de ir a pedirle él mismo que me deje en paz y tal vez incluso hasta echarle en cara que me embarazó.

No podría soportar que se diera esa situación. Lo último que quiero es volver a verlo después de esto. Estaba dispuesto a tener una relación a escondidas con tal de que no me fuera.

—Compré los boletos para mañana temprano —me dice papá durante la cena—. No me gusta la idea de que te vayas tan rápido, pero tampoco me gustó la actitud de Luciano y considero que no podemos retrasar eso.

—Pero, ¿por qué mamá tiene que ir? —pregunta Antonio, enfurruñado.

—Porque quiero ayudar a Briana a instalarse, corazón —contesta Isabel, acariciándole la cabeza—. Solo serán unos días.

—¿Y no puedo ir? —inquiere con ilusión.

—No, latosito, tienes escuela —le digo sonriendo.

Mi hermano me saca la lengua y me mira enfurruñado, pero al poco tiempo se le forma un puchero, así que me levanto para ir a abrazarlo.

—Podrás ir a visitarme, cariño —le aseguro—. Es solo que ahora mismo no puedes viajar.

El resto de la cena transcurre en paz, aunque con cierto aire melancólico que todos notamos.

—Gracias por dejarme pasar la noche aquí —le digo a Isabel mientras se recuesta conmigo en la cama—. No sabes cuánto los necesito en este momento y lo mucho que me harán falta cuando vuelva a vivir sola.

—Te voy a llamar todos los días, así que será como si siempre estuviera allí.

—Ya sé, me voy a comprar uno de esos robots con pantalla para que siempre pasees por la casa —bromeo y ella suelta una carcajada.

—Me encanta la idea, así no te olvidas de limpiar los rincones.

Me abrazo a ella como cuando era una niña y cierro los ojos. Isabel suspira y me acaricia la cabeza con suavidad para que me relaje.

—Te quiero, mi niña —me susurra—. Yo no te cargué en mi vientre, pero te adueñaste de mi corazón desde la primera vez que te vi. Y como la madre que me siento para ti, siempre estaré contigo.

—Te quiero tanto —contesto con voz temblorosa—. ¿Por qué tuve que tener tan pésima suerte? ¿Por qué él tenía que enamorarse de Camila?

—Así es la vida, pequeña, es incomprensible, caótica, impredecible —suspira—. Pero si algo tienes seguro es que todos te amamos, corazón. Para nosotros eres mucho mejor que ella.

Asiento y me relajo por fin. Puede que jamás tenga el amor de Luciano, pero tengo el de mi familia y también el del hijo que espero.

A mi bebé le va a sobrar amor por todos lados; de eso no tengo la menor duda.

Isabel se va en algún momento de la noche, pero cuando despierto, todavía puedo sentirme cobijada por todo el cariño que me brindó. Siempre me dolerá que mi madre biológica esté en el cielo, pero sé que ella me envió a Isa para que no deje de tener el amor tan grande que sentía por mí.

Lo primero que hago al levantarme de la cama es ordenar todas mis cosas y también revisar mis mensajes en el celular. No tengo ninguno de parte de Luciano, lo que me dice que está más que feliz con Camila y ya entendió que tengo que irme.

Al bajar a desayunar, se me forma una sonrisa enorme. Isabel, papá y Antonio me prepararon un superdesayuno con todo lo que me gusta.

—Tienes que adivinar qué cosas tienen veneno o pica-pica —me dice mi hermano con tono malicioso mientras se frota las manos.

—Bueno, lo vamos a descubrir juntos, porque yo no como hasta que tú comas —respondo, sacándole la lengua.

—Pero yo sí voy a saber qué cosas no lo tienen —se burla.

—Pues por eso, tonto —me río—. Si tú lo comes, entonces es seguro.

—Pues lo voy a llenar de babas y…

—Ya, ya, por Dios, no se peleen —nos regaña Isabel—. También te vuelves una niña de ocho cuando discutes con él.

Mi hermano y yo nos reímos.

—Voy a extrañar a este condenado —le respondo mientras abrazo a Antonio—. Tienes que portarte bien, enano, ¿eh?

—Tú serás enana cuando crezca. Voy a crecer muy alto como papá.

—Eso quiero, mi amor —respondo, inclinándome para estar a su altura—. Ahora que me voy, quiero que comas bien, que hagas todos tus deberes y que no molestes a nadie.

—Pero no será divertido hacer eso —dice con un puchero—. Ya no tendré a quién molestar. ¿Por qué te tienes que ir?

—Porque tu hermana ya es adulta y tiene que buscar oportunidades —le responde papá, alzándolo en sus brazos—. Ya basta, se va a enfriar el desayuno y vas a llegar tarde al colegio.

—Pero quería ir a despedirme de ella.

—No hay peros, estás en exámenes mensuales —gruñe Isabel—. Lo siento, cariño, pero te prometo que en vacaciones la iremos a visitar.

—Mmm… Bueno, está bien.




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