
~Briana~
Tardo algunas semanas en poder asimilar el hecho de que estoy esperando gemelos, pero finalmente la ilusión se adueña de mi corazón y hace que los tragos amargos que paso al saber de su padre no resulten tan duros.
Mentiría si dijera que no lamento que ahora él sea un hombre casado y a la espera de un hijo. Cada día que pasa siento una pena terrible por mis bebés, que nunca lo van a conocer y que espero no se parezcan a él para que no haya problemas en el futuro.
Por mi bien, sería mejor que fueran niñas, así no heredan ese enorme lunar que solo tienen los varones de esa familia.
—Buenos días, Briana —me saluda la señora Tomasa cuando llego a su tienda—. Justo hace unos minutos llegó la leche, así que…
—También vengo por esta lista de ingredientes —le digo, mostrándole la lista—. Haré un pastel de fresas y no encuentro a nadie que lo venda. Creo que ya me rendí.
—No, no, espera, claro que lo tengo —sonríe—. Una empresa pequeña vino a ofrecerme sus postres y no sabes lo deliciosos que están. Son caseros.
—Oh, quiero probarlos —digo entusiasmada.
La señora Tomasa no se equivoca a la hora de describir estos pasteles como una maravilla. La primera cucharada me lleva directo a la gloria y termino comiéndome esa rebanada en la tienda.
Todo eso hace que sienta por primera vez a mis retoños. Solo puedo percibir un suave aleteo, pero estoy completamente segura de que han sido ellos.
—Está perfecta, y mis bebés piensan lo mismo —digo eufórica—. Quiero todo el pastel, por favor.
—¿Estás segura?
—Sí, por supuesto —sonrío—. Le va a fascinar a la tía. Mañana es su cumpleaños.
—Sí, por eso quería darte esto —me responde, entregándome una pequeña bolsa de regalo—. Felicítala de mi parte, por favor.
—Está invitada a la comida que le estoy organizando —le respondo con una sonrisa—. No falte, por favor.
—De acuerdo, ahí estaré.
Salgo de la tienda, sintiéndome la mujer más feliz del mundo entero y sin dejar de acariciar mi vientre. Sin embargo, me detengo en seco al reconocer un lujoso auto a la distancia.
—No, no puede ser —susurro, espantada, y entro rápidamente a la boutique de la señora Pilar.
—Buenos días, hija, ¿estás bien? Te ves pálida.
—Es… Yo…
—Nena, ¿qué ocurre? —pregunta mortificada—. ¿Son tus bebés?
—Por favor, ¿me dejaría entrar a uno de sus probadores? —pregunto ansiosa—. Es que hay una persona conocida que no quiero que me vea.
—No te preocupes —me dice la señora Pilar—. Tu tía ya nos advirtió a todos en el pueblo lo que hay que decir en caso de que alguien venga a preguntar por ti.
—¿Cómo? —jadeo mientras me dejo guiar hasta la zona de los probadores—. ¿Mi tía les dijo eso?
—Sí, y ya eres parte de Río Verde, así que vamos a cuidarte, ¿está bien? Nadie le va a decir nada a cualquiera de esa familia de ricachones que tú estás aquí.
—Dios, esto…
—Reina ha hecho demasiado por el pueblo como para que le demos la espalda —me explica con dulzura—. Además, tú te has ganado nuestros corazones en poco tiempo.
—Muchas gracias —le digo con voz rota.
La señora Pilar me oculta bien en un vestidor y hace algunas llamadas para asegurarse de saber exactamente quién es esa persona.
—¿Conoces a la señora Tania Alarcón?
—Sí —susurro—. Es parte de la familia a la que trato de evitar.
—Es ella la que ha venido. La señora viene algunas veces por aquí a comprar quesos artesanales con don Guadalupe. Su visita no tiene nada que ver contigo, hija, puedes quedarte tranquila.
—Gracias —suspiro con alivio—. ¿Puedo quedarme aquí un poco más, por favor? Quiero asegurarme de que se haya ido para…
—Sí, por supuesto, hija, pero vamos afuera, que aquí te vas a morir de calor.
—Pero…
—Dudo mucho que una mujer de su clase se pare en esta pequeña boutique —se ríe.
Por desgracia, se equivoca. A los pocos minutos de comenzar a ver algunos vestidos, un auto blanco se estaciona frente al local.
Nada más verlo, echo a correr a los vestidores, agradeciendo que las ventanas estén llenas de maniquís con los mejores diseños.
Con el corazón pendiendo de un hilo, cierro la cortina y subo los pies al asiento para que nadie pueda verme.
—Buenos días, señora, ¿en qué le puedo ayudar? —pregunta la señora Pilar.
—Venía con mi nuera a ver los vestidos —responde Tania con amabilidad—. Me han dado muy buenas referencias.
—Mmm… Pues yo no creo —dice Camila con tono desdeñoso—. No quiero ofender, pero yo estoy acostumbrada a diseños exclusivos.
—Estos son diseños exclusivos —le responde la señora Pilar, intentando mantener la amabilidad—. Tal vez no sean tan increíbles como los que usted acostumbra, pero…