
~Luciano~
—Tu mujer está dando a luz, ¿no vas a entrar con ella? —me pregunta mi madre, decepcionada.
—Estoy en el hospital, ¿qué más quieres que haga? —respondo sin mirarla—. Estoy cumpliendo.
Cumpliendo con una obligación que nunca fue mía. Poco tiempo tardé en enterarme de que Camila me mintió y el hijo que tendrá ahora no es mío, sino de ese empleado con el que se involucró.
¿Me importó saberlo? No. Ese niño me sirve para que los medios y la familia dejen de fastidiarme de una vez.
—De nada sirve cumplir si lo haces a medias —replica ella, sentándose a mi lado—. Sé que sigues furioso y desconfías de Camila, pero ya se casaron y no puedes seguir tratándola de esa manera.
—Tiene la vida a la que está acostumbrada; me he hecho cargo de todo lo relacionado con el embarazo. ¿En qué he fallado? —pregunto con voz inexpresiva, con deseos de desaparecerla y no volver a escuchar su voz—. Tengo mejores cosas que hacer que consentir a Camila. La familia depende de mí.
—¿Qué fue lo que pasó? Antes la amabas, te desvivías por hacerla feliz, Luciano —insiste.
«Briana, eso fue lo que pasó», respondo para mis adentros.
Por más investigadores privados que contraté, ninguno ha logrado dar con el paradero de Briana. Incluso busqué en los pueblos más remotos, pero nadie la vio. Es como si la tierra se la hubiera tragado.
Y con ella se llevó todas mis ganas de seguir viviendo. La única razón por la que sigo adelante es la misión de encontrarla y hacerle pagar por haberme abandonado.
Ella no se compadeció de mis ruegos y se largó a la primera oportunidad, así que yo tampoco puedo tenerle piedad.
Será mía y punto.
—Deberías intentar…
Antes de que mi madre pueda seguir con esa retahíla sobre lo que debo hacer con Camila, el doctor entra con una enorme sonrisa y un bulto azul en los brazos.
—Es un saludable varón —anuncia, acercándose—. Camila se encuentra en recuperación; la cesárea salió bien.
—Muchas gracias, doctor —dice mi madre, emocionada—. Nació mi príncipe.
Mentiría si dijera que odio al niño. Aunque no siento cariño, le tengo compasión y lo sostengo en mis brazos, pensando que voy a cuidarlo lo mejor que pueda.
—Oh, vaya, no tiene el lunar —murmura mi madre al verlo—. Es precioso, pero qué raro que no lo tenga.
—Lo extraño es que hubiera heredado el lunar —responde el doctor, sonriendo con nerviosismo—. La genética es…
—Pero es que todos los hombres Alarcón heredan ese lunar —insiste mi madre.
—Es mi hijo —me encojo de hombros—. ¿Quieres hacer un análisis genético para demostrártelo?
—No, no hace falta —suspira mi madre mientras me quita a Leonardo de las manos—. Leo es mi nieto. Es precioso, hijo. Se parece… bueno, está recién nacido. No se parece a nadie todavía.
—Sí, hay que esperar un tiempo —sonríe el doctor—. Muchas felicidades, señores Alarcón. Ahora me llevaré al bebé para que lo sigan revisando.
—¿No podemos quedárnoslo? —pregunta mi madre, asustada—. Es que…
—Tenemos que aplicarle unas vacunas y revisarlo —replica el doctor—. Pero puede venir conmigo para que se quede tranquila.
—Sí, por supuesto. ¿Vienes, hijo?
—No, me quedaré a esperar a Camila —respondo, alejándome—. Creo que es lo que debería hacer.
—De acuerdo, va a necesitar verte —dice ella con alivio.
Pero lo que hago, nada más verla salir, es escapar de la habitación. Siento que me estoy ahogando en este maldito hospital.
Este día debería ser diferente. Este día, Briana debería haberme dado un hijo, producto de esa noche. Muchas veces he sospechado que la dejé embarazada, pero las investigaciones nunca han apuntado a eso; tampoco hay registros de ella en hospitales ni privados ni públicos.
Si hubo algún embarazo, entonces Briana no se atendió como debía y eso jamás podría perdonárselo. Aun así, prefiero pensar que huyó con un hijo mío; uno que le impida volver a estar con otro hombre.
La sola idea de que ella esté cerca de alguien más me enferma, me vuelve loco.
—No, no estarás cerca de nadie —digo temblando cuando salgo del hospital—. No, no lo estará.
—Señor, ¿se siente bien? —me pregunta una enfermera mayor que viene entrando.
—No, estoy mal —le respondo, mirándola con odio—. ¿Por qué las mujeres son así? ¿Por qué te traicionan? Prometen que se quedarán para siempre a tu lado, pero…
—Señor, tiene mucha fiebre —dice preocupada.
Suelto una risa irónica.
—Estas fiebres me las provoca ella —le digo muy seguro—. Sin ella me falta todo, no puedo respirar.
—Está delirando, señor.
—Estoy más cuerdo que nunca. ¿Por qué no me toma en serio? —le grito—. Ustedes las mujeres creen que lo saben todo, pero en realidad son… no quiero ofenderla.