No te acerques a mamá

13. LA HERENCIA

gGeUY7G.png~Briana~

—Tres… dos… uno…

Papá y yo partimos los pasteles al mismo tiempo y sacamos las rebanadas. Nuestros invitados rompen en aplausos mientras el humo y el confeti rosa se disparan al cielo.

Dos niñas. Dios me mandó el milagro que tanto pedía, lo que tanto soñaba desde que vi el positivo.

—¡Vamos a tener dos princesas! —exclama mi padre, muy contento, mientras me abraza.

Mis lágrimas brotan de inmediato y sollozo de felicidad. En este momento descubro que no solo siento alivio, sino una inmensa dicha que me llena el corazón. Al fin podré llamarlas por los nombres que he murmurado con tanto amor cada noche sin que nadie me escuche, por temor a ser juzgada.

Sé que habría amado igual a mis bebés si hubieran sido niños, pero no hubiera sido lo mismo. Mis pequeñas Briella y Brielle llegarán pronto a mi vida y serán justo como las imagino.

Ellas no cargarán con esa herencia que las identificaría con facilidad como parte de la familia Alarcón.

Mi hermano no está del todo conforme con el género de mis bebés, pero al poco tiempo se acopla a la fiesta y se va a jugar con los otros niños.

—Mi vida, estoy muy feliz —me dice Isabel cuando se me acerca—. Ya quería que supieras que esperas dos hermosas princesas.

—Ella no debió ser obstetra; debió ser banco o guardia nacional —bromea papá—. Por más que intenté sacarle el secreto, jamás dio su brazo a torcer.

—Eres un tramposo —me río.

—Mi hermano siempre quiere saber todo antes —gruñe la tía Reina, que ya disfruta de su trozo de pastel—. Odia las sorpresas.

—No las odio, solo quería saber qué iban a ser mis nietos —refunfuña papá.

Esa tarde la atesoraré para siempre como una de las mejores de mi vida. Casi todo el pueblo se ha presentado en la pequeña casa de mi tía y, aunque todos saben que tenemos dinero, cooperaron para hacer la fiesta más bonita y apenas tuve que encargarme de nada.

En este festejo veo recompensadas con creces mis visitas al hospital, a la escuela y las ayudas a los vecinos, que siguen tratándome con un cariño que me colma el corazón y me hace entender el propósito de tanto dolor.

—Mis niñas preciosas —les digo a mis bebés mientras me acuesto para dormir—. Puede que les falte su padre, pero están colmadas de amor desde ahora. Nunca les faltará nada, se los juro.

Mis bebés patean con fuerza, provocando que suelte una risita entre dientes y me acerque al espejo para contemplar los pequeños bultos que forman en mi barriga.

Desde que cumplí las veinte semanas, mi vientre se nota aún más. Antes pensaba que no saldría hasta llegar casi al final, pero mis hijas siempre logran sorprenderme de las formas más inesperadas.

—Las amo tanto, mis amores —suspiro mientras me acaricio el vientre con dulzura—. Las espero con tanta ilusión que ya no puedo imaginar mi vida sin ustedes. Son toda mi existencia.

Después de bajarme la camisa, me acerco al alféizar de la ventana. Mi habitación es modesta y no muy espaciosa, pero sin duda me encanta la ventana y poder contemplar cómo los rayos de luna bañan el jardín que recorro cada día.

—Espero que sigas siendo muy feliz, mi amor —susurro, pensando en Luciano—. Espero que tu hijo esté tan bien como nuestras pequeñitas. Sí, Luciano, son dos hermosas niñas. No vas a conocerlas, pero te prometo hablarles de ti, aunque nunca les diga tu nombre.

Desde hace tiempo he comprendido que no le guardo rencor a Luciano y que solo deseo felicidad en su vida, así como la que he conseguido yo. Soy consciente de que siempre viviré con el dolor de amarlo, pero he elegido no sufrir, no llorar y esperar con ilusión la llegada de nuestras princesas.

Todo tiene que suceder por algo, y perder a Luciano es el precio que debo pagar para tener a mis hijas conmigo.

Ni Tania, Camila ni nadie de la familia Alarcón viene al pueblo. Yo bloqueo todas las formas posibles para que no me llegue información sobre esa familia y me centro en mi trabajo como vicepresidenta y mis labores con la comunidad.

Aunque mi corazón nunca estará completo porque no tengo al amor de mi vida a mi lado, los días y las semanas transcurren con calma y pronto descubro que pasan días enteros sin que piense en mi dolor.

—De verdad eres maravillosa, Briana —me dice la profesora Carla cuando salimos del salón de clases—. El cuento les encantó a los niños, ¿de dónde lo sacaste?

—Mi hermano, que en paz descanse, escribió algunos cuentos preciosos, así que me pareció una forma hermosa de honrar su legado —le explico con una sonrisa—. No podía dejar que esas historias quedaran en el olvido.

—Lamento mucho lo del joven Carlos —suspira—. Reina siempre habla de él, así que conozco la historia.

—Todos estábamos orgullosos de él —sonrío con tristeza mientras acaricio mi vientre—. Estoy segura de que él habría amado a mis bebés.

La profesora extiende la mano hacia mi vientre.

—¿Puedo?

—Claro que sí —asiento con una sonrisa—. Ya me siento enorme.




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