
~Briana~
Aunque sigo impactada por lo que mis hijas tienen en su cabello, eso no me quita la enorme dicha cuando me las ponen en los brazos. A pesar de haber nacido de forma prematura, no necesitaron irse a cuidados intensivos y, tras unas horas de revisiones, han decidido dármelas para que pueda alimentarlas.
—Son hermosas, mi vida —me dice Isabel—. Son las niñas más perfectas que he visto. Claro, además de ti.
—Gracias, Isa. Gracias por haberlas traído con bien al mundo —suspiro—. Siempre estaré en deuda contigo por esto.
—¿Deuda? Pero si somos una familia —sonríe.
—Felicidades, mi amor —me dice papá—. Mis princesas son perfectas. Ahora tú pasaste a ser la reina.
—Y yo la reina madre —bromea Isa, riéndose.
—Mis reinas —afirma papá—. Las amo. No podría tener una mejor familia.
—Espero que sean divertidas como un niño —gruñe Antonio, mirándolas—. Aunque seguramente me van a hacer doler la cabeza.
—Sería genial —digo con malicia—. Tendré refuerzos para pelear.
—Ahí están de nuevo —se ríe Isabel—. Ni en estos momentos dejan de discutir.
—Estoy contento porque podré discutir mucho tiempo con Bri —le dice Antonio, con lágrimas en los ojos.
—Me tendrás para siempre, mocoso llorón —le digo—. Te amo, hermanito. Y estoy segura de que tus sobrinas también lo hacen. Se movían mucho cuando te escuchaban. Por favor, necesito que seas su protector.
—Está bien —asiente Antonio—. Las voy a cuidar mucho, aunque luego me caigan gordas.
Pero ese sentimiento jamás llega. Con el paso de los meses, Antonio se muestra cada vez más involucrado con sus sobrinas, al punto de pedir vivir conmigo. Al principio nuestros padres se niegan, no porque no puedan, sino por el riesgo de que la familia Alarcón se entere de lo que está pasando, a pesar del silencio de los habitantes de Río Verde y de todos los detectives a los que papá les ha pagado para que no den conmigo o le vendan pistas falsas a Luciano. Sin embargo, pronto se dan cuenta de que es imposible, que Antonio es feliz en este lugar y con nosotras.
—Mis princesas, hoy va a cambiar nuestra vida —les digo feliz a mis niñas, que están sentadas en sus periqueras para comer—. Los abuelitos y Antonio van a vivir cerca de nosotras, tan solo a una hora y media.
Briella me dedica una sonrisa tierna, mientras que Brielle agita las piernas y los brazos para intentar quitarme la pieza de pollo que quiero darle.
—Ya voy, mi amor, está caliente todavía.
Como si entendiera lo que estoy diciendo, Brielle hace un puchero y sus hermosos ojos azules se llenan de lágrimas antes de explotar como la chica dramática que es.
—Esta niña es un terremoto —se ríe la tía, acercándose con un pedazo de aguacate para entretenerla.
—Es lo que le sigue a eso —bromeo mientras la veo devorar furiosamente el aguacate sin dejar de mirar el pollo—. A este paso, creo que tendremos que conseguir un candado para el refrigerador.
Briella sigue en lo suyo, comiendo con entusiasmo, pero de una forma más tranquila. A pesar de haber nacido con un minuto de diferencia, son muy distintas, incluso en el lunar. Mientras que Brielle tiene ese lunar blanco como si fuese una diadema, Briella solo tiene un mechón. Aun así, a nadie le quedaría la duda de quién son hijas en cuanto las vea.
—Te sigue preocupando, ¿verdad?
No respondo de inmediato a su pregunta, pero la mueca que se me forma ya es una respuesta.
—Se supone que las mujeres Alarcón no heredan esto. ¿Por qué ellas sí?
—No importa que tengan eso o no, son las mini versiones de su papá —masculla—. Si un día se las encuentra, no le quedará duda.
—Espero que ese día no llegue nunca, de verdad —suspiro.
—No quiero asustarte, pero yo estoy segura de que ese día tiene que llegar —replica mientras le da pollo desmenuzado a Briella—. Tenemos que estar preparadas, hija. Me encanta que estés aquí, que te sientas cómoda, pero él…
—Lo sé, mi puesto no basta —la interrumpo—. Por eso tengo que rodearme de gente que pueda ayudarme a protegerlas bien.
—Sí, pero no hagas cosas incorrectas —me advierte—. Algunas personas se cobran los favores demasiado caros.
—No te preocupes —sonrío—. Mi dignidad siempre va por delante. Jamás haría algo que pueda perjudicar a mis hijas o hacer que se sientan avergonzadas de mí.
—Confío en eso, hija —me responde con cariño—. Siempre tuve claro que eras una chica dulce e inteligente, pero durante todo este tiempo me has demostrado que eres una mujer excepcional.
Horas más tarde, recibo a mi familia en la casa. Antonio y mis bebitas se ponen felices en cuanto se ven. Aunque solo tienen ocho meses, ya se las arreglan para conseguir todo lo que quieren de él y hasta hacen travesuras.
—No fue tan difícil decidirnos —reconoce Isabel mientras vemos cómo papá, Antonio y mis princesas gatean por el jardín para atrapar manzanas—. Antes de que Antonio quisiera venir, ya pensábamos retirarnos a un lugar más relajado.