~Luciano~
Intento llamar desde diversos números, pero no consigo que Briana conteste; al cabo de un rato, el número ya está desactivado.
Ese es el mismo tiempo que he tardado en destruir mi despacho entero y cada número que he usado para llamarla. Mis empleados están aterrados y nadie de mi familia se atreve a venir a ver lo que me está pasando.
Todos están tratando de proteger a Leonardo, a ese niño que no me inspira más que lástima por la madre que tiene.
—Esa hija tiene que ser mía, solo mía —mascullo, caminando por todo el despacho y pateando lo que me encuentro—. Briana no me pudo engañar.
Tampoco pudo haberse casado con otro hombre. Si lo hizo, si tan solo otros labios rozaron los suyos, si otras manos tocaron su piel, no me voy a tentar el corazón para destruirla ni para quitarle a esa hija que dijo tener.
Todavía tengo clavados esos balbuceos en la mente. Esa niña no puede estar recién nacida, así que aún puede ser mía.
Si esa voz tan aguda me hizo sentir algo, tiene que serlo.
—Es mía, tenemos una hija.
Comienzo a reírme, fuera de mí. De nuevo han vuelto las fiebres que no tienen razón de ser según los médicos.
Para mí está bastante claro que se deben a mi necesidad de volver a tener a Briana entre mis brazos.
Esa mujer me hizo algo la noche que pasamos juntos; estoy más que seguro.
—Por eso te fuiste a toda prisa, porque estabas embarazada de mí —susurro, sintiendo cómo se me eriza la piel.
Recargo la frente contra la puerta y puedo imaginar a mi Briana con un enorme vientre, uno que yo debí haber hecho crecer.
Esa noche no me protegí; quería sentirla por completo, entregarme a mis deseos más insanos.
Y ahora tengo el doble de deseos que antes. ¿Cómo será ahora que me dio una hija?
—Es mía, es mía, es mía. Ella no se casó, no se casó.
—Hijo, ya no puedo más —me dice mi madre desde el otro lado de la puerta—. Abre, necesitamos hablar.
—Lárgate —le exijo—. No quiero ver a nadie.
—Hijo, por favor —suplica—. Solo te haces daño a ti mismo y se lo haces a tu familia. Por favor, recapacita.
—No tengo nada que recapacitar.
—Sí. No puedes seguir aferrado al recuerdo de Briana —suelta con histeria—. Ya lo sé todo, Luciano. Sé lo que pasó con ella; Camila me confesó lo que…
Abro la puerta de inmediato, decidido a gritarle todas las maldiciones del mundo. Y lo hago, pero lo que no espero es que dos hombres vestidos de blanco lleguen de inmediato, dispuestos a llevarme con ellos.
Son los enfermeros de la clínica de salud mental que esta mujer ha estado contactando para internarme y arrancarme todos los demonios que llevo dentro.
Para sorpresa de todos, no me resisto en absoluto y accedo a irme con una sonrisa que hace palidecer a mi madre y a mis tíos, quienes la ayudaron. Para variar, Camila ni siquiera se aparece.
—Esto es lo mejor —me dice Tania—. Seguro que…
—Sí, estoy seguro de que esto me traerá paz —le digo, volviéndome hacia ella—. Estar encerrado es mejor que verte la cara todos los días.
—Hijo…
Sin responder más, me marcho de la casa, despojándome de toda responsabilidad hacia esa familia que todos creen que tengo. Ahora solo me queda que esta noticia se publique por todos lados y Briana pueda sentirse segura.
En algún momento, ella tendrá que descuidarse y entrar en mi trampa con nuestra hija.