
~Briana~
Me toma algunos días poder recuperarme de aquel susto e Isabel toma mi lugar como vicepresidenta. Yo sigo trabajando en cuanto a contratos y creación de planes para los clientes, pero la que se comunica es ella.
—Hija, me encanta poder ayudarte en todo lo que necesitas, pero creo que no puedes seguir viviendo con la cabeza escondida —me dice después de un mes—. Te tengo una noticia, aunque no sé si es buena o mala para ti.
—¿Qué pasó ahora? —pregunto aterrada—. ¿Luciano…?
—Lo internaron en una clínica —me anuncia con seriedad.
Siento que el alma se me cae a los pies y me levanto de golpe, intentando deshacerme de esa sensación. Es imposible, desde luego, porque todavía lo amo con todo mi ser
—¿Qué le pasó? ¿Qué? —pregunto angustiada.
—No fue un accidente ni una enfermedad —me aclara—. Se trata de su salud mental. Se sospecha que emocionalmente está colapsado, que no está bien de sus facultades.
—No, eso no puede ser —jadeo, llevándome una mano a la boca—. Dime que no es cierto. Siempre se dijo que era feliz con su esposa y su hijo. No puede ser que ahora esté…
—Eso fue lo que tu padre pudo averiguar y confirmó que está internado por voluntad propia. Precisamente se internó el mismo día en que logró contactarte.
—Si lo hizo, quiere decir que es una trampa —respondo—. Seguramente quiere que me confíe, que vuelva a la ciudad o vaya a verlo.
—Exacto, es lo que Juan Carlos asegura —asiente—. Aun así, creo que deberías…
—No, Isa —la interrumpo—. Yo continuaré con mi vida aquí, sin levantar ninguna sospecha. Con respecto al trabajo, creo que quiero que te sigas haciendo cargo durante un tiempo.
—Sí, mi vida, claro que lo haré —me asegura—. Pero me duele saber que vives con miedo, que ni siquiera te das el lujo de viajar por temor a que…
—No necesito viajar por ahora —le aseguro—. Mis hijas son pequeñas.
—También hablo de salir a divertirte, mi cielo. Eres madre, sí, pero también mereces tener citas, conocer a otras personas.
—Lo haré a su debido tiempo —le prometo para tranquilizarla—. Si no he estado con nadie, no es por fidelidad a Luciano, sino porque yo no me siento lista para dar ese paso.
—De acuerdo, mi vida —asiente, acercándose para darme un beso—. Te creo y confío en que, tarde o temprano, seguirás con tu vida.
—Yo ya tengo una vida —sonrío, mirando a mis pequeñas dormir—. Y son ellas dos. Briella y Brielle son mi motivo para seguir adelante, para sonreír y para seguir esforzándome.
Esas palabras no solo son dirigidas a Isabel, sino también a mí. A partir de esa conversación, continúo con mi vida y llega la semana del primer cumpleaños de mis bebitas, uno que he esperado con ansias desde que nacieron.
Quiero celebrar su vida, el hecho de que me convertí en madre y que soy la mujer más feliz del mundo por eso. Nada ni nadie puede arruinarlo.
—Yo me quedo aquí, mamá —dice Antonio cuando llegan a buscarme para ir a comprar las cosas.
—De acuerdo, cielo —le responde ella—. Cuidas bien de las bebés, ¿sí?
—Sí.
—Yo sí las acompaño —dice papá, aunque su mirada grita que en realidad quiere quedarse con las bebés—. Me corresponde…
—No, tú tranquilo —lo interrumpo—. La tía Reina aceptó cuidarlas porque las adora, pero preferiría que también te quedes para que ella pueda seguir decorando y recibir los pasteles que encargamos.
—Entonces está perfecto, mi vida —sonríe con emoción—. Por favor, mis reinas, cuídense, ¿sí? Las estaré esperando para almorzar.
—Creo que me perderé esa parte —digo con una sonrisa maliciosa—. Quiero que esta vez te toque a ti el desastre de Brielle.
—Ay, Dios —dice, persignándose—. Bueno, eso me busqué por ofrecerme a cuidar a mis princesas. Que sea lo que Dios quiera.
Isabel y yo nos echamos a reír.
—Tranquilo, mi cielo, seguro lo harás genial —le responde ella.
Tras despedirnos de papá, Isabel y yo nos dirigimos a Metrosur. En el camino reviso la lista de pendientes, lo que incluye una parada en una boutique para niñas donde quiero comprar unos hermosos vestidos que me gustaron.
—Mientras tú vas a comprarlos, yo iré a la tienda de decoraciones. Amanda ya debe tenerlos listos.
—De acuerdo. Después de eso buscamos las invitaciones.
—Y también podemos ir a comer algo.
—Pero…
—Ay, anda —gruñe—. Hace mucho que no tenemos un día solo de chicas. Me lo debes; soy la madrina de mis princesas.
—Está bien —acepto sonriendo—. Pero esta vez yo invito.
—Mmm…
—Si no, no.
—De acuerdo, mi amor —asiente—. Ay, no puedo creer que las bebés estén por cumplir un año. El tiempo pasa volando cuando lo disfrutas.
—Sin duda —digo con nostalgia—. Todavía no me acostumbro del todo a que ya no estén dentro de mí y a verlas tan enormes.