No te acerques a mamá

17. POR ELLAS

6MGeAVG.png

~Briana~

—¡Quiero que me ayuden! —grito escandalizada cuando vuelvo en mí después de todo lo que hemos hecho.

¿Cómo fui capaz de entregarme a él después de todo? ¿Por qué fui tan estúpida? No lo comprendo; por más que lo intento, no puedo explicármelo.

—De nada te servirá gritar, Briana —se ríe él—. Vas a venir conmigo y nadie volverá a verte ni la sombra.

Pero la sonrisa no dura mucho, ya que la policía no tarda en intervenir y, con ayuda de algunas mujeres, logran sacarme del vestidor. Luciano grita las peores blasfemias que he escuchado jamás mientras alega que es mi marido, pero cuando las señoritas me preguntan, yo lo niego todo.

Siempre he odiado acusar a alguien falsamente, pero por mis hijas soy capaz de cualquier cosa.

—No, él no es mi esposo. Entró al vestidor y… no, no lo quiero ni decir —sollozo—. Él no es mi esposo; yo soy soltera.

—Te creemos —asiente la empleada de la tienda—. Lamento mucho lo que le sucedió; fue mi culpa por distraerme. Me van a despedir, pero…

—No, no, tranquila —la interrumpo—. Esto no fue culpa de nadie, sino de él.

—Pero…

—No es tu culpa —repito—. La culpa la tiene él.

La mujer me mira agradecida y termina ayudándome a salir por la puerta de emergencia cuando le digo que necesito escapar.

Sé que en algún momento la policía puede citarme, pero no pienso en eso mientras trato de encontrar a Isabel, que por suerte está donde dijimos.

—Hija, por Dios, ¿en dónde estabas? Te llamé y… ¿Qué te pasa? ¿Por qué no traes las cosas?

—Lo olvidé todo —susurro—. Vámonos de aquí, por favor.

—¿Qué pasó, mi amor? Estás pálida.

—Vámonos de aquí —le exijo, alterada—. Luciano me encontró, pero todavía estamos a tiempo de escapar.

—Pero…

—Me voy al extranjero, Isa —le suelto de golpe cuando nos subimos al auto—. Ya no me importa nada.

—No, ¿qué estás diciendo? —pregunta alterada—. Pero, mi amor…

—Luciano es un demente, alguien capaz de lo que sea —le explico entre sollozos.

—¡¿Qué fue lo que te hizo?! —grita furiosa al verme las marcas en los brazos.

—No lo que tú piensas. Yo lo dejé hacerlo, pero lo acusé con los demás para poder quitármelo de encima.

—No, Dios mío —dice angustiada—. Mi vida, tienes que denunciarlo o algo. Esto no se puede quedar así, ¿me entiendes? No se puede.

—Prefiero no volver a cruzármelo. Me llevaré a las niñas y desapareceré.

—Tienes que pensar las cosas antes —me insiste—. Tal vez puedas llegar a algún acuerdo con Luciano, que pueda verlas y hacerse cargo. Y si pasa, te prometo que no tendrás que verlo, solo…

—Si hubieras visto lo que vi en sus ojos, no me estarías diciendo esto —le digo, temblando—. Él no es el mismo. Si lo fuera, te juro que le habría dicho la verdad en ese mismo momento, pero no lo era.

—¿A qué te refieres?

—Él quiere apartarme de todos, aislarme. Me lo dijo muchas veces, mientras…

—¿De verdad? —jadea—. Dios, no puede ser.

—Y yo lo creo, lo creo de verdad —sollozo—. Si él me atrapa, ¿qué será de mi vida? Me niego a ser como una presa y mucho menos dejar que su esposa llegue a fastidiarme. Durante todos estos años he vivido sin molestar a nadie y seguiré haciéndolo.

—De acuerdo. Vamos a buscar una solución, pero quiero que te tranquilices, ¿sí? No vamos a dejar que ese hombre te haga nada.

—Me odia por lo que le hice —suspiro—. Me lo dijo, y me miraba de esa forma.

Cierro los ojos, intentando apartar los recuerdos de mí, pero lo único que consigo es evocar su mirada salvaje, sus amenazas y esa posesión que oscurecía su semblante.

Él nunca me ha amado, pero la forma en la que me escapé hirió su orgullo a tal grado que se obsesionó.

«Nadie volverá a verte. No, sí, solo una vez. Solo una vez para que sepan que eres mía».

«Les diremos a todos que has muerto y serás solo para mí».

«No pienso soltarte, maldita mujer. Te odio por todo lo que me has hecho, así que vas a pagármelas. Vas a vivir para complacerme, compensarme».

—La única forma es escapar —murmuro, después de unos minutos, tratando de dejar de pensar en sus palabras—. No me queda de otra, Isa.

—No me gusta nada que tengas que ser tú quien se esconda —gruñe—. Él es el maldito miserable que tendría que estar tras las rejas por hacer algo así. ¿Cómo fue que se pudo escapar de esa clínica? Tu padre preguntó ayer y le aseguraron que seguía en recuperación.

—Pues no sé cómo fue que escapó, pero lo que sí sé es que tengo que irme del pueblo.

—No necesariamente, mi amor —suspira—. Él ya te ha buscado allí y nadie, absolutamente nadie, abrirá la boca.

—Si me encontró en la ciudad, no tardará en darse cuenta de que estoy en Río Verde.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.