~Luciano~
Después de enfrentar a la policía y traer a mi abogado para que me sacara del problema, finalmente salgo libre. Sin embargo, me encuentro con un problema aún peor que haber estado encerrado.
No hay ningún rastro de Briana. Ese miserable de Juan Carlos se adelantó para que no quedara prueba alguna en las cámaras del centro comercial y no pudiera ver con quién se fue ni en qué auto. Por mi mente se cruza la idea de pagar más para que me suelten toda la información, pero entro en razón y concluyo que es demasiado tarde.
Esa maldita mujer ya debió haberse llevado a mi hija al extranjero.
—Por más que intentes escapar, no lo vas a conseguir —murmuro mientras conduzco de regreso a esa casa en la que no quiero estar.
Es la única opción que me queda por ahora, mientras pongo a todo mi personal a buscar. Mi futuro suegro es un as ocultando información, pero en algún momento se equivocará y podré dar con ella.
—Te voy a hundir, Juan Carlos —sonrío—. Y eso hará que la cobarde de tu hijita por fin logre asomar la cabeza.
Muchas ideas se mezclan en mi mente y me hacen conducir de manera errática. Es por eso que me detengo en una calle para poder perderme en esos recuerdos de cuando la tuve y gocé con el aroma de su piel, su mirada asustada y los temblores que le recorrían el cuerpo.
—Sigues siendo mía, cariño —murmuro con una sonrisa—. Tú no pudiste haberte dejado tocar por otro hombre.
Suspiro con fuerza, intentando apartar esos pensamientos intrusivos que me llenan de rabia. Lo único que puede consolarme es la esperanza de haberla afectado tanto como para que no pueda olvidarme, que viva con el miedo de que la encuentre y eso la haga equivocarse.
—Vas a ser mía. No, ya lo eres. Maldita sea, ¿cuándo dejarás de escapar? ¿No te quedó claro nada? Creí que eras más lista.
Una parte ínfima de mí me susurra que debería tener paciencia, que no puedo dejarme envolver por este oscuro amor que siento por ella, pero la acallo de inmediato.
No puedo retroceder; ya no sé amarla de otra forma que no sea esta. Briana me ha demostrado que no es una mujer de fiar y que, una vez que la tenga bajo mi dominio, no puedo permitir que vuelva a escapar.
—¡¿En dónde demonios estuviste?! —me grita Camila cuando llego a casa—. Dijiste que ibas a Metrosur a atender unos negocios, pero que no te irías más de dos días y…
—No tengo por qué darte explicaciones, y creo que sabes de sobra la razón —respondo cansado—. ¿Dónde está Leonardo?
—Arriba con tu madre —suspira—. Ella es la única que lo quiere, al parecer.
—Bien, que ahí se quede. Es preferible que lo cuide ella antes que tú.
—¿En dónde estuviste, Luciano? —insiste, sujetándome del cuello de la camisa.
La mirada que le dedico es suficiente para que se aparte. Ella sabe perfectamente lo que sucederá si se atreve a seguir hostigándome más.
—No vuelvas a interrogarme —le exijo sin alzar la voz—. Recuerda que, en el momento en que yo quiera, te quito a tu hijo y te vas a la calle. ¿Me has entendido?
Camila asiente con lágrimas en los ojos. Verla sufrir es lo único bueno que tiene vivir bajo el mismo techo, pero ahora que he vuelto a tener a Briana entre mis brazos, ya no es suficiente.
Nada es suficiente desde que ella se largó y me abandonó antes de darme una oportunidad.
Al subir al segundo piso, paso por la habitación de Leonardo, que está jugando con mi madre. Lo único que evita que la gente cuestione constantemente mi paternidad es que tiene cierto parecido conmigo, especialmente en los ojos. Camila eligió bastante bien con quién serme infiel.
Y yo elegí bien con quién desquitar mi despecho también. Por desgracia, fui un idiota que le dio mucho tiempo para poder planear su escape.
—¿Hijo? ¿Ya llegaste? —pregunta mi madre, alzando la vista.
Leonardo se da cuenta de mi presencia y hace una mueca. A pesar de ser pequeño, no me quiere demasiado y prefiere otra clase de compañía antes que la mía.
Al igual que yo, no parece sentir el llamado de la sangre.
—Tu hijo te extrañó —añade mi madre para romper el silencio—. Deberías cargarlo y…
—No, creo que está bastante cómodo sin mí.
—Pues creo que deberías dedicarle tiempo si no quieres que eso suceda, ¿no lo crees?
—Honestamente, no quiero nada —me encojo de hombros—. Estoy demasiado cansado para discutir.
Me acerco a Leonardo y le doy una breve caricia en la cabeza antes de marcharme a mi habitación. En el clóset guardo una pañoleta que Briana dejó aquí y que es lo único que he podido conseguir de ella, porque se lo llevó todo de su departamento.
—Pero te conseguiré a ti —afirmo, llevándome la pañoleta a la nariz.
Ese aroma dulce está desapareciendo, pero no me inquieta. Pronto daré con ella y no me harán falta sus objetos personales porque volveré a tener su cuerpo.
—Te tendré pronto y conoceré a nuestra hija —digo, lleno de convicción.