El marcador marcaba 6–6 en el último set.
El estadio olímpico estaba de pie.
Miles de personas gritaban, pero para ella el mundo se había vuelto silencioso.
El aire parecía más pesado.
Cada respiración quemaba.
Adriana apretó con fuerza el mango de su raqueta mientras observaba al hombre al otro lado de la red.
Siete años.
Siete años sin verlo…
y el destino había decidido enfrentarlos en el partido más importante de sus vidas.
La pantalla gigante mostró su rostro y luego el de él.
El público rugió.
—Esto es historia —dijo el comentarista por los altavoces—. Antiguos compañeros juveniles, antiguos rivales… y ahora frente a frente por una medalla olímpica.
Pero nadie en ese estadio conocía la verdad.
Ellos no solo habían sido rivales.
Habían sido todo.
Adriana tragó saliva.
La memoria era cruel.
Demasiado cruel.
Recordó los entrenamientos interminables cuando eran apenas adolescentes.
Las risas.
Las promesas susurradas después de cada victoria.
—Vamos a llegar juntos a los Juegos Olímpicos —le había dicho él una vez.
Y ahora estaban allí.
Solo que ya no estaban juntos.
Sus ojos se cruzaron por primera vez en todo el partido.
Los de él seguían siendo los mismos.
Intensos.
Oscuros.
Capaces de desarmarla con una sola mirada.
Pero esta vez también había algo más.
Dolor.
Rabia.
Tal vez el mismo resentimiento que ella había llevado consigo durante todos esos años.
El juez anunció:
—Tie Break
El estadio estalló en aplausos.
Adriana respiró hondo y se preparó para sacar.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Él habló.
No gritó. No hizo un gesto exagerado.
Solo movió los labios.
Pero ella entendió cada palabra.
—¿Por qué te fuiste?
El pasado regresó como un golpe brutal.
Las mentiras.
La traición.
La noche en que todo se rompió.
Adriana sintió el corazón golpear contra sus costillas.
Porque él aún no sabía la verdad.
Y si ese partido terminaba… tal vez nunca la sabría.
Apretó la raqueta.
Miró la línea de fondo.
Y entonces pensó algo que jamás creyó volver a sentir.
Este partido no era solo por una medalla.
Era por todo lo que habían perdido.
Y tal vez… por lo único que aún podrían salvar.
Adriana lanzó la pelota al aire.
El destino estaba a punto de decidir nuestro último set.