Nuestro Último Set

Capítulo 1


Siete años antes

—¡Adriana, concéntrate!

La voz del entrenador rebotó contra las paredes del pequeño estadio de entrenamiento. El eco se mezcló con el sonido seco de la pelota golpeando la raqueta.

Adriana Vega giró sobre sus talones, levantando una pequeña nube de polvo rojo de la arcilla. Sus zapatillas se deslizaron mientras alcanzaba la pelota y la devolvía con un golpe cruzado que pasó rozando la línea.

—¡Punto! —gritó el entrenador desde la banca.

Ella dejó escapar una risa entrecortada por el esfuerzo.

—¿Ves? Estoy concentrada.

Al otro lado de la red, Lucas Navarro bajó la raqueta y la miró con una sonrisa ladeada, esa sonrisa que siempre parecía desafiar al mundo entero.

—No lo estás —dijo con tranquilidad.

Adriana arqueó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

Lucas hizo girar la raqueta entre los dedos con una habilidad casi automática. Su cabello oscuro estaba húmedo por el sudor y algunas hebras caían sobre su frente.

—Porque llevas tres puntos seguidos mirándome a mí y no a la pelota.

Adriana tomó una pelota del cesto y se la lanzó directo al pecho.

—Idiota.

Lucas la atrapó sin esfuerzo.

—Gracias por confirmar mi teoría.

El entrenador negó con la cabeza, aunque una sonrisa traicionaba su intento de mantener la seriedad.

—Si terminan de coquetear, ¿podemos seguir con el entrenamiento?

Adriana caminó hacia la línea de saque mientras acomodaba su coleta. El sol de la tarde caía inclinado sobre las canchas del club y pintaba de dorado las gradas vacías.

Ese era su lugar favorito en el mundo.

La cancha.
La raqueta.
El sonido de la pelota viajando a toda velocidad.

Y Lucas.

Lucas siempre estaba ahí.

—Vamos otra vez —dijo él, preparándose para recibir el saque—. Pero intenta no fallar esta vez.

—Sueña —respondió ella.

Adriana lanzó la pelota al aire.

Su cuerpo reaccionó como si cada músculo supiera exactamente qué hacer. El movimiento fue limpio, preciso. La raqueta golpeó la pelota con un sonido seco y potente.

Lucas respondió con un revés fuerte que cruzó la cancha.

Adriana corrió.

Sus pies se deslizaron sobre la arcilla mientras estiraba el brazo. Logró devolver el golpe con un paralelo perfecto que cayó justo dentro de la línea.

—¡Punto! —gritó nuevamente el entrenador.

Lucas dejó escapar una risa mientras caminaba hacia la red.

—Eso fue suerte.

—Eso fue talento.

—Suerte.

—Talento.

Lucas apoyó los brazos sobre la red y la miró con intensidad.

—Está bien, talento. Pero recuerda que mañana jugamos dobles. No quiero que arruines nuestra reputación.

Adriana se acercó también a la red.

—Nuestra reputación está intacta. Somos la mejor dupla del circuito juvenil.

Lucas sonrió con orgullo.

—Eso es verdad.

No era una exageración.

En los últimos dos años habían ganado casi todos los torneos juveniles importantes del país.

Revistas deportivas comenzaban a mencionarlos. Algunos entrenadores hablaban de ellos como el futuro del tenis nacional.

Pero para Adriana aquello era más simple.

Lucas no era solo su compañero de dobles.

Era su mejor amigo.

Su rival favorito.

Y desde hacía un año…

su novio.

Lucas estiró la mano por encima de la red y rozó suavemente sus dedos.

Un gesto rápido, casi invisible.

Pero suficiente para que Adriana sintiera ese pequeño cosquilleo en el estómago que aparecía cada vez que él la tocaba.

—Descanso de cinco minutos —anunció el entrenador.

Adriana dejó la raqueta en la banca y tomó una botella de agua.

Lucas se sentó a su lado, respirando con calma mientras observaba la cancha.

—¿Sabes qué estaba pensando? —dijo después de un momento.

—Eso siempre es peligroso.

—Muy graciosa.

Adriana tomó un largo sorbo de agua.

—A ver. ¿Qué pensabas?

Lucas apoyó los codos sobre las rodillas.

—En el futuro.

Ella soltó una pequeña risa.

—Tenemos diecisiete años. Todo es el futuro.

Lucas negó con la cabeza.

—No hablo de cualquier futuro.

Su mirada se dirigió hacia la cancha central del club.

—Hablo de llegar lejos. De verdad lejos.

Adriana lo miró en silencio.

Había algo diferente en su tono.

No era arrogancia.

Era convicción.

—Vamos a jugar en los torneos más grandes del mundo —continuó él—. Wimbledon, Roland Garros, Australia…

Adriana levantó una ceja.

—¿Y ya decidiste eso por mí?

Lucas giró el rostro hacia ella.

—No. Lo decidimos juntos hace años.

Ella sonrió.

Era cierto.

Desde que tenían doce años hablaban de lo mismo.

De viajes.

De estadios llenos.

De trofeos.

De convertirse en profesionales.

Lucas tomó una pelota y la hizo rebotar contra el suelo.

—Y algún día —dijo con calma— vamos a llegar a los Juegos Olímpicos.

Adriana siguió su mirada hacia el cielo despejado.

—Eso suena muy lejos.

Lucas negó lentamente.

—No tanto.

Guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Y cuando lleguemos… vamos a ganar.

Adriana lo observó con curiosidad.

—¿Juntos?

Lucas no dudó.

—Siempre juntos.

El corazón de Adriana dio un pequeño salto.

Lucas extendió la mano hacia ella.

Adriana la tomó.

Un gesto simple.

Pero lleno de promesas.

El entrenador regresó con su silbato.

—Descanso terminado. A la cancha.

Ambos se levantaron.

Lucas caminó unos pasos antes de girarse.

—Oye.

Adriana lo miró.

—¿Qué?

Lucas sonrió.

—Cuando ganemos nuestra primera medalla olímpica… vas a tener que admitir que yo tenía razón.

—Eso nunca va a pasar.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

Lucas soltó una carcajada.




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