Nuestro Último Set

Capítulo 8

Siete años antes

El club de tenis estaba casi vacío a esa hora de la noche.

Las luces altas iluminaban las canchas de arcilla con un tono dorado, levantando pequeñas sombras en la red y en las líneas blancas recién marcadas. El aire olía a polvo de cancha y a la humedad del riego automático que acababan de apagar.

Adriana caminaba por el pasillo que conectaba los vestidores con la cafetería.

En su hombro colgaba el bolso de entrenamiento.

Estaba cansada, pero satisfecha.

Ese día había tenido un entrenamiento intenso con Martín Salgado, uno de los jugadores más prometedores del club, y su saque estaba funcionando mejor que nunca.

Solo quería encontrar a Lucas antes de irse.

Había algo que quería contarle.

Algo importante.

Pero al acercarse a la cafetería escuchó su voz.

Se detuvo.

No tenía intención de escuchar, pero la puerta estaba entreabierta.

Y entonces escuchó su nombre.

—Adriana es buena… pero también depende mucho de jugar contigo.

La voz era de Valeria Fuentes.

Adriana sintió un pequeño pinchazo en el estómago.

Valeria era una de las mejores jugadoras del club.

Y también alguien que siempre había tenido una forma particular de mirar a Lucas.

—No depende —respondió Lucas desde el interior—. Somos un equipo.

Adriana sintió una pequeña calma.

Pero entonces escuchó algo más.

—Tal vez —dijo Valeria con tranquilidad—, pero también sería interesante ver qué pasa si juegas con alguien más.

Hubo un pequeño silencio.

Adriana esperó la respuesta de Lucas.

—No lo sé… —murmuró él.

Ese pequeño titubeo fue suficiente.

Luego llegó la frase que terminaría clavándose en su pecho.

—Tal vez es momento de demostrar que también puedes ganar sin ella -comenta Valeria- Creo que deberías intentarlo -añade.

Adriana cerró los ojos.

No quiso escuchar más.

Se obligó a caminar hacia afuera.

El aire fresco de la noche le golpeó el rostro cuando salió a las canchas.

El club seguía activo.

En una de las pistas laterales, Tomás Vergara y Bruno Ibarra seguían entrenando dobles mientras su entrenador gritaba indicaciones desde la banca.

—¡Más rápido en la red, Vergara!

El sonido de las pelotas golpeando las cuerdas de las raquetas resonaba como pequeños disparos en la noche.

Adriana caminó hasta la cancha central.

Dejó su bolso en la banca.

Tomó una pelota.

La rebotó contra el suelo.

Intentó respirar con normalidad.

Pero su pecho estaba tenso.

¿Lucas realmente estaba considerando jugar con otra persona?

Sacó.

La pelota cruzó la cancha con fuerza.

Tomó otra.

Sacó de nuevo.

Más fuerte.

Como si el golpe pudiera expulsar la sensación incómoda que llevaba dentro.

—Eso parece un saque de alguien que quiere romper la pelota -dice alguien a su espalda.

Adriana se giró.

Lucas estaba apoyado contra la reja de la cancha.

Sus ojos la observaban con curiosidad.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Adriana.

Lucas entró a la cancha empujando la pequeña puerta metálica.

—Lo suficiente para saber que algo no está bien -contesta él.

Adriana se giró hacia la línea de fondo.

—Estoy entrenando -contesta sería.

Lucas caminó hacia ella.

—¿A esta hora? -consulta acercándose.

—Sí -responde ella.

Lucas la observó.

Conocía cada gesto de Adriana.

La forma en que movía la raqueta.

La forma en que apretaba los labios cuando algo la molestaba.

—¿Escuchaste algo? -consulta Lucas.

Adriana sintió que su estómago se tensaba.

Podía mentir.

Pero sería inútil.

—No estaba espiando -responde.

Lucas suspiró.

—¿Qué escuchaste?

Adriana levantó la mirada.

—Que tal vez es momento de que demuestres que puedes ganar sin mí.

Lucas parpadeó.

—Adriana…

—¿Eso piensas?

Lucas negó de inmediato.

—No.

—Entonces ¿por qué no lo negaste?

Lucas se quedó en silencio.

Porque la verdad era incómoda.

Porque parte de él… sí había pensado en esa posibilidad.

Adriana notó la duda en su rostro.

Y eso dolió más que cualquier palabra.

—Lo estás considerando.

—Solo era una conversación.

Adriana soltó una risa corta.

—Claro.

Lucas caminó un poco por la cancha.

—El entrenador habló del torneo nacional hoy.

Adriana frunció el ceño.

—¿Y?

—Quiere probar algunas combinaciones nuevas.

Adriana lo miró fijamente.

—Nosotros siempre jugamos juntos.

Lucas asintió.

—Lo sé.

Pero en su mente resonaban otras palabras.

Las de Sergio Montalva, el entrenador principal.

“Lucas, necesitas demostrar que puedes ganar por tu cuenta también.”

Lucas levantó la mirada.

—Tal vez no es tan malo probar algo diferente.

Las palabras cayeron como una piedra.

Adriana sintió un nudo en la garganta.

—¿Diferente?

Lucas intentó sonar calmado.

—Solo es un torneo.

Adriana negó lentamente.

—Nunca ha sido solo un torneo.

Lucas frunció el ceño.

—Esto es tenis.

Adriana lo miró directo a los ojos.

—Para mí no.

El silencio entre ellos se volvió pesado.

En la cancha de al lado, Tomás gritó después de ganar un punto.

—¡Vamos!

El sonido parecía lejano.

Adriana habló más bajo.

—Siempre dijiste que íbamos a ganar todo juntos.

Lucas recordó las tardes de entrenamiento.

Los viajes a torneos juveniles.

Los hoteles baratos.

Las risas.

Las promesas.

—Y todavía quiero eso.

Adriana dio un paso hacia él.

—Entonces demuéstralo.

Lucas dudó.

Y esa duda fue suficiente.




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