Siete años antes
El sol comenzaba a bajar lentamente sobre las canchas del club.
La arcilla roja estaba marcada por decenas de huellas y líneas arrastradas por los jugadores durante toda la jornada.
El Torneo Nacional Juvenil llegaba a su final.
En la cancha central, el público seguía atento el último punto de la semifinal femenina.
—¡Juego, set y partido para Adriana Vega! —anunció el juez de silla.
El marcador final quedó inmóvil sobre la pantalla:
6–2 / 6–3
Un aplauso fuerte llenó la cancha.
Adriana levantó la mirada hacia las gradas.
Respiraba agitada.
Su pecho subía y bajaba con rapidez.
Había ganado.
Pero no sentía la alegría que normalmente acompañaba una victoria.
Se acercó a la red para saludar a Daniela.
—Buen partido —dijo su rival.
—Igualmente.
Se dieron la mano.
El público seguía aplaudiendo mientras Adriana recogía su bolso y caminaba hacia la salida de la cancha.
Desde la grada, Lucas la observaba.
Había sido un partido impecable.
Adriana había jugado con una intensidad que él rara vez había visto.
Pero algo no estaba bien.
No había sonreído ni una sola vez.
Lucas se levantó.
Tenía que hablar con ella.
Cuando llegó al pasillo de acceso, Adriana ya estaba allí.
Se secaba el sudor con una toalla.
Lucas se acercó.
—Jugaste increíble.
Adriana levantó la mirada.
—Gracias.
Su tono era neutro.
Distante.
Lucas sintió que la tensión volvía a instalarse entre ellos.
—¿Podemos hablar? -pregunta.
Adriana guardó la toalla en su bolso.
—¿Ahora?
—Sí.
Adriana dudó unos segundos.
Luego asintió.
Caminaron hacia una de las canchas exteriores.
El lugar estaba casi vacío.
Solo se escuchaban algunos golpes lejanos de otras pistas.
El aire estaba más fresco ahora que el sol comenzaba a caer.
Lucas se detuvo frente a ella.
—Valeria me dijo algo hoy.
Adriana lo miró.
—¿Qué cosa?
Lucas cruzó los brazos.
—Que hablaste con Martín.
Adriana frunció el ceño.
—Sí.
—¿Sobre nosotros?
Ella lo observó con sorpresa.
—¿Qué?
Lucas dio un paso más cerca.
—Que dijiste que tal vez era momento de que cada uno siguiera su camino.
El silencio cayó entre ellos.
Adriana lo miró con incredulidad.
—Yo no dije eso.
Lucas apretó la mandíbula.
—Valeria lo escuchó.
Adriana negó con la cabeza.
—Lucas, eso no tiene sentido.
—Entonces explícame.
Adriana respiró profundamente.
—Estaba hablando con Martín sobre el circuito internacional.
Lucas frunció el ceño.
—¿El circuito?
—Sí.
—¿Y nosotros?
Adriana lo miró.
—¿Qué tiene que ver eso?
Lucas se pasó una mano por el cabello.
—Tiene que ver con todo.
Adriana sentía que la conversación comenzaba a tomar un rumbo extraño.
—Lucas…
—Tal vez tienes razón —dijo él.
Adriana lo miró confundida.
—¿Sobre qué?
Lucas levantó la mirada hacia ella.
Sus ojos estaban cargados de algo que Adriana no esperaba.
Desconfianza.
—Tal vez cada uno debería seguir su camino.
Adriana sintió que algo se quebraba dentro de ella.
—¿Estás hablando en serio?
Lucas se encogió ligeramente de hombros.
—Si eso es lo que quieres.
Adriana lo miró fijamente.
—Yo nunca dije eso.
—Pero lo pensaste.
—¡No!
Su voz resonó en la cancha vacía.
Lucas guardó silencio.
Adriana respiró con fuerza.
—¿De verdad vas a creer lo que dice Valeria antes que lo que te digo yo?
Lucas no respondió de inmediato.
Ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
Adriana lo observó.
Y en ese momento comprendió algo que no esperaba entender.
Lucas dudaba de ella.
Después de todo lo que habían construido juntos.
Después de años de entrenar, competir, soñar.
—¿Sabes qué? —dijo finalmente Adriana.
Lucas levantó la mirada.
—Tal vez sí es momento de que cada uno siga su camino.
Lucas frunció el ceño.
—Adriana…
Pero ella ya estaba tomando su bolso.
—No quiero estar con alguien que confía más en lo que dicen otros que en mí.
Lucas dio un paso hacia ella.
—No es eso.
—Sí lo es.
Sus ojos brillaban ahora.
No de lágrimas.
De decepción.
—Yo siempre confié en ti.
Lucas sintió un peso en el pecho.
—Adriana…
—Pero hoy elegiste creer otra historia.
Lucas bajó la mirada.
No sabía qué decir.
Porque en el fondo sabía que ella tenía razón.
Adriana respiró profundo.
Luego dijo algo que Lucas jamás olvidaría.
—Acabo de recibir una invitación para entrenar en España.
Lucas levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Un centro de alto rendimiento en Barcelona.
El silencio volvió a caer.
—¿Desde cuándo? —preguntó Lucas.
—Hace unas semanas.
Lucas parecía sorprendido.
—¿Y no me lo dijiste?
Adriana lo miró.
—Iba a hacerlo.
Su voz se quebró apenas.
—Pero quería hacerlo después del torneo.
Lucas sintió un nudo en la garganta.
—¿Te vas?
Adriana asintió.
—Sí.
El viento movió suavemente las banderas del club.
El sonido de la tela agitándose parecía llenar el silencio entre ellos.
Lucas dio un paso hacia ella.
—Podemos hablar de esto.
Adriana negó con la cabeza.
—Ya hablamos suficiente.
—Adriana…
Ella lo miró por última vez.
Y en su mirada había algo nuevo.
Distancia.
—Te deseo lo mejor, Lucas.
Luego se giró.
Y comenzó a caminar hacia la salida del club.
Lucas se quedó inmóvil.
Mirando cómo se alejaba.
Cada paso parecía alejarla más de todo lo que habían sido.