Presente — Juegos Olímpicos
El murmullo del estadio era ensordecedor.
Miles de voces se mezclaban en un solo sonido, vibrante, eléctrico, lleno de expectativa.
Las banderas ondeaban en las gradas, los colores de distintos países cubrían cada rincón del complejo deportivo, y el sol caía con fuerza sobre las canchas duras del recinto olímpico.
El mundo estaba mirando.
Adriana ajustó la cinta de su muñeca con precisión.
Respiró profundo.
El aire era distinto.
Más denso.
Más exigente.
Había jugado en muchos torneos desde que dejó su país.
Había pisado canchas importantes en Europa.
Había ganado partidos difíciles.
Había aprendido a competir sola.
Pero esto…
Esto era diferente.
Los Juegos Olímpicos no eran solo un torneo.
Eran el lugar donde todo se medía.
Donde cada historia llegaba a su punto más alto.
—Adriana, en cinco minutos salimos —dijo una voz a su lado.
Ella giró la cabeza.
Mateo Rinaldi, su compañero de dobles mixtos, estaba estirando los hombros con movimientos lentos.
Era alto, atlético, con una presencia imponente en la cancha.
Y con una intensidad que, a veces, resultaba difícil de manejar.
—Estoy lista —respondió Adriana.
Mateo la observó.
Sus ojos se detuvieron en su rostro unos segundos más de lo normal.
—Siempre dices eso.
Adriana tomó su raqueta.
—Porque siempre lo estoy.
Mateo sonrió apenas.
Pero no era una sonrisa ligera.
Había algo más en ella.
Algo posesivo.
—Hoy necesitamos ganar —dijo él—. No podemos fallar en la primera ronda.
Adriana asintió.
—Lo sé.
Mateo se acercó un poco más.
—Confío en ti.
Adriana sostuvo su mirada.
—Y yo en ti.
Pero en el fondo…
no estaba completamente segura.
Mateo era un excelente jugador.
Pero también era impulsivo.
Intenso.
Y en los últimos meses…
había cruzado algunas líneas que Adriana prefería no enfrentar directamente.
—Vamos —dijo él finalmente.
Caminaron por el túnel que conectaba los vestidores con la cancha principal.
El sonido del estadio crecía con cada paso.
Más fuerte.
Más cercano.
El juez de silla anunció desde afuera:
—En cancha central, partido de dobles mixtos. Representando a Italia, Adriana Vega y Mateo Rinaldi…
El apellido golpeó como un eco en su pecho.
Vega.
Siete años.
Siete años desde la última vez que lo había escuchado junto al de Lucas en un torneo importante.
Adriana tragó saliva.
Siguió caminando.
—…contra los representantes de Chile, Lucas Herrera y Valeria Fuentes.
El mundo se detuvo.
Literalmente.
Adriana dejó de caminar.
Mateo dio dos pasos más antes de notar que ella ya no estaba a su lado.
Se giró.
—¿Qué pasa?
Adriana no respondió.
Su mente se había quedado en una sola frase.
Lucas Herrera.
El aire parecía haber desaparecido.
Mateo frunció el ceño.
—Adriana.
Ella levantó la mirada lentamente.
Sus ojos estaban distintos.
—Nada —dijo.
Pero no era cierto.
Nada estaba bien.
Salieron a la cancha.
El estadio explotó en aplausos.
El calor del público los envolvió de inmediato.
Adriana caminó hacia la red con pasos firmes.
Profesionales.
Controlados.
Pero por dentro…
todo era un caos.
Y entonces lo vio.
Al otro lado de la red.
Lucas.
Más alto.
Más fuerte.
Más marcado por los años.
Pero con la misma mirada.
Esa que alguna vez había sido su hogar.
Lucas también la vio.
Y por un segundo…
el ruido del estadio desapareció.
No había público.
No había partido.
No había Juegos Olímpicos.
Solo ellos dos.
Frente a frente.
Después de siete años.
Valeria estaba a su lado.
Sonriendo.
Segura.
Como si nada hubiera cambiado.
Mateo se acercó a Adriana.
—¿Los conoces?
Adriana no apartaba la mirada de Lucas.
—Sí.
Mateo miró al otro lado de la red.
—¿Qué tan bien?
Adriana finalmente desvió la mirada.
—Lo suficiente.
En la red, los cuatro jugadores se acercaron para el saludo inicial.
El protocolo.
La formalidad.
Pero nada en ese momento era normal.
Lucas fue el primero en hablar.
Su voz era baja.
Casi controlada.
—Adriana.
El nombre salió diferente.
Cargado.
Con historia.
Adriana sostuvo su mirada.
—Lucas.
Valeria inclinó ligeramente la cabeza.
—Qué sorpresa.
Mateo observó la escena con atención.
—¿Se conocen de antes?
Valeria sonrió.
—Digamos que… compartimos historia.
Lucas no apartaba los ojos de Adriana.
—No sabía que jugabas por Italia.
Adriana respondió sin titubear.
—Muchas cosas cambiaron.
El silencio entre ellos era incómodo.
Pesado.
Mateo dio un paso al frente.
—Mateo Rinaldi.
Lucas le estrechó la mano.
—Lucas Herrera.
El apretón fue firme.
Tenso.
Dos mundos chocando.
Valeria observó todo con calma.
Disfrutando cada segundo.
—Esto será interesante —murmuró.
El juez de silla anunció:
—Jugadores a sus posiciones.
Cada uno volvió a su lado de la cancha.
Adriana caminó hacia la línea de fondo.
El corazón le latía con fuerza.
Lucas estaba al otro lado.
Después de siete años.
Después de todo.
Y ahora…
no eran compañeros.
No eran aliados.
Eran rivales.
Mateo se inclinó hacia ella.
—¿Estás bien?
Adriana apretó la raqueta.
Miró al frente.
Directo a Lucas.
—Ahora sí.
El viento cruzó la cancha.