Nuestro Último Set

Capítulo 15

Presente — Juegos Olímpicos

El ruido del estadio no disminuyó tras el final del primer set.

Al contrario.

Creció.

El público se levantaba de sus asientos, comentaba, debatía, señalaba la cancha como si cada uno tuviera su propia versión de lo que estaba ocurriendo ahí abajo.

Pero para Adriana…

todo se había reducido a un punto fijo.

Al otro lado de la red.

Lucas.

Se secó el sudor de la frente con la muñeca.

Respiró profundo.

El aire entró con dificultad.

No por el esfuerzo físico.

Sino por el peso emocional que comenzaba a acumularse en su pecho.

—Buen set —dijo Mateo, acercándose.

Su voz era firme, pero había tensión en ella.

Adriana asintió.

—Sí.

Mateo la observó.

Demasiado.

—Pero puedes dar más.

Adriana lo miró de reojo.

—Siempre puedo.

Mateo se inclinó un poco más cerca.

—Entonces hazlo ahora.

El tono no era de apoyo.

Era de exigencia.

De control.

Adriana frunció levemente el ceño.

Pero no respondió.

Del otro lado, Lucas tomaba agua sin apartar la mirada de la cancha.

Valeria estaba a su lado, tranquila.

Como si el resultado no le preocupara.

—Estás jugando contenido —dijo ella.

Lucas giró la cabeza.

—¿Contenido?

Valeria asintió.

—Sí. Como si no quisieras lastimarla.

Lucas apretó la botella.

—Es un partido.

—Claro.

Valeria sonrió apenas.

—Pero no cualquier partido.

Lucas no respondió.

Porque sabía que tenía razón.

Y eso lo molestaba.

—Si quieres ganar —continuó ella—, deja de verla como lo que fue.

Lucas levantó la mirada hacia la cancha.

Adriana estaba al otro lado.

Preparándose.

—Ya no es eso —murmuró.

Valeria ladeó la cabeza.

—Entonces demuéstralo.

El juez de silla anunció:

—Segundo set. Servicio de Chile.

Lucas caminó hacia la línea de fondo.

Rebotó la pelota.

Una.

Dos.

Tres.

Intentó vaciar su mente.

Intentó jugar.

Solo jugar.

Sacó.

La pelota salió potente.

Mateo respondió con un golpe fuerte al centro.

Valeria interceptó.

Intercambio rápido.

Adriana devolvió con precisión.

Lucas corrió hacia la red.

Remató.

Punto.

—Quince cero.

El público chileno explotó.

Lucas levantó el puño.

Por primera vez en el partido, celebró con fuerza.

Adriana lo notó.

Está cambiando.

El siguiente punto fue aún más agresivo.

Chile comenzó a presionar.

Valeria se movía con seguridad en la red.

Lucas dominaba desde el fondo.

—¡Vamos! —gritó él después de otro punto.

Mateo apretó la mandíbula.

—Ahora sí están jugando.

Adriana asintió.

Pero sentía algo más.

Lucas ya no estaba conteniéndose.

Estaba atacando.

El juego avanzó.

—Uno a cero para Chile.

Cambio de lado.

Mateo tomó la botella de agua.

—Escúchame bien.

Adriana lo miró.

—No podemos perder este set.

—Lo sé.

—Entonces deja de mirarlo.

Adriana frunció el ceño.

—No lo estoy mirando.

Mateo la sostuvo con la mirada.

—Sí lo haces.

El silencio se tensó entre ellos.

—Estoy jugando —dijo Adriana.

—No como deberías.

El tono fue cortante.

Adriana sintió una molestia subir por su pecho.

—¿Quieres que juegue sola?

Mateo dio un paso más cerca.

—Quiero que juegues para ganar.

Adriana sostuvo su mirada.

—Siempre juego para ganar.

Mateo no respondió.

Pero en sus ojos había algo más.

Algo que no era solo competitividad.

Algo que comenzaba a incomodarla.

El juego continuó.

Adriana sacó.

Pero esta vez…

falló el primer saque.

Luego el segundo.

Doble falta.

—Quince cero.

El público reaccionó con un murmullo.

Mateo cerró los ojos un segundo.

—Concéntrate.

Adriana apretó la raqueta.

Concéntrate.

Se repitió.

Pero no era fácil.

Porque cada vez que golpeaba la pelota hacia el otro lado…

Lucas estaba ahí.

Y cada vez que Lucas devolvía…

parecía hacerlo con algo más que técnica.

Con emoción.

Con historia.

El siguiente punto fue largo.

Exigente.

Adriana se movía de lado a lado.

Mateo subió a la red.

Valeria respondió con un globo perfecto.

Adriana corrió hacia atrás.

Golpeó en el límite.

La pelota volvió.

Lucas remató.

Punto.

—Treinta cero.

Mateo golpeó suavemente la red con la raqueta.

Molesto.

—No llegaste.

Adriana lo miró.

—Hice lo que pude.

—No es suficiente.

Esa frase…

fue demasiado.

Adriana lo sostuvo con la mirada.

—Entonces hazlo tú.

El silencio entre ellos fue tenso.

Mateo no respondió.

Pero su expresión cambió.

Más dura.

Más cerrada.

Del otro lado, Valeria observaba todo.

—Se están rompiendo —murmuró.

Lucas no respondió.

Pero también lo veía.

La tensión.

La desconexión.

Y algo en su pecho se movió.

Una mezcla incómoda de emociones.

El marcador avanzó.

Chile tomó ventaja.

3–1.

El partido se volvía más físico.

Más intenso.

Más emocional.

En un cambio de lado, Mateo tomó el rostro de Adriana con una mano.

—Mírame.

Adriana se quedó inmóvil.

Sorprendida.

—No pierdas esto —dijo él, más bajo—. No por él.

Adriana se apartó.

—No vuelvas a hacer eso.

Mateo la miró.

—¿Hacer qué?

—Cruzar límites.

El silencio cayó entre ellos.

Mateo sonrió ligeramente.

Pero no era una sonrisa amable.

—Solo intento ganar.

Adriana sintió un escalofrío.

Porque en ese momento entendió algo.




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