Presente — Juegos Olímpicos
El estadio estaba completamente de pie.
El marcador brillaba en la pantalla gigante:
Chile 5 – Italia 4
Segundo set
El murmullo del público era constante, vibrante, como una corriente eléctrica que atravesaba cada rincón de la cancha.
El calor ya no importaba.
El cansancio tampoco.
Todo se había reducido a ese momento.
Adriana se posicionó en la línea de fondo.
Le tocaba sacar.
El partido estaba al límite.
Si perdían ese juego… el set sería para Chile.
Y todo se definiría en un tercer set.
Respiró profundo.
El aire entró con dificultad.
Pero esta vez no había recuerdos.
No había dudas.
Solo había una decisión.
Voy a ganar.
Mateo se acercó a la red.
—Ahora —dijo en voz baja—. Este es el momento.
Adriana asintió.
Pero no lo miró.
Su mirada estaba fija en el otro lado.
En Lucas.
Lucas se agachó ligeramente, preparado para recibir.
Sus ojos estaban clavados en ella.
Sin distracciones.
Sin pasado.
Solo tenis.
Valeria giraba su raqueta con calma.
Pero su mirada era afilada.
Calculadora.
—Vamos —murmuró.
El juez de silla anunció:
—Juego.
Adriana rebotó la pelota.
Una.
Dos.
Tres.
Lanzó.
Sacó.
El golpe salió potente.
Lucas devolvió con profundidad.
Mateo interceptó en la red.
Valeria reaccionó rápido.
La pelota volvió.
Intercambio.
Rápido.
Intenso.
Adriana golpeó cruzado.
Lucas corrió.
Devolvió paralelo.
Mateo se lanzó.
No llegó.
Punto para Chile.
—Quince cero.
El público chileno estalló.
Mateo chasqueó la lengua.
—Vamos.
Adriana no dijo nada.
Se preparó para el siguiente saque.
Esta vez fue más preciso.
Más abierto.
Ace.
—Quince iguales.
Un aplauso general recorrió el estadio.
Adriana respiró.
Se sentía firme.
Presente.
El siguiente punto fue largo.
Exigente.
Las cuatro figuras se movían como piezas perfectamente coordinadas.
Golpes rápidos.
Cambios de dirección.
Velocidad.
Hasta que Valeria falló un golpe en la red.
—Treinta quince.
Mateo levantó el puño.
—¡Eso!
Se acercó a Adriana.
—Así se hace.
Adriana asintió levemente.
Pero mantenía la distancia.
El siguiente punto…
fue el más intenso hasta ahora.
Un intercambio que pareció no terminar nunca.
Lucas y Adriana se enfrentaban desde el fondo.
Golpe tras golpe.
Como si cada uno estuviera intentando imponerse al otro.
No solo en el juego.
Sino en todo lo que habían sido.
Finalmente…
Adriana arriesgó.
Golpeó profundo.
Lucas respondió.
Pero la pelota quedó alta.
Mateo saltó.
Remató.
Punto.
—Cuarenta quince.
Dos puntos de game.
El estadio vibraba.
Mateo miró a Adriana.
—Uno más.
Adriana respiró.
Asintió.
Se preparó.
Sacó.
La pelota cruzó la red con potencia.
Lucas devolvió.
Valeria interceptó.
La pelota volvió.
Mateo subió.
Remató.
Y esta vez…
no falló.
—Juego para Italia.
El público aplaudió.
5–5.
El set seguía vivo.
Cambio de lado.
Adriana caminó hacia la banca.
Tomó agua.
Su respiración era agitada.
Pero su mente estaba clara.
Mateo se sentó a su lado.
—Ahora están sintiendo la presión.
Adriana miró al frente.
Lucas estaba al otro lado.
Secándose el sudor.
—Todos la estamos sintiendo.
Mateo sonrió.
—Yo no.
Adriana lo miró.
No dijo nada.
Pero ya no le creía.
El juego continuó.
Lucas sacó.
Con potencia.
Con decisión.
Chile ganó el game.
6–5.
Ahora…
todo volvía a depender de Adriana.
Tenía que mantener el saque.
O perderían el set.
El estadio estaba en silencio.
Expectante.
Adriana caminó hacia la línea de fondo.
El peso del momento era enorme.
Pero no la quebraba.
La fortalecía.
Rebotó la pelota.
Una.
Dos.
Tres.
Sacó.
El punto comenzó.
Intercambio rápido.
Mateo subió.
Valeria respondió.
Lucas remató.
Punto para Chile.
—Quince cero.
Mateo apretó la mandíbula.
—Concéntrate.
Adriana no respondió.
Siguiente punto.
Sacó.
Fuerte.
Preciso.
Ace.
—Quince iguales.
El público reaccionó.
Adriana respiró.
Seguía en control.
El siguiente punto fue clave.
Peloteo intenso.
Lucas presionó.
Adriana resistió.
Mateo falló en la red.
—Treinta quince.
El estadio comenzó a inclinarse.
Valeria sonrió.
—Vamos.
Adriana cerró los ojos un segundo.
Los abrió.
Miró al frente.
A Lucas.
Y en ese instante…
todo volvió.
El pasado.
El dolor.
La despedida.
Pero también algo más.
La fuerza que la había traído hasta ahí.
Sacó.
El punto fue brutal.
Rápido.
Violento.
Cada golpe una declaración.
Hasta que Adriana encontró el espacio.
Golpe cruzado.
Impecable.
Punto.
—Treinta iguales.
El estadio explotó.
Mateo levantó el puño.
—¡Eso!
Adriana respiró agitada.
Dos puntos.
Solo dos.
Sacó.
La pelota cruzó la red.
Lucas devolvió.
Valeria subió.
Mateo respondió.
Intercambio.
Rápido.
Lucas golpeó fuerte.
Adriana llegó.
La devolvió.
Pero quedó alta.
Valeria saltó.