El ruido del estadio tardó en disiparse.
Los aplausos, los gritos, el eco de los comentaristas… todo quedó suspendido en el aire mientras los jugadores abandonaban la cancha. La victoria de Italia había sido intensa, inesperada para algunos, inevitable para otros.
Pero lo que realmente vibraba en el ambiente no era el resultado.
Era la historia que acababa de reabrirse.
El túnel que conectaba la cancha con los vestidores estaba lleno de movimiento. Periodistas esperando declaraciones, voluntarios guiando a los jugadores, flashes de cámaras capturando cada expresión.
Adriana caminaba en silencio.
Su respiración aún estaba agitada.
El sudor recorría su espalda bajo la camiseta.
Pero no era el cansancio lo que la tenía así.
Era todo lo que acababa de pasar.
Mateo caminaba a su lado, demasiado cerca.
Su mano aún descansaba en la parte baja de su espalda, como si no quisiera soltarla.
—Jugaste increíble —dijo él, inclinándose hacia su oído.
Su voz era baja.
Íntima.
Demasiado.
Adriana se apartó apenas, lo suficiente para marcar distancia.
—Ganamos como equipo.
Mateo sonrió.
Pero no era una sonrisa ligera.
—Sí… como equipo.
Su mirada se sostuvo en ella un segundo más de lo necesario.
Adriana desvió la vista.
No quería entrar en eso ahora.
No después de todo lo que había pasado en la cancha.
Al girar por el pasillo, un grupo de periodistas intentó acercarse.
—¡Adriana! ¡Una declaración!
—¡Mateo, cómo se sintieron en el partido!
Un asistente de la delegación italiana intervino rápidamente.
—Más tarde, por favor.
Los guió hacia la zona privada.
El ruido quedó atrás.
El silencio regresó.
Pero era un silencio distinto.
Pesado.
Cargado.
Al llegar a la zona de descanso, Adriana dejó su bolso sobre una banca de madera.
Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas.
Cerró los ojos.
Intentó ordenar su respiración.
Intentó ordenar sus pensamientos.
Pero entonces…
—Adriana.
Esa voz.
Se quedó inmóvil.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Se giró lentamente.
Lucas estaba ahí.
A unos metros.
Con la camiseta aún húmeda, el cabello desordenado, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo.
Pero sus ojos…
sus ojos estaban completamente enfocados en ella.
El mundo volvió a reducirse.
Mateo se enderezó de inmediato.
Su postura cambió.
Más rígida.
Más alerta.
—¿Necesitas algo? —preguntó, dando un paso al frente.
Lucas lo miró apenas.
—Quiero hablar con ella.
El tono fue firme.
Directo.
Mateo entrecerró los ojos.
—No es un buen momento.
Adriana intervino antes de que la tensión escalara.
—Está bien.
Mateo la miró.
—Adriana…
Ella sostuvo su mirada.
—Está bien.
Hubo un silencio.
Mateo apretó la mandíbula.
Pero finalmente dio un paso atrás.
—Cinco minutos.
El tono no era una sugerencia.
Era una advertencia.
Adriana no respondió.
Mateo se alejó unos metros, pero no lo suficiente como para dejar de observar.
Lucas dio un paso más cerca.
El aire entre ellos se sentía distinto.
Más denso.
Más íntimo.
—Siete años —dijo él en voz baja.
Adriana sostuvo su mirada.
—Siete años.
Un silencio.
Cargado.
Incompleto.
Lucas pasó una mano por su cabello.
—No pensé que te volvería a ver así.
Adriana inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Así cómo?
Lucas la observó.
—Jugando contra mí.
Adriana dejó escapar una leve exhalación.
—Yo tampoco.
Lucas dio otro paso.
Más cerca.
—¿Por qué no me dijiste que te ibas?
La pregunta llegó sin filtro.
Directa.
Dolorosa.
Adriana sintió el impacto.
Pero no retrocedió.
—Iba a hacerlo.
Lucas negó suavemente.
—No lo hiciste.
Adriana apretó los labios.
—Tú tampoco me diste espacio.
El silencio se tensó.
Lucas frunció el ceño.
—¿Espacio para qué?
Adriana lo miró fijo.
—Para confiar en mí.
Las palabras quedaron flotando entre ellos.
Lucas bajó la mirada un segundo.
—Yo confiaba en ti.
Adriana soltó una pequeña risa sin humor.
—No ese día.
Lucas levantó la mirada.
—Valeria me dijo que tú…
—Valeria te dijo muchas cosas.
Lo interrumpió.
Su voz fue firme.
Más fuerte.
Lucas se quedó en silencio.
Adriana continuó.
—¿Y nunca te preguntaste si eran verdad?
Lucas dudó.
Ese pequeño gesto…
esa mínima vacilación…
fue suficiente.
Adriana asintió lentamente.
—Exacto.
Lucas sintió un peso en el pecho.
—No fue tan simple.
Adriana negó.
—Para mí sí lo fue.
Sus ojos brillaban.
Pero no había lágrimas.
Solo verdad.
—Yo confiaba en ti —continuó—. Incluso cuando todo estaba en contra.
Lucas dio un paso más.
—Yo también.
—No.
La palabra fue suave.
Pero contundente.
—Tú elegiste creer otra historia.
El silencio cayó.
Pesado.
Innegable.
A unos metros, Mateo observaba la escena.
Su postura era rígida.
Sus manos tensas.
Había algo en la forma en que Lucas y Adriana se miraban…
que no le gustaba.
Nada.
Lucas volvió a hablar.
Su voz más baja ahora.
—Te busqué.
Adriana parpadeó.
—¿Qué?
—Después de que te fuiste.
Adriana sintió que el suelo se movía levemente bajo sus pies.
—Eso no es cierto.
—Lo es.
Sus ojos no se apartaban de ella.
—Pero ya no estabas.
Adriana negó lentamente.
—Nunca llamaste.
Lucas frunció el ceño.