La noche había caído sobre la villa olímpica.
Las luces blancas iluminaban los caminos perfectamente trazados entre los edificios, mientras atletas de distintos países caminaban de un lado a otro, algunos riendo, otros concentrados, otros simplemente agotados.
Pero para Adriana…
el día no había terminado.
Y tampoco lo que había despertado.
Cerró la puerta de su habitación con suavidad.
El silencio la envolvió.
Dejó el bolso en el suelo.
Se apoyó contra la pared.
Cerró los ojos.
Y por primera vez desde el partido…
se permitió sentir.
Lucas.
Su voz.
Sus palabras.
“Te busqué.”
Su pecho se apretó.
—No puede ser…
murmuró para sí misma.
Siete años.
Siete años creyendo que él no había hecho nada.
Que simplemente la había dejado ir.
Que había elegido otra cosa.
Otra persona.
Otra vida.
Se llevó una mano al rostro.
Intentando ordenar sus pensamientos.
¿Y si es verdad?
Un golpe suave en la puerta la sacó de ese momento.
Adriana abrió los ojos.
—¿Sí?
—Soy yo.
Mateo.
Su cuerpo se tensó levemente.
Caminó hasta la puerta y la abrió.
Mateo estaba ahí.
Sin camiseta.
El cabello aún húmedo.
Demasiado cómodo.
Demasiado cercano.
—¿Puedo pasar?
Adriana dudó un segundo.
Pero se hizo a un lado.
Mateo entró.
Observó la habitación.
Luego a ella.
—Estás callada.
Adriana cruzó los brazos.
—Estoy cansada.
Mateo se acercó.
—No es eso.
Adriana lo miró.
—¿Y qué es?
Mateo inclinó ligeramente la cabeza.
—Él.
El silencio cayó.
Adriana sostuvo su mirada.
—No tienes derecho a hablar de eso.
Mateo dio un paso más.
—Tengo derecho a preocuparme.
—No lo haces por eso.
Mateo sonrió apenas.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Adriana lo miró fijo.
—Porque te conozco.
Mateo la observó unos segundos.
Luego habló más bajo.
—No me gusta cómo te mira.
Adriana frunció el ceño.
—Eso no es tu problema.
Mateo acortó aún más la distancia.
—Sí lo es.
Adriana sintió su presencia demasiado cerca.
Demasiado invasiva.
—Mateo…
—Te está afectando.
—No.
—Sí.
Su voz se volvió más firme.
Más controladora.
—Y no voy a dejar que eso nos haga perder.
Adriana lo empujó suavemente.
—Esto no es “nosotros”.
Mateo la miró.
—Claro que lo es.
Adriana negó.
—Es tenis.
Mateo sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
—Sabes que no.
El silencio entre ellos se volvió incómodo.
Pesado.
Mateo levantó la mano.
Rozó su mejilla.
Adriana reaccionó de inmediato.
Lo apartó.
—No vuelvas a hacer eso.
Mateo la observó.
Y por un segundo…
algo oscuro cruzó por su expresión.
Pero desapareció tan rápido como llegó.
—Estás confundida —dijo finalmente.
Adriana lo miró con firmeza.
—No.
Mateo suspiró.
Se alejó un paso.
—Descansa.
Pero antes de salir, se detuvo en la puerta.
—Solo recuerda algo.
Adriana no respondió.
—Yo estoy aquí.
Y se fue.
La puerta se cerró.
El silencio volvió.
Pero ya no era tranquilo.
Era incómodo.
Opresivo.
Adriana respiró profundo.
Se sentó en la cama.
Y entonces…
tomó su teléfono.
Lo miró.
Durante unos segundos dudó.
Pero luego…
escribió.
“¿Podemos hablar?”
El mensaje fue enviado.
A Lucas.
El tiempo pareció detenerse.
Un segundo.
Dos.
Tres.
El teléfono vibró.
“Sí.”
Su corazón se aceleró.
—Esto es una locura…
susurró.
Pero igual se levantó.
Tomó una chaqueta.
Y salió.
El punto de encuentro era una zona poco transitada del complejo.
Una terraza abierta, con vista a las instalaciones deportivas iluminadas.
El aire era fresco.
La noche tranquila.
Adriana llegó primero.
Se apoyó en la baranda.
Miró hacia abajo.
Intentando calmarse.
Pero entonces…
—Sabía que escribirías.
Su cuerpo se tensó.
Lucas estaba detrás de ella.
Adriana se giró lentamente.
Y ahí estaba.
Más cerca que en la cancha.
Más real.
Más peligroso.
—No estaba segura —admitió.
Lucas se acercó.
—Yo sí.
El silencio entre ellos fue distinto esta vez.
Más íntimo.
Más cargado.
Adriana habló primero.
—Lo que dijiste…
Lucas frunció levemente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que me buscaste.
Lucas sostuvo su mirada.
—Lo hice.
Adriana dio un paso hacia él.
—Nunca recibí nada.
Lucas negó.
—Llamé. Varias veces.
—Nunca sonó.
El silencio cayó.
Pesado.
Confuso.
Lucas pasó una mano por su cabello.
—Eso no tiene sentido.
Adriana lo miró fijo.
—Alguien está mintiendo.
Lucas levantó la mirada.
Y en ese momento…
algo encajó.
—Valeria.
El nombre quedó en el aire.
Adriana sintió un escalofrío.
—Siempre estaba cerca —dijo ella lentamente—. Siempre sabía todo.
Lucas apretó la mandíbula.
—Ella tenía acceso a mi teléfono… al equipo…
El silencio se volvió más oscuro.
Más peligroso.
—¿Crees que…? —empezó Adriana.
Lucas la interrumpió.
—Sí.
Ambos quedaron en silencio.
Procesando.
Siete años.
Siete años de distancia.
Por una posible mentira.
Adriana bajó la mirada.
—Perdimos demasiado tiempo.
Lucas dio un paso más cerca.
—Aún estamos aquí.
Adriana levantó la mirada.