El sonido de la pelota aún vibraba en la cancha cuando el ambiente cambió.
No fue un golpe.
No fue una palabra.
Fue su presencia.
Mateo.
De pie en el acceso, con los brazos relajados a los costados, pero con una tensión contenida en cada músculo de su cuerpo. Su mirada no estaba en la cancha.
Estaba en Adriana.
Y no se movía de ahí.
El aire se volvió más pesado.
Más denso.
Más peligroso.
Adriana sintió cómo el ritmo de su respiración cambiaba. No por miedo.
No todavía.
Sino por la certeza de que ese momento…
no se podía evitar.
Dejó caer la pelota.
El eco del rebote fue seco.
Final.
—Tenemos que hablar —repitió Mateo.
Su voz era baja.
Pero firme.
Sin espacio para negarse.
Adriana dio un paso al frente.
—Ya hablamos.
Mateo negó lentamente.
—No.
Su mirada se desvió apenas hacia Lucas.
—No así.
El mensaje era claro.
Lucas avanzó un paso.
—Lo que tengas que decir—
—No es contigo —lo cortó Mateo, sin mirarlo siquiera.
El tono fue cortante.
Despectivo.
Lucas se tensó.
Pero antes de responder, Adriana levantó la mano.
—Está bien.
Ambos la miraron.
—Voy a hablar con él.
Lucas frunció el ceño.
—Adriana…
Ella sostuvo su mirada.
—Estoy bien.
No era solo una frase.
Era una decisión.
Lucas dudó.
Pero finalmente asintió.
Se mantuvo en la cancha.
Observando.
Atento.
Sin intervenir.
Por ahora.
Adriana caminó hacia un extremo de la cancha, lejos de la red.
Mateo la siguió.
El sonido de sus pasos era lo único que rompía el silencio.
Cuando se detuvieron, el espacio entre ellos era corto.
Demasiado corto.
Mateo la miró fijamente.
—¿Desde cuándo?
Adriana no dudó.
—Desde siempre.
El golpe fue directo.
Mateo apretó la mandíbula.
—No te creo.
Adriana sostuvo su mirada.
—No necesito que me creas.
El silencio cayó.
Pesado.
Mateo dio un paso más cerca.
—Después de todo lo que hicimos…
Adriana lo interrumpió.
—Tú hiciste.
El matiz fue claro.
Preciso.
Mateo frunció el ceño.
—No cambies las cosas.
—No las estoy cambiando.
Adriana dio un paso adelante también.
Ahora estaban frente a frente.
—Las estoy viendo como son.
Mateo soltó una risa baja.
Sin humor.
—Claro.
Se pasó la mano por el rostro.
—Ahora resulta que soy el villano.
Adriana no respondió de inmediato.
Lo miró.
Lo observó.
Como si realmente lo estuviera viendo por primera vez.
—No.
Su voz fue tranquila.
Pero firme.
—Eres alguien que decidió por mí.
El silencio se tensó.
Mateo negó.
—Te estaba cuidando.
—No.
Adriana negó lentamente.
—Me estabas controlando.
El golpe fue brutal.
Mateo se quedó inmóvil.
Por un segundo.
Dos.
Luego su expresión cambió.
Algo se endureció.
—No sabes lo que dices.
—Lo sé perfectamente.
Adriana sostuvo su mirada.
—Bloqueaste a Lucas.
Interferiste.
Decidiste que yo no debía verlo.
Que no debía elegir.
Mateo avanzó un paso.
—Porque te iba a destruir.
Adriana no retrocedió.
—Eso me correspondía decidirlo a mí.
El silencio fue absoluto.
Mateo respiró más fuerte.
Más pesado.
—¿Y lo elegiste?
La pregunta salió más baja.
Más peligrosa.
Adriana no dudó.
—Sí.
El impacto fue inmediato.
Visible.
Mateo apretó los puños.
—Después de todo este tiempo…
—Después de todo este tiempo —lo interrumpió ella— entiendo lo que hiciste.
El aire se volvió más frío.
Más tenso.
—Y no lo voy a permitir más.
El silencio fue el quiebre.
Mateo bajó la mirada un segundo.
Solo uno.
Pero cuando la levantó…
ya no era el mismo.
Había algo más.
Más oscuro.
Más intenso.
—No puedes simplemente… dejarlo así.
Adriana lo miró.
—Ya lo hice.
Mateo dio un paso más.
Demasiado cerca.
—No.
Su voz bajó.
Casi un susurro.
—No te voy a dejar.
Adriana sintió un escalofrío.
Ahora sí.
Pero no retrocedió.
—No tienes opción.
Mateo negó.
—Siempre hay opciones.
El silencio se volvió peligroso.
Adriana lo observó.
—Esto ya no es sano.
Mateo sonrió levemente.
—Nunca lo fue.
La frase quedó en el aire.
Pesada.
Real.
Y por primera vez…
Adriana entendió algo.
Esto no era solo tenis.
No era solo una relación mal entendida.
Era algo más profundo.
Más complicado.
Más roto.
—Necesitas ayuda —dijo finalmente.
Mateo soltó una risa seca.
—Lo que necesito…
dio un paso más, invadiendo completamente su espacio—
…es que recuerdes quién estuvo contigo cuando él no estaba.
El golpe fue emocional.
Directo.
Pero Adriana no cedió.
—Tú decidiste que él no estuviera.
El silencio fue brutal.
Mateo se quedó inmóvil.
La verdad lo atravesó.
Pero no lo detuvo.
Al contrario.
Lo tensó más.
—Cuidado, Adriana.
Su voz cambió.
Más baja.
Más fría.
—Estás rompiendo algo que no vas a poder arreglar.
Adriana sostuvo su mirada.
—Ya está roto.
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
La pelota rodó lentamente entre ellos.
Lucas.
Había lanzado una nueva desde el fondo de la cancha.
No como distracción.
Como señal.
Como presencia.
Mateo giró la cabeza.
Sus ojos se clavaron en él.
El aire se cargó otra vez.
—Esto no termina aquí —dijo Mateo.