Nuestro Último Set

Capítulo 23

Presente — Juegos Olímpicos

El sonido de la pelota contra la raqueta no era limpio.

No era técnico.

No era el de una jugadora concentrada.

Era un golpe cargado de algo más.

Rabia.

Confusión.

Y una presión que no encontraba salida.

Adriana lo sabía.

Lo sentía en cada músculo de su cuerpo.

En la forma en que sus dedos apretaban el grip con más fuerza de la necesaria.

En la tensión acumulada en sus hombros.

En su respiración, irregular, demasiado rápida para un simple entrenamiento.

Golpeó otra pelota.

Esta vez cruzada.

Salió larga.

No corrigió.

No ajustó.

No pensó.

Solo tomó otra.

El vacío de la cancha hacía que cada impacto se amplificara. No había público, ni ruido ambiental que suavizara el sonido. Solo ese eco constante, repetitivo, que parecía rebotar contra las paredes internas de su cabeza.

—Adriana.

La voz de Lucas atravesó ese ritmo irregular como una interrupción necesaria.

Pero ella no respondió.

No porque no quisiera.

Sino porque no podía.

Si se detenía…

si dejaba de moverse…

todo lo que estaba conteniendo iba a salir.

Y no estaba segura de poder sostenerlo.

Golpeó otra pelota.

Esta vez más fuerte.

El impacto vibró en su brazo.

Le dolió.

Pero lo ignoró.

—Adriana, mírame.

El tono de Lucas cambió. Ya no era solo un llamado. Era una petición.

Ella dudó.

Apenas un segundo.

Pero suficiente para que el siguiente golpe fuera descoordinado.

La pelota chocó con la red y cayó a sus pies.

El sonido fue pequeño.

Insignificante.

Y, sin embargo…

eso fue lo que la detuvo.

Se quedó inmóvil.

Mirando la pelota.

Como si en ese pequeño objeto estuviera concentrado todo lo que no lograba ordenar.

Soltó la raqueta.

El golpe contra el suelo resonó más fuerte de lo esperado.

El eco se expandió.

Y luego…

silencio.

Un silencio pesado.

Denso.

Que parecía llenar cada rincón de la cancha.

Adriana llevó ambas manos a su rostro.

Presionó los ojos con fuerza.

Como si así pudiera apagar lo que estaba pasando dentro de ella.

—No puedo hacer esto… —murmuró.

No fue un grito.

No fue un quiebre dramático.

Fue algo más bajo.

Más real.

Más peligroso.

Lucas cruzó la cancha sin prisa.

Sin invadir.

Deteniéndose a una distancia prudente.

Respetando ese espacio invisible que ella necesitaba para no sentirse acorralada.

—No tienes que poder con todo al mismo tiempo —dijo en voz baja.

Adriana soltó una risa leve.

Sin humor.

—Tengo que jugar mañana.

Bajó las manos.

Lo miró.

Y esta vez no había barreras.

No había dureza.

Solo honestidad cruda.

—Tengo que salir a una cancha olímpica… con millones de ojos encima… sabiendo que todo lo que creía de mi vida… no era real.

El aire cambió.

Lucas sintió el peso de esas palabras en el pecho.

Adriana dio un paso hacia atrás, como si necesitara espacio incluso de él.

—Siete años, Lucas.

Su voz se volvió más firme.

Más clara.

—Siete años creyendo que tú no luchaste por mí… que no me buscaste… que no te importó lo suficiente.

Hizo una pausa.

Y esa pausa dijo más que cualquier palabra.

—Y ahora resulta que sí lo hiciste.

Lo miró fijo.

—Y que alguien decidió que yo no debía saberlo.

El silencio que siguió fue distinto.

Más íntimo.

Más doloroso.

Lucas tragó saliva.

—Si hubiera sabido…

—No —lo interrumpió ella.

Negó lentamente.

—Ese es el problema.

No lo sabíamos.

Ninguno de los dos.

El viento suave que entraba por el lateral de la cancha movió apenas una de las redes.

Un detalle mínimo.

Pero suficiente para hacer que todo se sintiera aún más frágil.

—Todo lo que hice… —continuó Adriana, más despacio ahora— lo hice pensando que era lo correcto.

Bajó la mirada.

—Irme.

Cambiar de país.

Empezar de cero.

Todo.

Respiró profundo.

Pero su voz ya no era la misma.

—Y ahora no sé qué fue mío… y qué no.

Lucas dio un paso más cerca.

No la tocó.

Pero la cercanía era distinta.

Más consciente.

—Esto —dijo él, señalando suavemente entre ambos— sí es real.

Adriana levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

Y por un instante…

todo lo demás dejó de importar.

La presión.

El torneo.

El pasado.

Todo.

—No sé si puedo confiar en eso —susurró ella.

La honestidad de esa frase fue un golpe directo.

Lucas no se defendió.

No insistió.

Solo respondió con la misma verdad.

—Entonces no confíes en lo que fue.

Hizo una pausa.

Sosteniendo su mirada.

—Confía en lo que está pasando ahora.

El silencio volvió.

Pero esta vez…

no era incómodo.

Era tenso.

Cargado.

Como si algo estuviera a punto de romperse.

O de comenzar.

Adriana sintió cómo su respiración cambiaba.

Más lenta.

Más consciente.

Como si, por primera vez en horas…

su cuerpo empezara a estabilizarse.

Y entonces—

Las luces parpadearon.

Una vez.

Dos.

Ambos giraron la cabeza.

—¿Eso es normal? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

Lucas negó.

—No.

El corte fue inmediato.

Brusco.

La oscuridad cayó sobre la cancha como una manta pesada.

Adriana sintió cómo su cuerpo se tensaba automáticamente.

—Lucas…

—Estoy aquí.

Su voz llegó desde muy cerca.

Más cerca de lo que esperaba.

Eso la tranquilizó.

Pero solo un poco.

El silencio del lugar cambió.

Ya no era solo vacío.

Era inquietante.

Como si algo más estuviera ahí.




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