Presente — Juegos Olímpicos
El dolor no apareció de inmediato.
Al principio fue solo una sensación extraña.
Un calor punzante en el hombro.
Una presión incómoda.
Como si el cuerpo aún no terminara de entender lo que acababa de pasar.
Pero cuando Adriana intentó moverse…
todo llegó de golpe.
El dolor subió desde su hombro hasta el cuello en una línea ardiente que la obligó a cerrar los ojos con fuerza.
—No… —exhaló entre dientes.
Lucas reaccionó de inmediato.
—No te muevas —repitió, más firme esta vez.
Su voz tenía ese tono que Adriana recordaba perfectamente.
El de los momentos en que él dejaba de ser el chico que amaba…
y se convertía en alguien completamente enfocado.
Presente.
Protector.
Ella respiró profundo, intentando controlar la sensación, pero cada intento de incorporarse hacía que el dolor regresara con más intensidad.
—Creo que… —intentó hablar— no está bien.
Lucas apoyó una mano cerca de su brazo, sin presionarla.
—Puede ser un golpe fuerte… o una distensión.
Hizo una pausa.
La observó.
—Pero no voy a arriesgarme a suponer.
A lo lejos, las voces comenzaron a acercarse.
Personal del complejo.
Pasos rápidos.
Linternas.
El caos empezaba a tomar forma.
—¡¿Qué pasó aquí?! —gritó alguien.
Las luces de emergencia se encendieron completamente ahora, revelando el desastre: la torre caída, cables sueltos, una sección del borde de la cancha dañada.
Adriana parpadeó varias veces.
La realidad se impuso.
Demasiado rápido.
Demasiado brusco.
Un miembro del equipo médico se arrodilló junto a ella.
—No te muevas, ¿sí? Vamos a revisar ese hombro.
Adriana asintió apenas.
Su mirada se desvió.
Buscó a Lucas.
Él seguía ahí.
No se había apartado.
No se iba.
Y eso…
eso le dio una calma que no esperaba.
—Vamos a ayudarte a levantarte con cuidado —indicó el médico.
El movimiento fue lento.
Controlado.
Pero aun así, el dolor hizo que Adriana apretara los labios con fuerza.
No gritó.
No se quejó.
Pero su cuerpo habló por ella.
Lucas lo vio.
Y su expresión se endureció.
—¿Puedes mover los dedos? —preguntó el médico.
Adriana lo hizo.
—Sí.
—Bien.
Palpó con cuidado la zona.
—Puede ser una lesión muscular… pero necesitamos una evaluación completa.
Adriana sintió un nudo en el estómago.
—Tengo partido mañana.
El médico no respondió de inmediato.
Y ese silencio…
fue suficiente.
La sala médica era demasiado blanca.
Demasiado fría.
Demasiado silenciosa.
Adriana estaba sentada en la camilla, con el hombro inmovilizado temporalmente mientras esperaban resultados más claros.
El tiempo pasaba lento.
Pesado.
Lucas estaba apoyado contra la pared.
En silencio.
Observándola.
Sin invadir.
Pero sin apartarse.
—Deberías irte —dijo ella finalmente.
Él negó.
—No.
Adriana soltó una leve exhalación.
—Esto puede tardar.
—No importa.
El silencio volvió.
Pero no era incómodo.
Era… contenido.
Como si ambos estuvieran sosteniendo algo que aún no podían nombrar del todo.
Adriana bajó la mirada.
—Pudiste haberte lastimado tú también.
Lucas se encogió de hombros.
—No lo hice.
—Pero pudo pasar.
Lucas dio un paso más cerca.
—Y si volviera a pasar… haría lo mismo.
El aire cambió.
Adriana levantó la mirada lentamente.
Lo observó.
Y en ese momento…
no vio al chico del pasado.
Vio al hombre que estaba frente a ella.
Al que no dudó.
Al que no pensó.
Al que actuó.
Por ella.
—No puedes seguir haciendo eso —susurró.
Lucas frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Elegirme sin pensar en ti.
El golpe fue directo.
Pero Lucas no se apartó.
—Nunca fue un problema para mí.
Adriana negó lentamente.
—Para mí sí.
El silencio se instaló entre ellos.
Más profundo.
Más honesto.
—No quiero que alguien más decida por mí nunca más —añadió ella.
Lucas sostuvo su mirada.
—Entonces no lo permitas.
Adriana respiró profundo.
—Eso estoy intentando.
Un golpe en la puerta interrumpió el momento.
El médico entró con una carpeta en la mano.
La tensión volvió de inmediato.
—Bien —dijo—, no hay fractura.
Adriana sintió cómo su cuerpo soltaba parte del peso que llevaba.
—Pero…
La palabra cayó como una advertencia.
—Hay una distensión importante en el hombro. Inflamación. Microdesgarro leve.
El silencio fue absoluto.
—¿Puedo jugar? —preguntó Adriana, sin rodeos.
El médico la miró con seriedad.
—Si fueras cualquier paciente, te diría que no.
Adriana tragó saliva.
—Pero no lo soy.
El médico suspiró.
—Con tratamiento intensivo, vendaje y control del dolor… podrías jugar.
Lucas se tensó.
—¿Podría… o debería?
El médico lo miró.
—Son cosas distintas.
Adriana intervino.
—Voy a jugar.
Lucas la miró de inmediato.
—Adriana—
—Voy a jugar —repitió, más firme.
El silencio cayó.
El médico asintió lentamente.
—Entonces tenemos que trabajar ahora.
Más tarde…
el pasillo estaba casi vacío.
La noticia aún no era pública.
Pero lo sería.
Era cuestión de tiempo.
Adriana caminaba más despacio ahora.
El vendaje limitaba su movimiento.
Pero no su decisión.
Lucas iba a su lado.
—Esto no fue un accidente —dijo él en voz baja.
Adriana asintió.
—Lo sé.
—¿Vas a decir algo?
Ella negó.
—Aún no.
Lucas frunció el ceño.
—Adriana, esto es grave.