Presente — Juegos Olímpicos
El estadio ya no era un espacio.
Era un organismo vivo.
Respiraba.
Latía.
Observaba.
Desde el túnel de salida, Adriana podía escuchar el murmullo del público creciendo como una ola contenida. Voces en distintos idiomas, aplausos aislados, el sonido lejano de una pelota golpeando en otra cancha… todo se mezclaba en un ruido constante que se filtraba bajo la piel.
Normalmente, ese sonido la centraba.
La hacía sentir parte de algo más grande.
Pero ese día…
ese día se sentía distinta.
Más pesada.
Más consciente.
Más vulnerable.
Apretó suavemente los dedos de su mano izquierda, probando la movilidad. El vendaje en su hombro derecho estaba firme, bien colocado, pero no lograba engañar al cuerpo. Cada pequeño movimiento generaba una respuesta inmediata: una punzada, una advertencia.
No era incapacitante.
Pero estaba ahí.
Presente.
Recordándole, en cada segundo, que algo no estaba bien.
—Adriana.
La voz de su entrenador la sacó de ese breve trance.
—Es tu turno.
Ella asintió.
No habló.
No necesitaba hacerlo.
Respiró profundo.
Una vez.
Dos.
Y dio el primer paso hacia la luz.
El golpe del ruido fue inmediato.
El estadio la recibió con una mezcla de aplausos y expectación. No era una ovación cerrada, pero sí lo suficientemente fuerte como para dejar claro que todos sabían quién era.
Y probablemente…
también sabían lo ocurrido.
Las pantallas gigantes mostraron su rostro durante un segundo.
Adriana mantuvo la expresión firme.
Profesional.
Controlada.
Pero por dentro…
todo era distinto.
Cruzó la cancha con pasos medidos, sintiendo cada músculo de su cuerpo en alerta. El sol caía con fuerza sobre la superficie, reflejándose en el suelo azul del court, obligándola a entrecerrar levemente los ojos.
Su oponente ya estaba allí.
Preparada.
Observándola.
Analizándola.
Como debía ser.
Pero Adriana sabía que esa no era la única mirada sobre ella.
Buscó.
Sin querer hacerlo evidente.
Y lo encontró.
Lucas.
En las gradas.
No en primera fila.
No expuesto.
Pero presente.
Sus miradas se cruzaron apenas un segundo.
Suficiente.
No hubo gesto.
No hubo sonrisa.
Pero hubo algo.
Un entendimiento silencioso.
Un ancla.
Adriana apartó la vista.
No podía permitirse más.
No ahí.
No ahora.
El primer saque fue suyo.
Botó la pelota una vez.
Dos.
Tres.
El sonido contra el suelo marcó el ritmo de su respiración.
Lanzó.
Golpeó.
El impacto fue limpio.
Pero el hombro reaccionó.
Un dolor breve.
Controlable.
Por ahora.
El punto comenzó.
Intercambio corto.
Tres golpes.
Cuatro.
Error de la rival.
Primer punto.
El público aplaudió.
Adriana no reaccionó.
Caminó hacia la línea de fondo.
Volvió a botar la pelota.
Pero esta vez…
su mente no estaba completamente ahí.
Había algo más.
Una sensación.
Difusa.
Inquietante.
Como si alguien la estuviera observando de forma distinta al resto.
Levantó la vista.
Recorrió las gradas.
Rápido.
Discreto.
Y entonces—
Lo vio.
Mateo.
De pie.
Más arriba.
Sin sentarse.
Sin disimular.
Mirándola fijamente.
El estómago de Adriana se contrajo.
No por sorpresa.
Sino por confirmación.
Ahí estaba.
Observando.
Esperando.
Como si ese partido también fuera suyo.
Como si tuviera algo en juego.
Algo que iba más allá del marcador.
Adriana desvió la mirada.
Se posicionó para el siguiente saque.
Pero su cuerpo ya no estaba igual.
La tensión había cambiado.
Se había transformado en algo más profundo.
Más peligroso.
El segundo game fue más largo.
Más exigente.
Intercambios prolongados.
Movimientos laterales.
Y con cada desplazamiento…
el hombro respondía.
No fallaba.
Pero avisaba.
Como una cuenta regresiva silenciosa.
15-30.
Adriana respiró profundo.
Se preparó.
La pelota volvió a su lado.
Golpeó de derecha.
Forzó el punto.
Ganó.
15-40.
El público reaccionó.
Más involucrado ahora.
Más presente.
Pero Adriana apenas lo escuchaba.
Su atención se había fragmentado.
Una parte en la cancha.
Otra…
en la grada.
Volvió a mirar.
Mateo no se había movido.
Seguía ahí.
Observándola.
Sin expresión.
Sin emoción visible.
Pero con una intensidad que no encajaba con nada de lo que estaba pasando.
Y entonces…
algo más.
Un movimiento.
A su derecha.
Cerca del banco técnico.
Un hombre que no pertenecía al equipo.
Que no estaba uniformado.
Que no miraba el partido.
Sino…
a ella.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Adriana sintió un escalofrío.
Golpeó la pelota siguiente con más fuerza de la necesaria.
Se fue larga.
Error.
30-40.
Su respiración se desordenó.
—Concéntrate —se dijo en voz baja.
Pero no era tan simple.
No después de la noche anterior.
No después del sabotaje.
No después de lo que ahora parecía…
continuar.
El siguiente punto fue largo.
Intenso.
El tipo de rally que normalmente la hacía sentir viva.
Pero esta vez…
cada golpe era una prueba.
Cada desplazamiento, un riesgo.
El hombro empezó a resentirse más.
El dolor subió un nivel.
No la detenía.
Pero ya no podía ignorarlo.
La pelota vino alta.
Se preparó para el remate.