Presente — Juegos Olímpicos
El pasillo que conducía fuera de la cancha parecía más estrecho de lo normal.
O tal vez era la cantidad de personas.
O el ruido.
O la forma en que todo se acumulaba sin darle espacio para procesar.
Adriana caminaba con el cuerpo rígido, sintiendo cada paso como una extensión del esfuerzo que había dejado en la cancha. El hombro seguía latiendo, más intenso ahora que la adrenalina comenzaba a disiparse, más presente, más honesto.
No era el dolor lo que más pesaba.
Era lo que venía después.
Las voces comenzaron antes de que cruzara completamente la salida.
—¡Adriana! ¿Puedes confirmar si estás lesionada?
—¿Es cierto que hubo un incidente en el entrenamiento anoche?
—¿Tuviste un altercado con otro jugador del circuito?
—¿Qué relación tienes con Lucas Herrera?
Las preguntas caían una sobre otra, sin orden, sin pausa, sin intención real de escuchar respuestas.
Adriana no se detuvo.
No podía.
No quería.
Su mirada permanecía fija al frente, pero su mente iba mucho más rápido que su cuerpo.
Las imágenes se repetían.
La caída.
La torre.
La sombra.
Mateo.
Siempre Mateo.
—Por aquí.
La voz de un miembro del equipo la sacó de ese flujo interno. Lucas apareció a su lado casi de inmediato, sin invadir el espacio de los periodistas, pero generando un límite claro.
No habló.
No hizo gestos innecesarios.
Solo estuvo.
Y esa presencia fue suficiente para abrir un pequeño corredor entre el caos.
Adriana avanzó.
Sin mirar atrás.
La sala de evaluación médica estaba más llena que antes.
No solo el equipo.
Había personal técnico.
Un representante del comité.
Incluso alguien que Adriana no reconoció de inmediato, pero cuya postura rígida y mirada observadora dejaban claro que no estaba ahí por casualidad.
Cerraron la puerta.
El ruido quedó afuera.
Pero el peso…
no.
—Necesitamos evaluar el hombro nuevamente —dijo el médico, con un tono más serio que el de la noche anterior.
Adriana asintió.
Se sentó.
El movimiento fue más lento esta vez.
Más consciente.
Lucas se mantuvo de pie, a un lado, con los brazos cruzados, observando cada gesto, cada reacción, como si intentara anticiparse a cualquier señal que indicara algo peor.
—¿Dolor aquí? —preguntó el médico, presionando ligeramente.
Adriana apretó los dientes.
—Sí.
—¿Y aquí?
Más presión.
Más profunda.
El dolor subió.
Más rápido.
—También.
El médico hizo una anotación.
Luego la miró directamente.
—La inflamación aumentó.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lucas.
—Que jugar hoy agravó la lesión.
Adriana bajó la mirada un segundo.
No como arrepentimiento.
Sino como confirmación.
Lo sabía.
Desde el momento en que decidió quedarse en la cancha.
—Necesitamos hacer estudios más específicos —continuó el médico—, pero es muy probable que haya un desgarro mayor de lo que vimos inicialmente.
El aire se volvió más pesado.
Más denso.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Adriana, sin rodeos.
El médico dudó.
—Sin resultados definitivos, no puedo darte un plazo exacto… pero no es algo de días.
El golpe fue silencioso.
Pero profundo.
Porque no hablaba solo de un torneo.
Hablaba de todo.
—Hay algo más.
La voz no vino del médico.
Vino del hombre que estaba al fondo de la sala.
El que no pertenecía al equipo.
El que había estado observando en silencio.
Todos giraron.
—Soy parte del comité organizador —se presentó—. Y también estamos a cargo de la seguridad interna del complejo.
Adriana sintió cómo su atención se enfocaba de inmediato.
—Recibimos un reporte sobre el incidente en la cancha de entrenamiento anoche.
Lucas se tensó apenas.
Adriana no se movió.
—La caída de la estructura no fue un fallo técnico.
El silencio fue absoluto.
—Fue manipulada.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Pesadas.
Irreversibles.
Adriana cerró los ojos un segundo.
No por sorpresa.
Sino por confirmación.
—¿Tienen pruebas? —preguntó Lucas.
—Estamos revisando cámaras.
El hombre hizo una pausa.
Miró directamente a Adriana.
—Pero hay algo que necesitamos saber.
El aire se volvió más denso.
—¿Tienes alguna razón para creer que alguien pudo haber querido hacerte daño?
La pregunta fue directa.
Sin rodeos.
Sin suavizar.
Adriana no respondió de inmediato.
Porque la respuesta no era simple.
No era una sospecha.
Era una certeza.
Pero decirlo…
era otra cosa.
Miró a Lucas.
Solo un segundo.
Y en ese segundo…
entendió.
No podía seguir dudando.
No después de todo.
—Sí.
La palabra salió firme.
Clara.
Definitiva.
—¿Quién? —preguntó el hombre.
El silencio se estiró.
Pero esta vez…
no fue por indecisión.
Fue por elección.
—Mateo Rivas.
El nombre cayó con peso propio.
Lucas no se sorprendió.
El comité sí.
—Necesitaremos detalles —dijo el hombre, ahora completamente enfocado.
Adriana asintió.
—Los tendrán.
Su voz no tembló.
No dudó.
Porque algo había cambiado.
Ya no estaba reaccionando.
Estaba tomando control.
Más tarde…
el pasillo estaba en calma.
Demasiado.
Como si todo lo ocurrido aún no hubiera terminado de asentarse.
Adriana caminaba más despacio ahora.
No solo por el dolor.
Sino porque su mente estaba organizando.
Uniendo piezas.
Tomando decisiones.
Lucas iba a su lado.
En silencio.