Presente — Juegos Olímpicos
La noche cayó sobre la villa olímpica con una calma engañosa.
Desde la ventana de su habitación, Adriana observaba las luces del complejo encenderse una a una, como si todo siguiera un orden perfectamente diseñado. Atletas caminando en grupos, risas lejanas, carros eléctricos cruzando los senderos… una normalidad que contrastaba con la tensión que llevaba dentro.
Su hombro estaba inmovilizado ahora con un soporte más firme. El dolor no era explosivo, pero sí constante. Un pulso bajo la piel que no la dejaba olvidar ni un segundo lo que había pasado.
Ni lo que venía.
Cerró los ojos un instante.
Intentó respirar.
Pero su mente no se detenía.
La caída.
El partido.
La mirada de Mateo.
La advertencia.
“Podrías descubrir cosas que no quieres.”
Abrió los ojos de golpe.
—No —murmuró—. Ya no.
Un golpe suave en la puerta interrumpió el silencio.
Adriana dudó un segundo antes de abrir.
Lucas.
Su presencia llenó el espacio sin esfuerzo.
—¿Puedo pasar?
Ella asintió.
No hicieron comentarios innecesarios. Lucas entró, cerró la puerta y apoyó una carpeta delgada sobre la mesa.
—Tenemos algo.
El tono fue suficiente para que Adriana se tensara.
—¿Qué encontraron?
Lucas abrió la carpeta.
Fotogramas impresos.
Secuencias.
Imágenes granuladas de cámaras de seguridad.
Adriana se acercó.
Su respiración cambió.
—Esto es de la cancha de entrenamiento —explicó Lucas.
Señaló una de las imágenes.
Una figura.
Parcialmente cubierta por sombra.
Pero reconocible.
Demasiado.
—Mateo… —susurró Adriana.
Lucas asintió.
—No hay duda.
Pasó a la siguiente imagen.
Mateo cerca de la estructura.
Manipulando algo.
Cables.
Soporte.
Tiempo suficiente.
Intención clara.
El estómago de Adriana se contrajo.
No por sorpresa.
Sino por confirmación absoluta.
—Esto lo hizo él.
Lucas no respondió de inmediato.
Pero su mirada lo decía todo.
—Sí.
El silencio se instaló.
Pesado.
Irreversible.
Adriana apoyó ambas manos sobre la mesa.
Inclinándose levemente.
Sintiendo cómo algo dentro de ella terminaba de encajar.
—No fue impulsivo —dijo finalmente—. Lo planeó.
Lucas asintió.
—Y no es lo único.
Adriana levantó la mirada.
—¿Qué más?
Lucas dudó un segundo.
Pero decidió no suavizarlo.
—Tu compañero.
El aire cambió.
—¿Qué pasa con él?
—Ha estado preguntando por ti. Demasiado.
Adriana frunció el ceño.
—Eso no es raro.
—No de esta forma.
Lucas sostuvo su mirada.
—No está bien.
El silencio se tensó.
—¿A qué te refieres?
Lucas respiró hondo.
—Lo vi discutir con alguien del staff. Exigiendo información sobre tu estado médico. Insistiendo en entrar cuando no debía.
Adriana se quedó inmóvil.
—Eso no es…
No terminó la frase.
Porque sabía.
Había señales.
Pequeñas.
Ignoradas.
Normalizadas.
Pero ahora… todo se veía distinto.
—Y hay más —continuó Lucas—. Estaba cerca de la cancha hoy. Antes del partido -añadió.
El pulso de Adriana se aceleró.
—¿Qué?
—No estaba acreditado para esa zona -explicó.
El silencio cayó con fuerza.
Dos piezas.
Dos presencias.
El mismo patrón.
—No puede ser coincidencia… —murmuró.
Lucas negó.
—No lo es.
El golpe en la puerta fue más fuerte esta vez.
Urgente.
Ambos se giraron.
Lucas abrió.
Un miembro del comité.
Serio.
Tenso.
—Necesitamos que vengas —dijo, mirando a Adriana—. Ahora.
El tono no dejaba espacio a preguntas.
Adriana tomó aire.
—Voy.
La sala de seguridad era más pequeña de lo que esperaba.
Pero la tensión que contenía…
la hacía sentirse cerrada.
Pantallas.
Imágenes en movimiento.
Personas hablando en voz baja.
Y en el centro…
una pantalla detenida.
La misma imagen que había visto en la carpeta.
Pero más clara.
Más directa.
—Hemos confirmado la manipulación —dijo el encargado—. Y la identidad.
Adriana no necesitó preguntar.
—Mateo Rivas.
—Sí.
El silencio se volvió más pesado.
—¿Dónde está? —preguntó Lucas.
El hombre dudó.
—No lo sabemos con certeza.
Adriana sintió un escalofrío.
—¿Cómo que no lo saben?
—Salió del perímetro hace unas horas. No ha regresado a su alojamiento.
El aire cambió.
Más frío.
Más peligroso.
—¿Está huyendo? —preguntó Lucas.
—O preparándose.
La respuesta fue directa.
Sin rodeos.
Y eso…
fue peor.
Cuando salieron de la sala…
el pasillo estaba vacío.
Demasiado.
Adriana caminaba más rápido ahora.
A pesar del dolor.
A pesar del cansancio.
Porque algo dentro de ella estaba en alerta máxima.
—Esto se salió de control —dijo Lucas.
Adriana negó.
—No.
Se detuvo.
Giró hacia él.
—Esto nunca estuvo bajo control.
El silencio fue inmediato.
Y entonces—
Un sonido.
Pasos.
Detrás de ellos.
Ambos giraron.
Su compañero.
De pie.
A unos metros.
Observándola.
—Te estaba buscando —dijo.
Su voz era suave.
Pero había algo en ella que no encajaba.
Demasiado contenida.
Demasiado… tensa.
Adriana lo miró.
Más detenidamente esta vez.
Como si lo viera por primera vez.
—¿Para qué?
Él avanzó un paso.
—Quería saber cómo estás.
Lucas se movió ligeramente.
Interponiéndose sin hacerlo evidente.
—Está bien.
El compañero lo ignoró.
Sus ojos seguían en Adriana.