Nuestro Último Set

Capítulo 30

Presente — Juegos Olímpicos

La noche ya no era tranquila.

Era una ilusión rota.

El aire en la villa olímpica se sentía distinto, más denso, como si algo invisible se hubiera desplazado entre los edificios, infiltrándose en cada rincón sin ser visto.

Adriana lo percibía.

No como un pensamiento.

Como una sensación física.

Una alerta constante que no la abandonaba desde que salió de la sala de seguridad.

Mateo había desaparecido.

Y eso…

era peor que cualquier confrontación directa.

Porque significaba que ahora no había reglas.

No había límites.

Solo intención.

El pasillo hacia su habitación estaba casi vacío.

Las luces artificiales proyectaban sombras alargadas contra las paredes, creando espacios oscuros entre cada punto de iluminación.

Adriana caminaba con paso firme, aunque su cuerpo pedía lo contrario.

El hombro dolía más.

No solo por la lesión.

Sino por la tensión acumulada.

Cada músculo estaba en alerta.

Cada sonido parecía amplificarse.

Lucas iba a su lado.

Silencioso.

Atento.

Observando todo.

—No deberías quedarte sola esta noche —dijo finalmente.

Adriana no respondió de inmediato.

Sabía que tenía razón.

Pero también sabía algo más.

—No se trata de estar sola o no.

Lucas la miró.

—Entonces, ¿de qué se trata?

Adriana detuvo el paso.

Giró hacia él.

—De que él no va a parar.

El silencio se instaló.

Pesado.

Real.

Lucas sostuvo su mirada.

—Entonces no lo dejamos avanzar.

Adriana respiró profundo.

—No puedes controlar todo.

—No.

Él dio un paso más cerca.

—Pero sí puedo estar contigo.

El aire entre ellos cambió.

Más íntimo.

Más peligroso.

Porque en medio del caos…

eso seguía ahí.

Lo que nunca resolvieron.

Lo que nunca terminó.

Adriana bajó la mirada un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente para que el pasado se filtrara.

—No puedes hacer esto otra vez —susurró.

Lucas frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Quedarte… como si nada hubiera pasado.

El golpe fue directo.

Pero Lucas no retrocedió.

—No es como si nada.

Su voz fue más baja.

Más honesta.

—Es porque todo pasó.

El silencio que siguió…

fue distinto.

Más profundo.

Más real.

Un sonido interrumpió el momento.

Metálico.

Seco.

Ambos giraron.

El pasillo estaba vacío.

Pero algo no encajaba.

Una puerta mal cerrada.

Una sombra fuera de lugar.

Adriana sintió cómo su pulso se aceleraba.

—¿Escuchaste eso? —preguntó.

Lucas asintió.

Sin decir más.

Avanzó un paso.

Luego otro.

Lento.

Controlado.

Adriana lo siguió.

A pesar de todo.

A pesar del dolor.

A pesar del instinto que le decía que se detuviera.

Porque quedarse quieta…

no era una opción.

La puerta estaba entreabierta.

Un cuarto de mantenimiento.

Oscuro.

Sin movimiento visible.

Pero el aire…

estaba cargado.

Lucas empujó suavemente.

La puerta se abrió con un leve crujido.

Silencio.

Demasiado silencio.

—No entres —dijo él.

Pero Adriana ya estaba ahí.

Un paso detrás.

Observando.

Y entonces—

Movimiento.

Rápido.

Desde el fondo.

Una figura salió de la sombra.

No era Mateo.

Era su compañero.

El impacto fue inmediato.

No físico.

Emocional.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Adriana.

Su voz no tembló.

Pero su cuerpo sí lo sintió.

Él la miró.

Y en esa mirada…

ya no había duda.

Algo estaba roto.

—Te estaba buscando —dijo.

La misma frase.

El mismo tono.

Pero ahora…

sin máscara.

Lucas dio un paso al frente.

—Esto no es lugar para estar.

El compañero lo ignoró.

Sus ojos seguían en Adriana.

—No deberías estar con él.

El aire se tensó.

Otra vez.

—Ya lo hablamos —respondió Adriana—. Mantén distancia.

Él negó lentamente.

—No entiendes.

Un paso más cerca.

—Yo soy el único que está contigo de verdad.

El silencio se volvió peligroso.

Lucas se movió.

Interponiéndose.

—Se acabó.

Pero el compañero no retrocedió.

—Tú no sabes lo que es mejor para ella.

La tensión subió.

Rápido.

Demasiado.

—Y tú sí? —intervino Adriana, firme.

Él la miró.

Directo.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Sin duda.

Sin filtro.

Y eso…

fue lo más alarmante.

Un segundo de silencio.

Y luego—

Otro sonido.

Desde el fondo del cuarto.

Más profundo.

Más pesado.

Los tres giraron.

Y entonces…

la sombra se movió.

Más grande.

Más definida.

Mateo.

Salió lentamente.

Como si nunca hubiera tenido prisa.

Como si todo hubiera estado planeado.

Desde el inicio.

—Sabía que vendrías —dijo.

Su voz fue tranquila.

Casi suave.

Pero cargada de algo más.

Algo peligroso.

El aire se congeló.

Lucas se tensó de inmediato.

Adriana no se movió.

Pero su respiración cambió.

—Esto termina aquí —dijo ella.

Mateo sonrió.

—Eso crees.

El compañero miró entre ambos.

Confundido.

Descolocado.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

Pero nadie respondió.

Porque en ese instante…

todo estaba claro.

Demasiado claro.

Mateo dio un paso adelante.

—No se trataba solo del partido.

Miró a Adriana.

—Nunca se trató de eso.

El silencio fue absoluto.

—Se trataba de que entendieras.

Adriana lo sostuvo con la mirada.

—No hay nada que entender.




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