Quedarse tambien duele

Capítulo 1: El día que empezó igual que todos

Sofía despertó antes de que sonara la alarma, como casi siempre. No porque estuviera descansada, sino porque su mente nunca aprendió a apagarse del todo. Abrió los ojos y se quedó mirando el techo, contando las pequeñas grietas que ya conocía de memoria. Cada mañana hacía lo mismo, como si al repetir ese ritual pudiera retrasar el momento de levantarse y enfrentar el día.
El cuarto estaba en silencio. Demasiado silencio. Afuera, el mundo ya se estaba moviendo, pero ahí dentro todo parecía suspendido, como si el tiempo le diera unos segundos extra antes de pedirle que siguiera viviendo. Sofía suspiró. No era un suspiro dramático, solo uno cansado, de esos que salen solos cuando el cuerpo ya no sabe cómo pedir descanso.
Pensó en levantarse. Pensó en quedarse. Ambas opciones pesaban igual.
No recordaba cuándo había empezado a sentirse así. No hubo un día específico, ni una tragedia clara. Fue más bien un desgaste lento, como una gota constante cayendo sobre la misma parte del alma hasta desgastarla. Primero fue el cansancio. Luego la indiferencia. Después, esa sensación incómoda de estar viva sin ganas.
Se sentó en la orilla de la cama. El piso estaba frío bajo sus pies, y por un segundo eso la hizo sentir algo. Frío sigue siendo sentir, pensó, aunque no sabía por qué ese pensamiento le pareció importante. Se levantó, fue al espejo y se miró sin realmente mirarse. Reconocía su cara, pero no se sentía del todo ahí. Era como ver a alguien más usando su cuerpo.
—Un día más —murmuró, sin emoción.
Se vistió con la primera ropa que encontró. No porque no le importara su apariencia, sino porque ya no tenía energía para decidir. Antes se tomaba su tiempo, combinaba colores, se arreglaba con cuidado. Ahora todo eso le parecía innecesario, como si esos detalles pertenecieran a otra versión de ella.
Mientras se preparaba algo de comer, el hambre brilló por su ausencia. Aun así, comió un poco, por inercia, por costumbre. Vivir se había vuelto eso: una cadena de actos automáticos que cumplía para que nadie notara que por dentro algo no estaba funcionando bien.
Camino a sus actividades diarias, Sofía observaba a la gente. Todos parecían tener un destino, un propósito claro. Hablaban rápido, reían, se quejaban, planeaban. Ella los veía como quien observa una película que ya no logra entender del todo. No sentía envidia, solo distancia.
A veces se preguntaba si algo estaba mal con ella. Si estaba rota. Si en algún punto había fallado y ya no había vuelta atrás. Esos pensamientos no llegaban con violencia, sino con suavidad, lo que los hacía más peligrosos. Se instalaban sin pedir permiso y se quedaban ahí todo el día.
Al caer la tarde, el cansancio era absoluto. No físico, sino ese agotamiento profundo que no se quita con dormir. Sofía regresó a casa con la sensación de no haber estado realmente en ningún lugar. Se sentó otra vez en su cama, en el mismo sitio de la mañana, y pensó que el día había pasado sin dejar rastro.
Antes de apagar la luz, una idea cruzó su mente, silenciosa pero persistente: ¿esto es todo?
No hubo respuesta. Solo el mismo silencio.
Y aun así, cerró los ojos.
Porque aunque no tuviera ganas de vivir, todavía estaba aquí.




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