Quedarse tambien duele

Capítulo 2: Estar sin estar

El segundo día no fue distinto al primero, y eso fue lo que más le pesó a Sofía. No había pasado nada malo, pero tampoco nada bueno. Era como si la vida se repitiera con pequeñas variaciones irrelevantes, cambiando los detalles pero conservando el mismo fondo gris. Caminó por las calles con la sensación de estar atravesando un lugar que no terminaba de pertenecerle.
En medio de la gente, Sofía se sentía invisible. No porque nadie la viera —de hecho, la saludaban, le hablaban, le sonreían—, sino porque nadie parecía notar lo lejos que estaba. Respondía cuando le preguntaban, escuchaba cuando le hablaban, pero todo pasaba a través de ella sin quedarse. Era como estar presente solo por fuera.
A ratos, se preguntaba si así se sentían todos y nadie lo decía. Si esa desconexión era parte natural de crecer, de vivir, de aguantar. Tal vez el problema no era ella. Tal vez vivir siempre había sido así de pesado y los demás simplemente lo llevaban mejor.
Esa idea la acompañó durante horas.
En un momento del día, alguien le contó algo importante. Algo que, en otro tiempo, la habría hecho reaccionar: sorpresa, preocupación, interés. Esta vez solo asintió, con la sonrisa justa, con la respuesta correcta. Mientras la otra persona hablaba, Sofía se dio cuenta de que estaba pensando en otra cosa completamente distinta: en el sonido del ventilador, en una mancha del piso, en cualquier cosa que no fuera sentir.
Ese descubrimiento la inquietó.
No quería ser indiferente. No quería convertirse en alguien vacío. Pero tampoco sabía cómo volver a sentirse como antes. No había un botón para encender las ganas, ni un manual que explicara cómo reconectar con la vida cuando se apaga por dentro.
Al final del día, cuando el ruido se disipó y el cielo empezó a oscurecerse, Sofía sintió el cansancio instalarse otra vez en sus hombros. Regresó a casa con pasos lentos, como si su cuerpo ya supiera que no había nada esperándola, solo la repetición del silencio.
Se sentó en el sofá y dejó que el tiempo pasara. No prendió la televisión. No miró el celular. Simplemente estuvo ahí, observando cómo la luz del atardecer se colaba por la ventana y se iba desvaneciendo poco a poco. Ese momento, extraño y quieto, le provocó una punzada en el pecho. No de dolor, sino de algo parecido a nostalgia.
Recordó cuando el atardecer le parecía bonito.
Cuando podía detenerse a mirarlo sin sentir culpa por perder el tiempo.
Cerró los ojos y respiró hondo. Por un segundo, muy breve, sintió algo parecido a tristeza. Y aunque no era una emoción agradable, le sorprendió darse cuenta de que no era vacío. Sentir duele, pensó, pero no sentir nada duele más.
Esa noche, antes de dormir, Sofía escribió una frase en una libreta vieja que había encontrado en un cajón. No era un diario ni una confesión, solo una línea torpe, escrita sin pensar demasiado:
Hoy estuve aquí, aunque no lo parezca.
Al cerrar la libreta, no se sintió mejor. Tampoco peor. Pero algo había cambiado, apenas perceptible, como un hilo delgado sosteniendo algo frágil. No sabía si serviría de algo, ni si volvería a escribir. Aun así, dejó la libreta sobre la mesa, donde pudiera verla al despertar.
Se acostó con la misma pregunta de siempre rondándole la cabeza, pero esa noche había otra más pequeña, casi tímida, acompañándola:
¿Y si mañana no es exactamente igual?
No era esperanza.
Pero tal vez era el comienzo de algo parecido.




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