La libreta seguía ahí a la mañana siguiente. Sofía la vio apenas abrió los ojos, como si ese pequeño objeto tuviera más peso del que debería. No la abrió. Solo la miró unos segundos antes de levantarse. Saber que estaba ahí le provocó una sensación extraña, una mezcla de incomodidad y alivio. Era la prueba de que había dejado algo escrito, de que lo que sentía no había sido solo una idea pasajera.
Durante el día, esa sensación la acompañó. Cada vez que alguien le hablaba, Sofía pensaba en todo lo que no decía. En las respuestas reales que se quedaban atoradas en su garganta. Decía “sí”, decía “no”, decía “luego hablamos”, pero nunca decía estoy cansada, me duele existir, ya no sé cómo seguir. Las palabras importantes parecían demasiado grandes para salir.
No era miedo a hablar.
Era miedo a no ser entendida.
Había intentado explicarse antes, en otros momentos, con otras personas. Siempre terminaba minimizando lo que sentía, suavizándolo, convirtiéndolo en algo más digerible para los demás. “Solo estoy estresada”, “es una mala racha”, “ya se me pasará”. Y quizá por repetirlo tantas veces, empezó a creerlo un poco. Pero el cansancio no se iba.
Ese día, mientras escuchaba a alguien reír, Sofía se preguntó cuándo había sido la última vez que ella rió sin esfuerzo. No una sonrisa educada, no una risa breve por compromiso, sino una risa que naciera sola, que le moviera el pecho. El recuerdo no llegó. Solo un espacio en blanco que la inquietó más de lo que esperaba.
Por la tarde, regresó a casa con la cabeza llena de pensamientos sueltos. Se sentó en la mesa, tomó la libreta y la abrió. La frase de la noche anterior seguía ahí, escrita con letra insegura: Hoy estuve aquí, aunque no lo parezca. La leyó varias veces. No le pareció dramática ni profunda, pero sí honesta.
Tomó el lápiz y lo sostuvo entre los dedos durante un rato largo. No sabía qué escribir. Pensó en hacer una lista, en describir su día, en contar lo que le dolía. Nada salía. El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era tan agresivo. Era más bien expectante, como si algo estuviera esperando pacientemente.
Finalmente, escribió otra frase, corta y simple:
No sé qué me pasa.
Al verla escrita, sintió un nudo en el pecho. No porque resolviera algo, sino porque era verdad. No saber también dolía, pero al menos ya no estaba solo en su cabeza. Cerró la libreta con cuidado, como si lo que había dentro fuera frágil.
Esa noche, Sofía se dio cuenta de algo importante: no necesitaba tener todas las respuestas para empezar a decir la verdad. Tal vez no podía explicar su cansancio, ni su vacío, ni sus ganas de desaparecer por momentos. Pero podía reconocerlos. Y eso, aunque pequeño, era un acto de valentía.
Antes de dormir, pensó en las personas que la rodeaban. En cuántas de ellas realmente la conocían. En cuántas conocían solo la versión funcional, la que cumple, la que no molesta. La idea de dejar que alguien viera más allá le dio miedo. Pero también le provocó una curiosidad nueva.
¿Y si no tengo que poder sola?
La pregunta apareció sin exigir respuesta.
Apagó la luz con esa idea rondándole la mente. El cansancio seguía ahí, intacto, pero ahora había algo más acompañándolo: la sensación de que, tal vez, guardar silencio no era la única opción. Y aunque aún no sabía cómo hablar, al menos había comenzado a escucharse.
Por primera vez en mucho tiempo, Sofía no se durmió pensando solo en sobrevivir al día siguiente. Se durmió pensando que, quizá, escribir era una forma de quedarse.