MARGARITA
El sonido del monitor cardíaco no es fuerte, pero lo siento dentro del pecho como si fuese un golpe doloroso, mamá respira con dificultad, es un esfuerzo constante para mantener oxígeno en sus pulmones.
El doctor Toledo se quita los lentes antes de hablar y ese gesto me asusta tanto como su silencio momentáneo.
—La obstrucción coronaria ha avanzado —dice con un tono de voz bajo, profesional y diría que frío. —Necesita cirugía cuanto antes y no es opcional.
No es opcional.
Repito la frase por dentro como si pudiera cambiarla.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunto intentando no parecer arruinada.
—Para ser exactos; tres semanas. Más sería arriesgado.
Mamá aprieta mi mano, intento no respirar con agitación, su piel está más fría de lo normal y sus dedos más delgados. Siempre tuvo manos firmes las cuales eran muestra de que trabajó toda la vida, ahora parecen de papel.
Miro a mi madre —No me mires así, Margarita —dice, intentando sonreír. —Si me muero en tres semanas no sería el fin del mundo.
Yo sonrío también, porque no voy a llorar frente a ella.
—Claro que no, solo mi fin ¿No mamá? —Acaricio su mejilla. —Me moriría de hambre y eso que soy química alimentaria. Además, no seas dramática má, es solo una cirugía, vas a estar dándome de comer unos años más.
El doctor se aclara la garganta y me entrega el presupuesto. No lo miro de inmediato, primero observo su expresión por cinco segundos, cuando bajó la vista y veo la cifra, el aire se me quedó atrapado en la garganta.
¿Qué haré?
—El seguro cubre una parte, según el protocolo debe cancelar al menos el ochenta por ciento del costo total.
Lo que falta es una cantidad que no tengo, que no puedo conseguir vendiendo mi coche, ni vaciando mis ahorros, ni pidiendo diez préstamos seguidos en el banco.
Es imposible de pagar.
—Lo conseguiré doctor. —Digo con más seguridad de la que poseo.
—Bien, hemos terminado el día de hoy, nos veremos en tres días para la nueva revisión, debido a la gravedad de su estado serán de ese modo señora Olga.
—Gracias doctor. —Le ayudé a mi madre y salimos del consultorio despacio. Yo sostengo el bolso, mamá camina más lento de lo que debería y se nota cansada.
Tardamos en salir y de pronto se detiene.
—Hija… si no se puede, no te endeudes por mí, ya he sido suficiente carga para ti y Paul.
Me giró con rapidez. —No vuelvas a decir eso, mamá somos tus hijos, además Lirio te necesita.
Mi voz sale firme, más firme de lo que me siento. La envuelvo en mis brazos y beso su frente con amor. —Voy a conseguir el dinero. ¿Me oyes?
Ella me mira con esos ojos que siempre lo ven todo.
—Storm te ayudará —dice con suavidad.
Asiento.
—Claro que sí. Él siempre está cuando lo necesito.
Y lo digo convencida, llevó a mamá a la casa, mi tía la recibe y voy directamente a la oficina del amor de mi vida, trabajó para él desde hace un par de años.
Necesito ver a Storm, necesito sentir que esto no es solo una cifra imposible de pagar. —Bienvenida señorita Ferrer, puede entrar, el señor la esperaba. —Sonrió.
—Gracias Selma.
Entró a la oficina y de inmediato se puso de pie.
—Amor.
No pregunta, solo camina hacia mí y me envuelve en sus brazos y yo me rompo. Apoyó la frente en su pecho y dejó que la presión que he estado conteniendo salga en forma de gotas salinas.
—Estoy aquí —murmura con calidez.
Eso es todo lo que necesito escuchar.
—Es mamá —digo en un sollozo. —Necesita la cirugía con urgencia.
Él no se separa, me da palmaditas en mi espalda con suavidad.
—¿Cuánto falta? —Pregunta sin titubear.
—Yo no quiero… bueno.
—Dilo amor, para eso soy tu novio, estoy para ayudarte. —Escucharlo me da tranquilidad.
Le digo la cifra y siento cómo su cuerpo se tensa apenas un segundo, se aparta despacio y me mira, me adelanto antes que hable.
—Es un préstamo, te lo pagaré, no sé cómo, pero lo haré. Trabajaré horas extras, no quiero que tengas conflictos de intereses y…
—Te ayudaré, mi amor, ya lo dije.
Suspiro.
—¿De verdad?
—No vas a perder a tu madre por dinero.
No puedo evitarlo y lo abrazó otra vez.
—Gracias… no sabes cuánto te amo. Toda la vida voy a estar agradecida contigo.
Lo digo sin reservas, me acaricia el rostro con el pulgar.
—Harías cualquier cosa por ella, ¿verdad?
—Sí.
No dudo en mi respuesta.
—¿Y harías cualquier cosa por nosotros?
Asiento otra vez, entonces su tono cambia.
—Existe una cláusula en el convenio de expansión con productores independientes —dice. —Está activada desde hace meses.
Lo miro sin entender.
—El rancho Montoya firmó un acuerdo de evaluación técnica si solicitaban apoyo financiero. Podemos intervenir legalmente en sus procesos si se activa una auditoría estratégica.
Las palabras suenan corporativas y limpias.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo? —Pregunto sin rodeos.
—Eres especialista en cacao. Nadie sospechará si vas como consultora técnica, necesito que evalúes el proceso completo.
Asiento lentamente.
—Eso puedo hacerlo.
—No solo eso cariño, necesito su receta más valiosa.
El silencio se instala entre nosotros.
—¿Para analizarla?
Me sostiene la mirada.
—Para traerla y producirla.
Me alejo de inmediato.
—No puedo hacerlo, eso es confidencial.
—Es una cláusula del convenio. Podemos exigir acceso técnico, no estás robando. Estás cumpliendo una intervención empresarial autorizada.
Su voz es tranquila y razonable, pero hay algo que no encaja.
—¿Y si no quieren compartirla?
—Entonces debemos asegurarnos de obtenerla.
—¿Es una condición? —pregunto.
No quiero que lo sea, eso no sería honesto. Él no se apresura a responder.
—La transferencia del dinero puede realizarse esta semana —dice finalmente. —Pero necesito resultados rápidos, el mercado no espera.