MARGARITA
El camino hacia el Rancho Montoya no aparece en los mapas del GPS como debería.
Tuve que tomar un vuelo y luego un autobús donde no solo vienen personas, sino gallinas; a mi lado una oveja comía paja y el calor sofocante me obligó a bajar la ventanilla y fue la peor idea que se me ha ocurrido en todo este tiempo.
Corrijo; la segunda, la primera fue haber aceptado robar una receta ancentral.
En fin, mi traje impecable al salir de casa ahora está cubierto de un polvillo rojizo. Debí cerrar nuevamente con rapidez, mis fosas nasales aspiraron este polvillo y tosí en busca de aire.
Escucho carcajadas.
—Niña tonta de ciudad... —Escuche gritar cuando autobús frenó con brusquedad y termine con el rostro hundido en la hedionda y curtida lana de la oveja.
—¡Qué asco! —Intenté recomponerme, estaba perdiendo mi compostura.
Escuché carcajadas y como si eso no fuese poco de pronto me sobresalte mucho más. —¡Beee! —El balido de la lanuda me retumbó en el tímpano, me aparté de un salto, limpiándome el cara con la manga del blazer.
Solamente a mí se me ocurre.
Respiré hondo o al menos lo intenté, porque el aire estaba tan cargado de humedad y polvo que sentí arder mis pulmones;
“Solo es una auditoría”.
No lo es y esto es el karma actuando por querer tomar una receta que no es mía.
Todos van bajando del autobús. —Señorita usted se queda en la última parada. —Me dijo el amable conductor.
—Gracias señor.
Después de un largo rato el hombre se detiene y me mira como si estuviera loca.
—Suerte señorita, la va a necesitar, el señor Montoya, tiene un terrible genio y no le agradan los citadinos, es un hombre bruto sin amabilidad, dudo que dure más de una semana.
Mi corazón comenzó a bombear con fuerza cuando bajé mis tacones se hundieron y debí apartarme debido a que el autobús se va levantando una nube de polvo que tarda demasiado en asentarse y cuando lo hace, me doy cuenta de que estoy sola.
Nadie vino por mí, observó de un lado a otro y revisó mi teléfono.
Sin señal.
Intento no entrar en pánico, esto lo estoy haciendo por mi madre, respiró profundamente y sujeto mi maleta, el pánico se apodera de mí y busco en mi cartera el gas pimienta.
No sé cuál camino tomar, así que le hago caso al único letrero oxidado sujeto a una madera vieja que logro ver, tiene una flecha que señala hacia la nada y me encomiendo a Dios antes de caminar. El sol aquí es distinto, es abrasador y al mismo tiempo picoso.
Las gotas de sudor comienzan a caer por mi piel, arrastró mi maleta y a pocos metros se atasca en las piedras. La jalo con fuerza y termino tambaleandome para no caer al polvoso suelo.
¡Maldición! —Digo frustrada en voz alta. —No estoy hecha para esto.
Aun así, esta incursión a las tierras calientes del Paraíso del Cacao, le brinda a mi madre una cirugía segura. Después de quince minutos caminando, empiezo a preguntarme si tomé la decisión correcta y luego de veinte, estoy segura de que no.
Suspiro al ver el pueblo, es bonito y pintoresco, me acerco a la primera tienda que veo. Al entrar noto que el lugar se encuentra solo.
La campanilla sobre la puerta tintinea con un sonido agudo que parece demasiado fuerte para un sitio tan pequeño. El martilleo de mis tacones me recuerda lo fuera de lugar que me encuentro.
—¿Hola? —digo, intentando sonar segura.
No obtengo respuesta, ni un murmullo, ni un movimiento detrás del mostrador. Solo el zumbido de un ventilador que gira tan lento que parece estar a punto de rendirse.
Me acerco al mostrador y tocó la campanita.
—¿Hay alguien? Necesito… —No termino la frase. ¿Qué necesito exactamente? ¿Agua? ¿Direcciones? ¿Un milagro? Creo que este último no me vendría nada mal o me cocinaré viva.
Mis manos sudan tanto que siento como si las hubiera humedecido con agua, me obligo a respirar hondo, pero el aire caliente y espeso me llena los pulmones como si inhalara agua hirviendo.
De pronto, escucho pasos lentos y fue inevitable que mi corazón diera un vuelco cuando veo una sombra detrás de las cortinas que no había notado que estaban allí.
La cortina se abre y aparece una mujer mayor, de piel quemada por el sol, cabello recogido en un moño apretado y una expresión cansada.
Me observa de arriba abajo.
—Usted no es de aquí —dice, como si fuera una acusación.
—No, vengo de la ciudad al Rancho Montoya.
La mujer arquea una ceja y una sonrisa se dibuja en su rostro.
—Ah, así que usted es la nueva víctima.
—¿Víctima? —pregunto, sintiendo cómo un escalofrío me recorre la espalda a pesar del calor.
La mujer se encoge de hombros.
—El patrón no es fácil y menos con gente como usted.
Comencé a sentirme mareada y con nauseas, desconozco si es por el calor o eso de ser la nueva víctima