MARGARITA
El corazón empieza a latirme en la garganta y comienzo a temblar cuando la serpiente se desliza alrededor de mi tobillo; mi mundo da un vuelco, pienso en mi madre, mis hermanos y lo corta que fue mi vida.
No estoy exagerando, escucho el agua del río bajar mientras intento no moverme demasiado y no gritó de inmediato, pues el aire se queda atrapado en mis pulmones.
La veo perfectamente, es marrón, delgada y saca la lengua mientras se mueve con calma atemorizándome mucho más.
—No, no, no…
En un intento desesperado retrocedo y lo hago con torpeza al punto que tropiezo y caigo al suelo de espalda y esto le da una brecha a la serpiente a subir por mis piernas, luego por mi abdomen y cuando mi rostro se refleja en sus ojos me rindo, gritó.
No es elegante, ni digno. Es un sonido casi infantil e instintivo.
Intento sacudirla y solo logró enfurecerla más, siento el pulso en mis sienes y pienso en lo absurdo que sería morir aquí, en medio de la nada y cuando me va a atacar, solo cierro los ojos y espero la mordida; sin embargo, no llega.
Abro un ojo y busco la serpiente, ya no se encuentra encima de mí, la sombra de un hombre corpulento cubre mi rostro, es alto, lleva las botas cubiertas de polvo y una expresión de pocos amigos al mismo tiempo es de fastidio.
Como si yo fuera el problema y no la serpiente. Él sostiene al animal detrás de la cabeza, su cuerpo se enrolla en su brazo y yo me niego a respirar.
—Yo… —Mi voz no sale, estoy temblando todavía y no respiro como debería.
—¿Está herida? —pregunta, pero no suena especialmente interesado por mí.
Niego con la cabeza, me observa de arriba abajo.
—Esta hermosa especie, no suele atacar si no la pisan. Usted se metio en su camino. —Busca alguna herida en ese animal. —Estás bien, sin heridas preciosa, ya podrás irte. —Le habla a la serpiente ignorando mi presencia.
Su mirada baja a mis tacones y se da media vuelta camina unos cuantos pasos, deja a la serpiente en el pasto despreocupado.
—Gracias, pero no la pisé —respondo, todavía sin aire.
—Eso cree. ¿A dónde va con esos zapatos?
El sudor escurre por mi piel, mi cabello largo se adhiere a mi cuello y frente, me pongo de pie y noto lo grande que es.
—Soy Margarita Ferrer, química alimentaria especializada en cacao, me dirijo al rancho Montoya, para una auditoría.
—¡Afs! Claro, las mujeres de aquí no son torpes, ni les temen a las serpientes, mucho menos usan zapatos finos y trajes costosos para que se los mastiquen una vaca.
—Es un insolente, no soy torpe. —Bufa nuevamente. —No suelo serlo… —Corregí. —¿Acaso las vacas mastican tela? —Pregunté con asombro y gruñe enojado por mi pregunta. —Nadie fue por mí y no sé cómo llegar.
—Mi rancho no es un hotel y usted no es una invitada, sino una intrusa que viene a husmear…
Trague grueso cuando se giró a verme. Sacudo mis pantalones, levantado más polvo de lo que desearía, intento no parecer temerosa, pero si lo estoy, más cuando noto que sus ojos no son cálidos, sino oscuros y evaluadores.
—Pude haber muerto, gracias a su descortesía.
Él mira en la dirección donde dejó la serpiente y luego vuelve a mirarme…
—La que estuvo en peligro fue la serpiente.
Frunzo el ceño y mi nariz se calienta.
—¿Perdón?
—Pudo haber mordido a alguien que viene a meterse donde no la llaman y eso puede ser contagioso. Mi pregunta es ¿Cuál de las dos es la venenosa?
Mi sangre hirvió de enojo, esto es el colmo.
—Mire, señor Montoya… —Él baja la vista a mi dedo, el mensaje es claro:
No soy bienvenida.
Enderezo los hombros cuando se acerca aún más. Ahora sí noto cuán pequeña me veo delante de este vaquero rudo y odioso, pero no retrocedo.
—No estoy aquí por gusto —digo con firmeza. —Estoy aquí porque así usted lo permitió, no firme ninguna cláusula, su rancho tiene irregularidades financieras graves y si no coopera, podrían perderlo todo.
Apretó los puños con fuerza y se inclinó hacia mí.
—El rancho Montoya, no lo va a perder mi hijo por culpa de una citadina entrometida.
Mi estómago se contrae al escuchar que tiene un hijo, no lo sabía, en realidad no me dio tiempo de hacer mi investigación previa, ni de leer los documentos que me dieron del rancho.
—Señor Montoya, solo hago mi trabajo, será mejor que se acostumbre a mi presencia, porque voy a quedarme hasta que culmine la auditoría.
Se aleja unos cuantos pasos.
—Eso lo veremos… caminé, no tengo tiempo para perderlo con usted señora.
¿Acaso insinúa que parezco señora? Es un… imbécil.
—Señorita, no me he casado —corrijo, ofendida.
Pero él ya no escucha, se aleja sin mirar atrás, no me ayuda con la maleta ni siquiera se ofrece por educación.