RAFAEL
En el Rancho Montoya el día no empieza cuando el sol viste la llanura, sino antes del alba con café y trabajo.
Salgo de la casa sin hacer ruido, el cielo todavía está gris, pero los empleados ya se mueven, Moro mi caballo golpea el suelo con el casco cuando me acerco.
—Tranquilo.
Pasó la mano por su cuello, debajo de mi palma la sedosidad de su pelaje me vuelve.
—Buen chico.
Aquí las cosas son simples: si no trabajas, pierdes. Si no cuidas, se muere. Si no vigilas, te roban.
Moro relincha, conozco la forma en que lo hace cuando Tomás está cerca, me giro para verlo caminar hacia mí con las botas mal puestas y la camiseta arrugada.
—Te dije que no salieras solo. La mañana es fría. —No responde, nunca lo hace, no al menos desde hace tres años.
Tomás se acerca a Moro y el caballo inclina la cabeza para recibir el saludo de mi pequeño, el cual funciona, Tomás levanta su mano pequeña y pasa los dedos por el hocico del animal.
Moro se queda quieto, con él siempre lo hace, con nadie más.
—Ni siquiera desayunaste —murmuró.
Tomás sigue acariciando al caballo, el cielo empieza a aclararse.
—Vamos a comer, antes de iniciar con el trabajo.
Sigo esperando una frase o un balbuceo, pero su boca permanece cerrada. Recuerdo el día en que dejó de hablar, ese silencio de la casa después del entierro y por igual recuerdo la voz de Tomás llamando a su madre esa última noche.
Lo cargo sin preguntar, se aferra a Moro, pesa más que el año pasado y eso me tranquiliza, crece y está sano. Eso es lo único que importa.
No se suelta, espero con impaciencia hasta que Tomás decide soltar a Moro, entró a la casa y lo siento en la mesa. Le sirvo leche, no soy bueno con palabras suaves, pero soy bueno asegurándome de que no le falte nada.
Cleotilde entra a la cocina.
—Tomás se me escapó. —Asiento sonriendo.
La mujer suspira mientras se acerca al niño y le acomoda la camiseta.
—Siempre lo hace. —La mujer suspira al escucharme. —Por eso contratare dos niñeras que te asistan.
Cleotilde se queda quieta. Me mira como si hubiera dicho la peor tontería del mundo.
—Mijo, no es necesario.
Sacude la cabeza.
—Te cuidé a ti y ahora cuido a tu hijo.
Tomás sigue bebiendo su leche como si él no fuera el centro de esta conversación.
—Tus abuelos y tus padres fueron criados por mi abuela y por mi madre —continúa Cleotilde. —Es la tradición del cacaotal.
—Las tradiciones cambian, que recibas ayuda no tiene nada de malo, haces demasiado en el rancho.
—No las buenas tradiciones, mijo estoy bien, pero es tu decisión, sabes que Tomás lo que necesita es amor maternal. —Esto lo dijo bajando la voz. —Han pasado tres años y…
—Suficiente Cleotilde, mi hijo ya tuvo a su madre y no tendrá reemplazo en esta hacienda. —Lo dije con brusquedad. Tomás alzó la mirada, me observa profundamente, segundos después se levantó para sujetar la mano de Cleotilde, la está defendiendo.
Estoy de mal humor y no es por ellos, es por la estúpida auditoría, me comunicaron hace un mes, tengo todo grabado en la cabeza;
Orden contractual.
Auditoría técnica obligatoria.
Cláusula de ejecución inmediata.
Lo más absurdo, es que, si me niego, pierdo el rancho, mi padre firmó ese documento hace años, confiando en gente de ciudad que habla bonito y te envuelve con falsas promesas.
Yo heredé la deuda y la amenaza, pero mi hijo no lo hará. Odio las letras pequeñas y odio a la gente que sonríe mientras te pone una soga al cuello.
—Desayuna. —Es lo único que digo.
Salgo tan enojado que pateó una cubeta de aluminio. —No le daré una madre a mi hijo. —Digo con frustración.
—Es absurdo, que no quieras reemplazar el lugar de mi hermana con Tomás, cuando tú has estado con muchas mujeres en estos tres años ¿o te hace hipócrita?
—Claudia, no te metas en mis asuntos. —Digo cansado del tema.
—Apenas amanece y tu mal humor ya aparece. —Al girarme Claudia trae documentos y Esteban, mi capataz, inclina la cabeza quitándose el sombrero.
—Patrón, la auditora llega hoy, iré a buscarla, calculo que llegará a las doce del día.
Aprieto la mandíbula y entiendo los documentos de Claudia.
—¿Nombre?
—Margarita Ferrer, es la información que me enviaron por correo anoche mismo.
—Nadie irá por ella, deseo que todo esté impecable.
—Siempre está en orden, se perderá si no…
Lo miro fijo y detiene lo que diría, agacha la mirada comprendiendo que no estoy de humor.
—Iré a revisar la cosecha nueva. —No dije más, no quiero hablar.
No vinieron a auditar, lo que realmente es: vamos a meternos en tu casa y quedarnos con tu rancho.