Receta de Amor

Capítulo 6: Manos vacías

MARGARITA

El caballo se detiene frente a una casa, no es pequeña ni modesta; es una hacienda imponente rodeada de césped verde y brillante, árboles altos y jardines llenos de flores.

Margaritas coloridas, para ser exacta.

Por un segundo pienso que es una broma del destino; Margaritas en el jardín, justo cuando mi vida parece desmoronarse.

El agua todavía escurre por mi cabello, mi ropa está pegada a la piel y pese a la intensidad del sol, la brisa no es cálida, es tan fría como el agua del río, al punto que mis dientes rechinan.

Perfecto.

Así es no es como una auditora profesional debería llegar a su primer día de trabajo: empapada, sin maleta y montada en el caballo del hombre que claramente quiere que desaparezca de su rancho.

Levantó la vista hacia la casa y por la forma en que todos en el patio me miran ahora mismo, también está llena de testigos de mi humillación.

El ogro Montoya no me ayuda a bajar.

—Ya llegamos —dice finalmente, sin mirarme. —Bájese antes que Moro la arroje, no le agradan los extraños.

Eso ya lo noté.

Intento bajar del caballo con algo de dignidad, pero mis piernas tiemblan por el frío y por la tensión. Cuando toco el suelo, mis zapatos hacen un sonido húmedo y desagradable contra la tierra.

Genial.

Un hombre se acerca desde el otro lado del patio, quitándose el sombrero con respeto.

—Patrón.

Luego me mira a mí, sus cejas se levantan ligeramente, no lo culpo, debo parecer una criatura salida del río.

—¿La señorita es…? —empieza a decir.

—La auditora —responde Rafael con evidente fastidio. Varias miradas más se clavan en mí, algunas curiosas y otras desconfiadas, aprieto los dientes, porque si hay algo que no voy a hacer hoy es llorar frente a todos ellos.

No después de ese bochornoso momento con la serpiente y el río.

Una mujer mayor sale de la casa con paso firme. Tiene el cabello gris recogido y una mirada que parece a la de mamá, me observa de pies a cabeza.

—Jesús bendito… —murmura.

Se acerca sin permiso. —Vas a pescar una pulmonía, muchacha. —Su tono no es hostil, sino cálido y preocupado. Detrás de ella aparece un niño.

Debe tener unos siete años o tal vez ocho, cabello oscuro y mirada seria, no dice nada, me observa, sus ojos pasan lentamente por mi ropa mojada, por mis manos temblorosas y por mi cabello pegado a la cara.

Por un segundo pienso que va a reírse, pero no lo hace, supongo que es el hijo del ogro Montoya, el pequeño, desaparece dentro de la casa nuevamente y unos segundos después vuelve.

Me sorprende cuando trae otra toalla, camina directamente hacia mí, ignorando a todos los demás. —Tomás… —Pese al llamado del ogro. Se detiene frente a mí y levanta los brazos para ofrecerla.

No dice una palabra, pero su gesto es tan sencillo que algo dentro de mi pecho se aprieta.

—Gracias pequeño… —Digo, pero mi voz emerge un poco quebrada.

El niño solo asiente, Rafael observa la escena desde unos metros de distancia con seriedad y cruza los brazos.

—Tomás, no hables con extraños. —Lo regaña y lo miro, es un desagradable.

Su expresión es difícil de leer, pero hay algo nuevo allí, tal vez sorpresa, molestia o quizás ambas.

—Tomás —dice nuevamente, como no responde se gira y sostiene al niño entre sus brazos, pero ni siquiera responde, ni lo mira a mí, el pequeño, sigue observándome con esa misma intensidad, Rafael resopla, aprieto la toalla contra mis hombros.

—Cleotilde —dice él finalmente. —Llévela adentro.

La mujer mayor suspira con paciencia y el niño no dice nada, se pierden de mi vista y sorprendentemente el caballo los sigue.

—Ven, muchacha —dice con suavidad, tomando mi brazo. —Este hombre nació gruñón y empeoró con los años.

Camino junto a Cleotilde hacia la casa, sintiendo todavía las miradas clavadas en mi espalda. El interior es tan impresionante como el exterior: techos altos de madera oscura y grandes ventanales, además el suelo reluce.

Es perfecto.

Voy a arruinarlo todo con cada paso mojado. Cleotilde me guía hasta la cocina, una habitación enorme que huele a chocolate recién hecho y pan caliente.

—Siéntese muchacha. —ordena, señalando una silla. Obedezco, la mujer me entrega una taza humeante. —Tenga señorita.

El aroma es tan fuerte que casi me hace cerrar los ojos.

—Gracias —murmuró. Levantó ligeramente la taza.

Levantó ligeramente la taza y pruebo el chocolate, lo saboreo con paciencia, como química alimentaria, nunca percibo los alimentos como los demás.

La textura es sedosa, el aroma tiene notas profundas, casi terrosas, es cacao puro, no industrial ni procesado, mis ojos se abren un poco.

—Esto… —murmuro, sorprendida. —¿Es cacao del rancho?




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