MARGARITA
Doy vueltas en la habitación dispuesta para mí.
No es cálida ni acogedora como esperaba, sino rústica. Sin embargo, todo está impecable y es hermoso. Camino descalza sobre el suelo de madera.
—Esto es ridículo… —murmuro.
Justo cuando estoy considerando volver a ponerme mis zapatos mojados para buscar ayuda, escuchó unos golpes suaves en la puerta.
—¿Señorita?
La voz de Cleotilde se filtra desde el otro lado.
—Pase.
La puerta se abre y la mujer entra con otra taza de chocolate, aperitivos y galletas con chispas de chocolate.
—Pensé que necesitaría esto.
—Gracias.
Cleotilde observa mi ropa empapada y niega con la cabeza.
—Le prestaría algo mío, muchacha, pero creo que no le quedaría muy bien.
Me mira con simpatía.
—No se preocupe, el patrón me comentó sobre la maleta. —añade. —La señorita Claudia vendrá enseguida.
—¿Claudia?
—La administradora del rancho. Traerá ropa adecuada para usted.
Asiento.
—Se lo agradeceré mucho.
Cleotilde se dirige hacia la puerta y antes de salir, llega otra mujer. Lleva botas, una falda larga y un chaleco, es elegante. Cabello oscuro perfectamente recogido.
—Así que tú eres la auditora.
Su voz es suave.
—Margarita Ferrer. —Extiendo mi mano. Sus ojos bajaron hacia mi ropa mojada.
—Claudia Duarte. Administradora del Rancho Montoya. Veo que el río ya te dio la bienvenida al rancho.
No sonríe, solo deja una caja rectangular sobre la cama. Abre la caja con calma, dentro hay varias prendas dobladas con cuidado. Claudia toma un vestido y lo levanta ligeramente.
Es sencillo, pero hermoso. Un tono crema suave con bordados discretos en el cuello y las mangas.
—Esto debería quedarte bien —dice.
Lo sostiene frente a mí, sus ojos brillan apenas, como si hubiera confirmado algo que esperaba.
—Sí, creo que servirá. Mil gracias.
—No te preocupes —responde con naturalidad. —En esta casa hay cosas guardadas que nadie usa. Por otra parte, Rafael me pidió que te facilitará la información que necesites.
Aunque no me convence del todo, al menos ha sido respetuosa. Extiende una carpeta hacia mí.
—Agradezco la cooperación.
Abro la carpeta. Dentro hay documentos organizados con precisión: inventarios, registros de producción, gastos operativos.
Levantó una ceja.
—Está todo muy ordenado.
—El rancho no funciona solo con caballos y machetes —responde con calma. —También necesita números claros, no somos unos arcaicos.
—Lo siento, yo no quise decir eso.
Paso algunas hojas.
—Pero lo pensó, allí tiene la producción de cacao, transporte y exportaciones.
Claudia me observa mientras reviso los papeles.
—Imagino que sabes por qué estás aquí —dice finalmente.
—Auditoría financiera previa a una posible ejecución de deuda.
No parpadea.
—Embargo.
Su forma de decirlo es fría y directa.
—Eso dependerá de los resultados.
—O de lo que decida la empresa que te envió.
Cierro la carpeta.
—Yo solo hago el informe.
Claudia cruza los brazos.
—Claro. Aunque curiosamente tu empresa decidió mandar a una química alimentaria a revisar un rancho y no a un contador.
Mi corazón palpita con fuerza. ¿Acaso lo sabe? Niego mentalmente, es imposible que lo sepa.
—El cacao no es solamente agricultura y números. —Dije. —Es tradición y cultura. —Expongo mi punto de vista.
—Lo sé.
Se acerca a la ventana.
—Este rancho lleva generaciones produciendo uno de los mejores granos de la región, pero antes de hablar de números, deberías cambiarte y después te llevaré a revisar los registros de producción.
Hace una pausa.
—Así podrás empezar tu informe mañana temprano.
Asiento.
—Perfecto.
Se dirige hacia la puerta y me deja sola, lleno mis pulmones de oxígeno. Me preparo, uso unos botines que estaban dentro de la caja, un lindo vestido y peino mi cabello con los dedos.
Debo ir al pueblo por artículos personales y ropa. Momento después salgo de la habitación.
—¿Lista? —pregunta Claudia desde el pasillo.
Abro la puerta. Sus ojos me recorren rápidamente, evaluando el vestido.