Receta de Amor

Capítulo 8: No eres ella

RAFAEL

No debería estar pasando. Es el colmo, eso es lo único que puedo pensar mientras observo la escena frente a mí.

Tomás está abrazado a esa mujer, que lleva el vestido de mi esposa, ya fue suficiente que se pusiera de su lado al entregarle una toalla. Mi hijo no es amable, es huraño: él huye de las personas.

Mis manos se cierran en puños.

—Tomás.

Mi voz suena firme, como siempre, pero me siento contrariado y confrontado cuando el niño no se mueve ni un centímetro. Sigue aferrado a la tela de ese vestido.

Ese maldito vestido.

Mi mirada vuelve a posarse en él sin poder evitarlo, lo reconocería entre miles de vestidos, Silvia lo usó el último verano antes de…

¡Maldición!

Aprieto la mandíbula, no puedo pensar en eso aquí ni ahora.

—Tomás —repito.

No sucede nada, ese hijo mío, ni siquiera levanta la cabeza, al contrario, solo se aferra más fuerte a la mujer.

A esa tal Margarita.

—Tomás, es suficiente. Vete a la casa. —Claudia se le acerca y lo intenta tocar, pero niega en silencio moviendo la cabeza con fuerza.

Ella parece tan confundida como yo, sin embargo, se agacha y lo envuelve en sus brazos. —Tomas, mucho gusto. Soy Margarita y te pido disculpas por llevar este vestido.

El niño no responde, claro que no lo hará, pero ella no lo sabe. Mis dientes se aprietan.

—Tomás —repito, esta vez más bajo. —Suéltala y ven aquí, ahora mismo, si no te castigaré y no verás a Moro.

—Esto es ridículo. —Escucho a Claudia y la ignoro.

Cierro los ojos un segundo, cuando vuelvo a abrirlos, él sigue ahí, aferrado a esa mujer.

El niño levanta la cabeza, sus ojos oscuros se encuentran con los míos, mi pecho se tensa. Nunca me había desobedecido de esa forma.

—Ya basta —dice. —Solo es un niño confundido. —Dice a voz baja, cuida a mi hijo y eso lo noto.

—No está confundido. —Mi voz sale más ronca de lo que esperaba.

—Está haciendo algo que no hace.

Margarita levanta la mirada hacia mí. Todavía está agachada, sosteniendo a Tomás con cuidado.

—Lo entiendo, no quiero incomodar —dice en voz baja. —Puedo apartarme.

Pasó una mano por mi cabello, tratando de ordenar mis pensamientos, esto no tiene sentido: Mi hijo no habla, no se acerca, no confía en otros y, sin embargo, está tranquilo en los brazos de una desconocida.

—Tomás, debes ir con tu padre, soy una desconocida y eso le preocupa, te ama y por eso quiere que estés siempre a su lado.

La escucho.

Desconozco qué me molesta más. Si el tono suave con el que le habla o el hecho de que mi hijo la mira con atención casi hipnótica.

—¿Lo harás por mí? —Acuna las mejillas de mi hijo y este asiente. —Gracias vaquerito. —Claudia intenta tocarlo y la ignora, mira una vez más a esa desagradable mujer y asiente con delicadeza, la mira dos segundos más antes de apartarse.

Cuando camina hacia mí, no se deja tocar con Claudia, al llegar a mi lado, extiende sus manos para que lo alce y esto hago.

Tomo entre mis brazos a mi pequeño, esconde su rostro en mi cuello y por un instante me siento tan pequeño como él. Levantó la mirada y Margarita sigue ahí observándonos en silencio y me resulta incómodamente familiar.

Es pena.

Mi hijo y yo no necesitamos la lastima de una citadina, torpe y entrometida.

—Cámbiate —digo finalmente y luego veo a Claudia.

—Lo haré señor Montoya. —Su tono es profesional y Claudia intenta intervenir, no dejo que hable.

—Hablaremos luego. —No espero respuestas, caminó hacia la casa con mi hijo. Entró a la cocina, me gusta alimentarlo. Cleotilde está en plena preparación de la cena, busco en la nevera y encuentro una torta de chocolate, sirvo leche fría y vuelvo al patio trasero y me meto en una hamaca.

Le doy el postre y la leche.

—Hijo, esa mujer no es tu madre, ella ya no está con nosotros ¿Lo recuerdas? —Decirlo es amargo, pero ver sus ojos cristalizados es desgarrador.

Trago en seco.

—Tomás…

Mi voz ya no suena firme, baja la mirada y eso es peor, no es un simple berrinche, es algo que no debería estar ahí.

Dolor.

Un dolor tan silencioso que no sabe expresar y que, aun así, entiendo. Aprieto la mandíbula.

—No —murmuró más para mí que para él. —No hagas eso.

Pero lo está haciendo, está sintiendo y no sé cómo ayudarlo.

Nunca supe.

Ni cuando dejó de hablar y se encerró en sí mismo. Pasó una mano por mi rostro más que cansado, es frustración de ser su padre y no poder suplir sus necesidades emocionales.

—Ella no es tu madre —repito, esta vez más bajo. —No se parece, no es…




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