Receta de Amor

Capítulo 10: Un huracán

RAFAEL

Esa mujer es torpe, apenas camina unos cuantos pasos y ya tiene botas hundidas en el barro, el cabello pegado al rostro por la humedad, las manos manchadas de pulpa y los ojos demasiado atentos en mi cosecha.

Sebastián la pone a prueba, como le pedí, no esperaba mucho.

Una citadina con títulos no debería durar un día entero en el rancho, he tratado con entrometidos, se quejan, retroceden, piden sombra, agua, excusas y terminan renunciando.

Cuando analiza la pulpa no lo hace de forma superficial, pues destaca dulzor, acidez, las notas, estructura del mucílago, fermentación y consistencia. Descubro que no es solo una mujer normal, conoce y eso me preocupa y me deja alerta.

Porque no es la primera que envían a husmear con doble intención, no tengo pruebas de que ella sea una más, pero tampoco puedo darme el lujo de confiar, debe irse pronto.

Se resbala y la torpe pierde el equilibrio, antes de pensarlo, la sujetó, mi mano se cierra alrededor de su brazo, su piel está tibia y húmeda por el calor. El aire se vuelve más denso o tal vez soy yo.

La obligó a mantenerse en pie y cuando levanta la mirada cometo un error; la sostengo más de lo necesario.

No por descuido, sino por elección, quiero entender qué es lo que no encaja en ella, pero lo que encuentro no me gusta; no hay miedo, sino resistencia.

—Usted es torpe y anda metiendo los pies en todos lados. —digo, soltándola finalmente. —Si se lastima tendré que pagarla como nueva. —Gruño apartándome.

Ella retrocede apenas, pero no baja la mirada.

—Señor Montoya, es cierto, que mis zapatos no son adecuados para este terreno, pero intentaré no seguir metiendo mis pies en todos lados. —Dice con profesionalismo.

La observo un segundo más.

—Aquí tiene que resistir.

No hablo del terreno.

—Lo haré hasta tener mi informe.

Ahí está otra vez, su tediosa determinación.

—Más le vale que se vaya pronto —digo despreocupado y Sebastián se retira sin decir nada.

—Gracias por la maleta —dice ignorando que la estoy corriendo.

La miró, sin suavizar mi mirada, ni mis palabras.

—Era buscar la maleta o permitir que usara la ropa de mi esposa. —Doy media vuelta, sin esperar su respuesta. —Ahora viene conmigo.

No es una invitación, es una orden y empiezo a caminar sin comprobar si me sigue, pero lo hace.

Lo escucho en cada paso inestable detrás de mí, en cómo el barro intenta retenerla y aun así insiste. No se queja y sorpresivamente no pide ayuda.

Eso me irrita más de lo que debería, porque debería haberse rendido, aprieto la mandíbula y avanzó más rápido, obligándola a adaptarse o quedarse atrás.

No me detengo, seguimos avanzando hasta que el terreno desciende levemente y el olor cambia, más ácido.

Me detengo en seco y casi choca conmigo, pero logra detenerse a tiempo.

—Aquí —digo.

Frente a nosotros, las cajas de madera están alineadas, algunas abiertas, otras cubiertas. El calor es distinto aquí, los trabajadores se mueven con precisión, es proceso.

—Fermentación primaria —explico, aunque no suelo hacerlo. No debería explicarle nada, pero lo hago. —Aquí se define el perfil.

La observo de reojo, no toma notas, solo se acerca y se inclina ligeramente sobre una de las cajas abiertas. El vapor cálido sube, impregnado de ese olor agrio y dulce que pocos toleran al principio.

No retrocede.

—La masa está mal distribuida. Si no corrigen el volteo, la fermentación se va a descontrolar. —Hace una pausa mínima. —Y cuando eso pase, ya no habrá nada que rescatar.

Siento cómo algo se tensa en mi pecho, no por el cacao, sino por la forma en que lo dice como, doy un paso hacia ella e invado su espacio sin pedir permiso.

—No se confunda. Aquí nada se pierde si yo no lo permito, además no le pregunte solo debe anotar y cerrar su boca.

Se torna roja.

—Eso no es control. —dice. —Eso es creer que lo tiene, por eso sus deudas ya están a máxima capacidad.

Chispeo de enojo, que sabe ella de mi rancho, de mis deudas.

—¿Quién demonios cree que es? —preguntó, sin alzar la voz.

—Alguien que no está intimidada por usted.

La observo, no como intrusa, sino como una amenaza.

—Aquí todos se intimidan —respondo. —Antes o después.

—Yo no vine a temerle, señor Montoya —dice. —Vine a ver en qué punto está fallando su administración.

—Mi administración no es asunto suyo —murmuró.

—El cacao corresponde a la administración —responde. —Si falla su producto estrella, falla todo.

—No sabe de lo que habla. Además, sé exactamente qué hacer cuando algo empieza a pudrirse.

—Ese es su primer error, creer que todo lo que no controla lo está atacando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.