Receta de Amor

Capítulo 11: Atadura

MARGARITA

El barro se seca más rápido de lo que uno imagina.

Lo descubro mientras camino de regreso, con las botas pesadas, la ropa pegada al cuerpo y el olor del cacao todavía adherido a mi piel como una segunda capa.

—Señorita Ferrer.

No me detengo al escuchar la voz de Claudia a mi espalda, pero reduzco la velocidad lo suficiente para que me alcance.

—¿Qué le sucedió? —Pregunta al caminar a mi lado.

—Un perro me atacó y me arrojó al barro. —digo encogiendo mis hombros. —Nada bueno me ha sucedido desde que llegué, parece que fue hace un mes. —Respondo sin filtro.

—Lo siento, mi cuñado es un poco temperamental, no quiere perder el rancho. —Sus palabras dicen más de lo que deberían, el tono que usa no es de preocupación, lo percibo.

—Es entendible, nadie quiere soltar lo que se ha ganado con esfuerzo y trabajo. —Es mi opinión.

Cleotilde trae mi libreta.

—Señorita, le preparare agua caliente —Dice de forma respetuosa. Asiento una sola vez.

—Gracias.

Continuó caminando. —Espero que los días venideros sean más agradables.

Sonrió, mi rostro se tensa al sentir el barro seco cuarteandose en mi rostro. —¡También lo espero! —Digo resignada, pero en el fondo merezco cada cosa que me ha sucedido, vine a tomar algo que no me corresponde.

Mi madre me enseñó a ser honrada, aun así, vine aquí con doble intención.

—Sígame, la llevaré al patio. —Sigo a Cleotilde, dejando a la administradora detrás de mí.

Tal como lo pide la mujer me lleva al patio, pero allí está ese hombre echándole agua a su hijo con una manguera, el perro salta alrededor, empapándose con la misma felicidad desbordada con la que minutos antes me había tumbado al suelo.

Me detengo en seco.

Hace un momento ese hombre era una pared impenetrable, dura, hostil y ahora está ahí, con las mangas arremangadas, el ceño menos rígido, sosteniendo la manguera mientras su hijo intenta esquivar el agua sonriendo.

—El niño Tomás no hablaba desde que murió su madre, lo hizo hoy solo para defenderla de Blitz. —Esa confesión me estremece de pies a cabeza.

Muerdo mis mejillas internas, es tan pequeño para haber perdido a su madre y su voz al mismo tiempo.

—Se va a enfermar —digo antes de pensar, Rafael levanta la mirada hacia mí, se nota incómodo con mi presencia.

El agua sigue corriendo, pero algo en el aire se detiene.

—No se enferma —responde sin apartar los ojos de los míos. —Está acostumbrado.

Su tono no es amable, pero tampoco es el mismo de antes. Eso me irrita, pero prefiero cuando es claramente un ogro.

—Lo siento, pensé en voz alta. —El pequeño Tomás me observa y camina hacia mí, sujeta mi mano y me jala, intento negarme y de pronto el chorro de agua cae en mi cabeza, escurriendo el barro acumulado en mi cabello.

El perro intenta saltarme nuevamente y Tomás lo detiene casi de inmediato levantando un dedo. Sonrío, es obstinado como su padre.

—Es una intrusa ¿Lo sabe verdad? —Es un… respiro profundamente.

—Una intrusa que se ganó al dueño más importante. —Le muestro mi mano sujeta al de mini vaquerito, el golpe es intencional y certero.

Rafael no responde de inmediato, pero su mandíbula se tensa, el agua sigue cayendo fría y sin piedad. El barro comienza a deslizarse por mi rostro, por mi cuello, por la ropa ya arruinada. Respiro hondo, contengo el impulso de apartarme, sin embargo, no le voy a dar el gusto.

Tomás sujeta mi mano con más fuerza, como si su pequeño gesto fuera suficiente para anclarme.

—No se confíe, porque el dueño aún no tiene edad para decidir. —El señor Rafael, no se ve cómodo. —Vamos Tomás es suficiente. —Detiene el agua.

El vaquerito me observa, mueve sus pestañas húmedas cautivandome, es tan precioso, tiene pecas, su cabello oscuro cae y su mano me suelta con lentitud, como disculpándose por obedecer a su padre esta vez.

Lo dejo ir, es tan bello que provoca apretar sus mejillas. Se apartan, el cachorro sacude su pelaje y se queja el ogro.

—Necesito ese baño con urgencia. —Cleotilde sonríe.

—Ya el barro se fue, ahora sí tendrá su baño con agua caliente.

Mi corazón palpita con fuerza, recordando que el pequeño tardo tres años sin hablar y lo hizo cuando estaba en el suelo, cubierta de barro, riéndome como una idiota.

Una frase más viene a mi mente.

“Aquí tiene que resistir.”

Aprieto la mandíbula. —Maldito hombre… —murmuró. No sé si lo odio o si me irrita no poder ignorarlo.

Camino directo al baño y allí está la tina humeante, abro la llave, me sumerjo, el vapor comienza a llenar el espacio, el primer contacto quema, pero no me aparto.

Minutos después estaba lista, con un nuevo cambio de ropa y el rostro de Tomás aparece en mi mente, su pequeña mano apartando mi cabello.




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