Receta de Amor

Capítulo 12: Confundido con otro

RAFAEL

No debería estar frente a su habitación, no me decido si tocar o esperar, esa irritante mujer es un problema, lo que no esperaba es que provocara un caos en mi rancho con apenas dos días de su llegada.

Su inteligencia y sabiduría sobre el tema es sorprendente; Más allá de ser una auditora conoce sobre la cosecha.

La puerta se abre, logro verla, viste de forma profesional, aunque su cabello está húmedo, no es del todo liso, tiene unas ondas naturales muy bonitas… ¿Bonitas? Niego de inmediato.

—Señorita Ferrer.

Se sorprende al verme.

—Dígame señor Montoya.

—Tenemos que hablar, sobre usted —La veo tensar de forma sutil. —Y sobre lo que está empezando a provocar en este rancho.

—No entiendo a qué se refiere. —responde, recuperando la compostura profesional. Miento si digo que no me irrita y digo la verdad si admito que también me intriga.

Me separo del marco y doy un paso hacia ella y luego otro. El pasillo no es estrecho, sin embargo, lo siento así y el aire es escaso.

—Sí entiende —murmuró. —Sígame. —La miro a los ojos y ella baja la mirada casi de inmediato, se queda quieta, no avanza ni retrocede.

Ignoró este hecho, le doy la espalda y caminó, bastaron apenas unos segundos para que la citadina se pusiera en marcha.

La guío, abro la puerta de mi despacho, espero que ella entre y cierro la puerta detrás de nosotros.

No tomé asiento, pero, aunque soy un bruto, mi madre me educó bien. —Tome asiento señorita Ferrer. —Lo hace de inmediato.

—¿Cuándo se regresa a la ciudad? No la quiero aquí y lo sabe. —Gruñe como perro rabioso.

—Tampoco quiero estar aquí y usted lo sabe, este proceso es administrativo y terminará cuando deba terminar, además, de la compañía me exigieron que debo auditar la producción de los chocolates.

Me tenso.

—El proceso de producción no está incluido, es un secreto familiar. —Se mueve incomoda. —Usted vino a hacer un informe, no a involucrarse.

—No lo estoy haciendo, cumplo con el protocolo establecido, me mostró la cosecha, debe mostrarme la producción.

—Mi hijo piensa lo contrario, se está involucrando, él habló hoy después de un tiempo sin hacerlo. —añado.

Su mirada cambia. —Lo menos que deseo es crear un vínculo, pero quizás el niño vio algo más en mí que una amenaza. —Lo dice con ironía, claro que es una amenaza.

—Mi hijo es inocente, yo he tratado con serpientes, arañas, y alacranes venenosos, conozco la ponzoña con veneno debajo de lo inofensivo.

Noto incomodidad en su mirada.

—Es un niño inocente, pero quizás necesita ayuda de alg… —Impido que continúe.

—No la necesita a usted, de eso estoy seguro.

—Claro, soy una desconocida y no me quedaré, de eso también estoy segura. —dice finalmente. —Pero mi recomendación es que lleve a Tomás con psicólogo y… —Golpeó la mesa del escritorio.

—Fuera de mi vista.

—Usted es un ogro insufrible, por eso Tomás no habla. —Mi sangre burbujea y caminó con rapidez hasta donde se encuentra, ella se coloca de pie y sujeto sus manos con rabia.

—No vuelva a mencionar a mi hijo de esa forma —gruñó, apretando sus muñecas más de lo necesario.

—Suélteme, me lastima señor Montoya. Esto se está pasando de lo profesional a lo personal y eso no es conveniente. —No lo hago, lejos de soltarla la acerco un poco más, lo suficiente para que entienda que aquí mando yo o al menos eso intento sostener.

Sus pestañas son tupidas, sus mejillas están enrojecidas, sus labios quedaron entreabiertos y el tono de su piel es cálido.

—Entonces aprenda a no decir estupideces y a meterse donde no la llaman, dejará de ser una advertencia.

—¿Acaso es una amenaza? —Intenta soltarse mientras pregunta. Su respiración se agita, pero no retrocede, ni se rompe y eso me irrita más que cualquier insulto. —¿Le duele pensar que no ha sido un buen padre?

—Es una entrometida.

—No me ofende, porque me pagan para ser una entrometida de empresarios desastrosos con finanzas decadentes. —Es un golpe bajo, es una maldita bruja que usa palabras bonitas mientras te aniquila.

Mis manos se tensan, nos miramos por demasiado tiempo, su respiración se agita y mi pecho se aprieta de una forma extraña y la suelto de inmediato debido a la corriente eléctrica que sentí recorrer mi piel.

—Salga de mi despacho.

No se mueve, ni un centímetro.

—Le dije que saliera —repito.

Ella se acomoda las muñecas con lentitud y noto las marcas que deje en ellas.

—Me voy, pero me debe una disculpa ahora.

—Lo haré cuando usted se vaya de mi rancho.

Sonríe de mala gana y sin más me deja solo, es una bruja insolente. La puerta se cierra, el silencio no me trae alivio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.