Receta de Amor

Capítulo 13: Te quedarás con nosotros

MARGARITA

Despertar aquí debería ser más sencillo, pero no lo es. Este techo no es mío y esta sensación en mi cabeza definitivamente no es mía.

Gimo apenas al intentar incorporarme, mi movimiento brusco fue un claro error, todo a mi alrededor da vueltas y mi estómago está revuelto.

—Perfecto… —murmuró con la voz rota. —Eras una profesional ejemplar, Margarita. Ahora te emborrachas y quieres robar una receta.

En realidad, no lo quiero hacer, me hace sentir fatal jugar con la herencia de generaciones.

Según los informes, Rafael ha logrado levantar el rancho un cincuenta por ciento, su padre dejó un desastre de deudas tras su muerte. Él no es quien llevó el rancho a la ruina, tras su efectividad de trabajo ha logrado saldar deudas y tener ganancias.

Cierro los ojos con fuerza, tratando de reconstruir la noche anterior: Algunos recuerdos llegan, el retumbar del tambor, el fuego crepitando acompañado de ese delicioso licor de cacao…

¡Oh, Dios! El licor.

Abro los ojos de golpe y me llevo una mano a la frente.

—No debiste beber eso…

Pero lo hice y fue bastante. Imágenes sueltas vienen a mi mente, las risas, Cleotilde bailando, yo… bailando.

Trago saliva.

No, no, por favor, no.

Bajo la mirada y noto que sigo vestida, aunque la ropa está arrugada. Mis botas están a un lado, mal colocadas. Eso significa que al menos no hice algo completamente irreparable. ¿O sí? Hay algo que no encaja.

Es una sensación que se convierte en un calor incómodo en el pecho, como si hubiera cruzado una línea que no recuerdo.

Me pongo de pie con cuidado, ignorando el leve mareo, voy al cuarto de baño y el reflejo en el espejo me hace ver cuán despeinada estoy, mis ojos hinchados están hinchados como si fuese llorado por largo tiempo.

Me llevo los dedos a ellos de forma inconsciente a mis labios y un destello. Un recuerdo incompleto de alguien muy cerca, mi respiración se corta.

—No…

Humedezco mi rostro, cierro los ojos intentando recordar. ¡Qué vergüenza! Debo irme cuanto antes.

Me doy una ducha rápida, uso ropa menos formal, golpean la puerta, me tenso. —Señorita… —Es la voz de Cleotilde, habla con suavidad. —Le traje café.

Exhalo aliviada.

—Pase.

La puerta se abre y entra con una bandeja. El aroma del café es casi milagroso.

—Gracias —digo tomando la taza como si fuera salvación.

Doy un sorbo y mi cuerpo lo agradece.

—¿Durmió bien? —La pregunta es inocente, pero me incomoda.

—Creo que sí, aunque mi cabeza duele. —Busca en un bolsillo de su delantal. Extiende una caja de analgésicos.

—Anoche fue una noche bonita.

Me quedo quieta.

—¿Bonita? —Sorbo otro poco de café.

—Sí —asiente. —Hace tiempo que no veíamos al patrón quedarse tanto rato.

El café quema mi lengua y mis mejillas comienzan a quemar más que el propio líquido humeante.

—¿El señor Montoya?

—Sí.

Mi pulso se acelera sin permiso.

—¿Y qué más? —No debería preguntar, pero lo hago. Cleotilde ladea la cabeza.

—La trajo hasta aquí.

El aire se me va de los pulmones, yo… ¡No puede ser!

—Usted no podía caminar bien —añade con naturalidad. —Él la sostuvo todo el camino.

Cierro los ojos un segundo.

—Ya me voy debo ir con el niño Tomás… La espero en la cocina con su desayuno señorita. —Asiento, ella se va. Dejándome con más preguntas que respuestas.

Aprieto la taza entre mis manos. Él me trajo ¿Qué hice yo?

La sensación de antes regresa con más fuerza que antes, es ese instante que no logro ver, pero que siento.

—No… —susurro otra vez. Hay algo más que sí recuerdo mi voz. “Storm, eres un idiota, pero aun así me quiero casar contigo.”

Abro los ojos de golpe, el café se derrama sobre mi mano, ni siquiera lo siento, mi respiración se descontrola.

No.

No, no, no.

—Dime que no lo dije… —murmuró, desesperada. Cierro los ojos con fuerza. —Dios mío… —Me llevó ambas manos al rostro. —¿A quién besé?

Estoy muerta, no profesionalmente, eso es lo de menos, sino muerta en este rancho.

Me levanto de golpe, necesito aire, camino hacia la puerta y trato de escabullirme, lo hago, apenas está amaneciendo, el sol está saliendo y el aire frío golpea mi rostro.

Camino sin saber a dónde voy y llego a las caballerizas, me quedo quieta viendo al señor Montoya acariciar el cabello de su pequeño, mientras está aferrado a su caballo.

Esa imagen va directo a mi pecho, me estremezco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.