Receta de Amor

Capítulo 14: Quedémonos con ella

RAFAEL

No me gusta el silencio, pero este no es normal.

Es tan espeso que se mete en el pecho y se queda ahí incomodando todo mi ser, ambos nos quedamos inmóviles, esperando que alguno haga el primer movimiento.

El ladrido de Blitz me hace salir del encantamiento de esa víbora confundidora de labios.

No dormí en toda la noche y fue culpa de su impertinencia. Aprieto mis puños enardecido, pues Tomás sigue aferrado a ella como si ya la hubiera elegido.

En cierta forma es milagrosa, ha logrado sacarle más palabras a mi hijo en días que yo en tres años y eso me incomoda, la verdad me causa celos que ella lo logrará antes que yo.

Y lo peor es que ella no lo aparta, lo corrige, o pone distancia, al contrario, lo sostiene con una naturalidad que no le corresponde, mi mandíbula se tensa.

—Tomás.

Mi voz sale firme, pero al mismo tiempo controlada, nunca pierdo el control con mi hijo, sin embargo, ese pequeño traidor no me mira, ni siquiera reacciona a mi llamado, sigue con los brazos alrededor de ella, como si yo no estuviera aquí.

Como si no importara eso no lo tolerare, suspiro intentando no perder la cordura.

—Hijo.

Levanta la cabeza lentamente, pero no la suelta, sus dedos se aferran a la tela de su ropa como si temiera que se fuera.

—No.

Responde con una sola palabra y, sin embargo, se siente como un desafío de su parte, ese pequeño… doy un paso hacia ellos.

—¿No? —repito, más bajo. —Hijo, esto es inaceptable, tres años sin hablarme y cuando lo haces es para retarme y desobedecer por culpa de una extraña. ¡Suéltala ya!

Mi hijo me observa, se impone como si tuviera edad para hacerlo. —No —insiste.

Margarita se mueve con sutileza. Su mano sube hasta el cabello de mi hijo y lo acaricia con calma.

—Vaquerito, tu padre tiene razón, ya te lo he dicho, soy una extraña y eso le preocupa. Ve con él o se enojará.

No me miran, pero mi hijo solo se aferra más a ella. Le susurra algo al oído y ella sonríe con complicidad.

—Estarás castigado Tomás. —Dijo con firmeza. —No saldrás en un mes. —Mis palabras ocasionan que ella lo sostenga y se ponga de pie cargándolo entre sus brazos, mi hijo no es tan chico, pero si es pesado aun así ella lo levanta sin problema alguno.

—No deseo interferir, por favor déjelo —dice en voz baja. —No está haciendo nada malo, no lo castigue.

La miro y esta vez no hay nada disimulado en mi expresión.

—Está desobedeciendo.

—Está siendo un niño, por favor, no lo haga.

La respuesta es inmediata.

—Usted no opina sobre cómo crío a mi hijo —digo, sin elevar la voz.

Asiente en silencio, pero no retrocede.

—No opino —responde. —Solo observo.

Doy otro paso, ahora estamos demasiado cerca.

—Observe en silencio entonces.

Tomás se mueve incómodo, extiendo la mano.

—Vamos.

Duda.

—Tomás. —digo con más dureza de la necesaria. Finalmente, mira a Margarita, busca aprobación.

¡Yo soy su padre! Contaré hasta tres mil para no explotar. Ella asiente levemente y Tomás extiende sus manos hacía mí. Me dará un infarto del enojo, lo sujeto entre mis brazos.

—Ve con Sebastián —le digo a mi hijo. —Dile que prepare a Moro, saldremos de paseo tú y yo, luego ve con Cleotilde y que nos prepare el desayuno. —Mi hijo asiente con obediencia, lo dejo en la tierra, pero antes de irse la mira otra vez.

Cuando desaparece, el silencio regresa y esta vez no hay excusa. Estamos solos, la observó con calma, tiene los ojos rojos, los párpados hinchados, labios resecos, parece que estuviera a punto de romperse, pero también como que se negara a hacerlo frente a mí.

—No parece alguien que tuvo una buena noche —digo, cruzando los brazos.

Ella exhala despacio.

—Señor Montoya, con el respeto que se merece; no es asunto suyo.

¡Insolente!

—Todo lo que pasa en mi rancho lo es.

Levanta la mirada, lo que veo es cansancio.

—Entonces debería preocuparse por cosas más importantes —responde.

—Lo hago, por ejemplo… por quién entra a mi propiedad con intenciones que no están claras.

Se queda inmóvil y su respiración cambia.

—No sé a qué se refiere.

La rodeó lentamente, sin tocarla, pero sí invadiendo su espacio.

—Escuche algo de un “informante”. —murmuró cerca de su oído.

Se tensa por completo.

—¿Cuánto le están pagando? —preguntó finalmente.

Se gira hacia mí, rápido.

—No estoy aquí por dinero. —Estamos demasiado cerca y el recuerdo de anoche llega a mi mente, instintivamente no dejo de ver sus labios.




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