RAFAEL
Nunca había odiado tanto el sonido de la lluvia, como en esta noche, cae con furia, golpea todo, lo arrastra todo y, aun así, no logra apagar el ruido dentro de mi cabeza.
Mi hijo está vivo, sin embargo, me siento celoso y enojado corrió a los brazos de esa mujer, eso no me gusta.
—Pensé que no vendrías… —dice él y la frase me golpea directo al pecho, me obliga a acercarme y arrodillarme frente a ellos. Llevo mi mano a su rostro, apartando el cabello mojado de su frente.
—Hijo… —mi voz no suena como debería. —Siempre voy a venir por ti.
Siempre lo haré.
Aunque tenga que romper todo a mi paso, pero lo que más me duele es que sigue aferrado a esa mujer y me rindo.
No sé qué hacer en este punto siento mi pecho doler, mis ojos bajan y es recíproco, pues ella lo sostiene sin dudar, como si supiera exactamente qué hacer con un niño.
Todo sigue a oscuras y Tito rebuzna, aquí no está mojado.
—Denme un momento. —Seco a Tito de la humedad, le colocó heno nuevo y más cascarilla de arroz para que esté calentito en esta noche tan fría de tormenta. Tito necesita una burra sin duda.
—Vámonos —digo observando cómo tiembla Tomás, la señorita Ferrer y Blitz están a su lado dándoles un poco de calor.
No puedo seguir viendo esto.
—¿Y Tito? —mi hijo alza la mirada.
—Debe quedarse está seguro aquí, tiene comida, agua y cascarilla nueva, no le dará frío. Es solo una noche, mañana vienes a verlo.
Tomás hace un puchero. —Vaquerito puedes enfermar, no vuelvas a escapar así. Asustaste a tu papá, él te ama por encima de todo. —Mi hijo esconde su rostro en el pecho de la señorita Ferrer.
Cierro los ojos un segundo, lo que me faltaba. Blitz ladra, moviendo la cola como si esto fuera un juego, la veo intentar levantarse con mi hijo en brazos, pero falla.
Está agotada, el agua helada golpeó su cuerpo sin contemplación, casi la achicharra un rayo y aun así vino a buscarlo. Salió a esta tormenta sin conocer el terreno, sin medir el peligro, por él.
Por mi hijo.
Antes de que caiga, la sostengo otra vez —Ya hizo suficiente. —Sujetó a Tomás entre mis brazos.
—Camine —ordenó.
El viento golpea la puerta como si quisiera derribarla. Apenas cruzamos la entrada, varias voces se alzan al mismo tiempo, pasos apresurados, sombras moviéndose entre la penumbra iluminada por linternas.
—¡Señor!
—¡Encontraron al niño!
—¡Gracias a Dios!
Murmuran.
—Sí pasen la voz por favor, detengan la búsqueda, vayan a descansar. —Cada lugar está fortificado para soportar tormentas, con el clima cambiante de este pueblo es mejor asegurar.
—Achú…
El sonido me detiene en seco, es mi hijo estornudando. Bajo la mirada.
—Tomás…
—Estoy bien… —murmura, pero otro estornudo lo traiciona.
Está empapado, helado y yo lo saqué en medio de una tormenta eléctrica. Soy padre del año.
—Hermano.
La voz de Raúl aparece a mi lado, igual de empapado, pero con esa calma que siempre me irrita.
—Los empleados ya prepararon la cabaña —dice. —Es lo más cercano y está lista.
Niego sin pensarlo.
—No.
Raúl alza una ceja y pone una mano en mi pecho.
—Rafael, el árbol bloqueó el camino principal. No vas a poder cruzar con el niño así. La casa grande está lejos en estas condiciones, el río está desbordándose, sabes que puede pasar en segundos.
Lo sé perfectamente, pero esa cabaña no.
—Busquen otra opción —gruño.
—No la hay —respondió, esta vez más serio. —Es eso o te quedas aquí con el burro y empapados.
Miro hacia afuera, la lluvia no da tregua. El barro ya empieza a tragarse los caminos y en mis brazos Tomás se aferra más a mí., con sus dientes tiritando del frío.
Cierro los ojos un segundo, no tengo elección.
—Bien —cedo al fin. —Vamos a la cabaña.
Raúl me observa un segundo más de la cuenta.
—Te ayudo a llevar a la citadina. —Asiento. Caminamos otra vez bajo la lluvia, aunque ahora es menos violenta, eso debería facilitar las cosas, pero no lo hace, porque cada paso hacia esa cabaña, es un paso hacia algo que llevo años evitando.
Tomás se mueve inquieto en mis brazos.
—No… —murmura débil.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Niega, escondiendo el rostro en mi cuello, él también recuerda. La cabaña aparece entre la lluvia como un recuerdo que nunca se fue, es pequeña y cálida, demasiado familiar.
Raúl se adelanta y abre la puerta.
—Está lista —dice, pero su tono baja. —Tiene fuego y ropa seca.